PROPÓSITOS PIXELADOS

Ayer ya cayeron las gotas que necesitaba para saber que era septiembre. El calendario a veces no comprende que tiene que dar más señales que el pasar de hojas. En mi caso un maravilloso taco de Mafalda que me trajeron los Reyes, de lo que se deduce que esos reyes, los del Oriente de entonces, además de ser Magos, me conocen muy bien. Quizá fue que escribí muy bien mi carta o que soy una niña muy buena.

La tormenta era seca y contundente. Retumbaba en mi miedo disimulado. No poder dar rienda suelta al pánico es de las cosas más duras que hay, pero frente a dos hijas que saben de mi pavor hay que mantener la compostura, más que nada porque venían, entre la compasión y la poca vergüenza, a ver como estaba. De repente cayeron unas gotas del tamaño de la angustia que estaba pasando y todo acabó. Pero ya era septiembre y el cosmos se ponía en orden como los escritorios de las niñas limpias antes de hacer los deberes.

La siguiente señal inequívoca es que los más ridículos coleccionables se anuncian en televisión, su conocida estrategia de marketing  me resulta absolutamente patética, pero es la última señal divina que necesito, cual Santo Tomás, de que ya comienza todo. Inciso: Esa estrategia es muy buena para prevenir mi Alzheimer porque me deja siempre multiplicando la letra pequeña para saber por cuánto sale la colección. Siempre es una cantidad loquísima, con la que se puede arreglar la cocina, el baño y mandar a un hijo a Harvard. Desde aquí un llamamiento a los creadores de coleccionables de septiembre: prueben a poner el primero a un precio irrisorio, de acuerdo, regálenlos como los álbumes de cromos en las puertas de los colegios, pero sean novedosos, lancen una colección con precio fijo y se les acaba el stock.  (Qué bien sienta ayudar con grandes ideas, soy un alma caritativa infravalorada).

Supongo que ya que estoy convencida de que el curso está aquí y que no hay manera de zafarse de lo que viene ha llegado el momento de las buenas intenciones, ese que en segunda convocatoria tiene el uno de Enero, que tampoco hay que precipitarse y siempre es bueno darse ( a uno mismo, sobre todo) una segunda oportunidad. Yo he reflexionado bastante sobre mis nuevas actitudes, rutinas y buenos deseos para conmigo misma. No es que sea egoísta, es que está tremendamente mal pensar por los demás. He llegado a serias conclusiones y no las he apuntado en un papel.

Como fracasaré en casi todos, porque humana soy y nada de lo humano me es ajeno (la frase no es mía), tampoco voy a hacerlas públicas, que además no creo que le interesen a nadie. Algunas son muy íntimas, otras relativamente inalcanzables y varias me dejan en mal lugar, porque yo sí sé que tengo defectos y quiero al menos pulirlos porque dudo de mi capacidad de hacerlos desaparecer. Ser excesivamente virtuosa es aburridísimo, todo sea dicho. Eso sí, un dato, mis propósitos van a ser de poco gasto que no estamos para grandes estipendios.

Así que cual gurú de tres al cuarto, libro de autoayuda o pasquín pro la felicidad en unicornio, os animo a poneros propósitos para no cumplirlos, para que el uno de Enero vuelvan a vuestra conciencia y os de un ataque de risa. Que la vida va de eso, de reírse, nada de tragedias si no somos capaces de cumplir un sueño, lo bonito de verdad es soñarlo y ya que el mundo real decida que hacer con nosotros.

Y si no faltáis al gimnasio de aquí a junio, avisadme que me pongo en pie a aplaudiros.

 

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