POR TUTATIS

No hay duda. Están locos estos romanos.

No pretendo hacer una guía usual y útil basada en mi experiencia en la capital italiana, lo primero porque sólo la he visitado dos veces y la segunda porque hay miles de ellas, maravillosas todas, llena de datos certeros e imprescindibles. Pero mientras me sucedían las cosas pensaba: “esto tengo que contarlo”. Y eso pretendo hacer. Seguramente habrá historias que cuente con más interés, o no, cualquiera sabe. Si en mi vida llena de rutinas mi cabeza da vueltas, en vacaciones centrifugo a 2100 revoluciones por minuto.

Vamos allá, con desorden absoluto:

1. Si una vez llegado al aeropuerto vuestro transporte es el coche, no olvidéis ajustaros bien el cinturón de seguridad. No conozco nada de su código de circulación, pero he sufrido los vaivenes de carril en carril como si fuera saltar a la comba, lo suficiente como para agradecer el invento e implantación de los cinturones en los utilitarios.

2. Los pasos de peatones no se respetan, ni con semáforos por medio. Hay que tirarse en modo suicida. Recomiendo encomendarse a algún santo o ángel de la guarda de confianza.

3. Aunque sea un país europeo y en principio no es lo que esperas, hay que regatear los precios. Aunque estén marcados y te prometan que no se puede abaratar. En lo que a souvenirs y productos típicos se refiere la diferencia puede llegar a ser impresionante. De Bulgari y Chanel no puedo opinar más que sus escaparates son ideales.

4. Los helados son un arma de destrucción masiva de básculas. Son exquisitos, deliciosos y hay que comprobar el precio. Son mucho más generosos que en España y más cremosos. Los echo de menos.

5. Es muy común que te recomienden subir  a la cúpula de San Pedro. Las vistas merecen la pena sólo si estás dispuesto a perder un poco la vida, no sé, doce o quince años, en ese ascenso. Yo me mareé al bajar. Creo que fue cuando el alma volvió a mi cuerpo y recuperé el resuello. Si alguien sigue emperrado en subir, mejor gastarse dos euros más por ahorrarse doscientos escalones.

6. En Roma se puede ver mucho de aquellos romanos que sufrían a Obélix, pero también muchas Iglesias. Es imprescindible acceder a los templos sin tirantes y sin falda o pantalones cortos. En verano esa opción es difícil por lo que recomiendo llevar una mochila con alguna pashmina, fulard o como yo los llamo “trapajo” que pueda anudarse o echarse por los hombros para acceder. No hay vergüenza, lo lleva mucha gente. Es un look imprescindible de retratar.

7. Los romanos, hombres y mujeres, son muy elegantes, pero ellos más que ellas. Si podéis es el momento de renovar vestuario. La piel es fantástica y los sombreros maravillosos. Es importante huir de los lugares muy turísticos para esto aunque no demasiado.

8. Es divertido y me llamó la atención que muchos romanos llevan manos libres para hablar por teléfono, pero siguen gesticulando como si tuvieran al interlocutor enfrente. Desde la distancia casi entiendes la conversación ajena sólo por sus movimientos de las manos.

9. Todo el mundo os comentará que nadie paga los autobuses, pues además deberían informar que los recorridos cambian sin previo aviso, los horarios no los cumplen y hay servicios que desaparecen. Tampoco es muy grave, siempre hay alguien que te informa sin problemas.

10. El punto anterior me lleva a confirmar que el romano es agradable, solícito y dispuesto a ayudar. El italiano se entiende bastante bien y se atreven a chapurrear el idioma que sea con tal de darte la información que necesitas. Eso sí, hablan rapidísimo.

11. Aunque he llegado a ver varios barrenderos Roma y no hay suciedad visible, es una ciudad poco limpia, probad a pasar el día paseando por sus calles con sandalias, al volver al hotel o donde os alojéis comprobaréis lo que digo.

12. El Trastévere es el barrio que recomiendan como típico, para mi gusto callejear desde Piazza Navona y a sus alrededores es más bonito. Perderse por las calles y disfrutar de sus edificios.

13. No habrá un modelo de Vespa que no veáis paseando por sus calles, también motos grandes y coches muy pequeños. Cuando los ves por esas calles tan pequeñas y estrechas comprendes que no hay un lugar mejor para entender su utilidad. El problema es que te pueden atropellar si, como yo, vas admirando las fachadas de todos y casa uno de los edificios. Su arquitectura urbana es preciosa.

Roma es bella, románticamente decadente y a la vez electica y juvenil. Imprescindible visitarla al menos una vez en la vida aunque creo que hacen falta tres reencarnaciones para poder conocerla a fondo. Yo podría vivir allí sin ningún problema, eso sí, aumentaría cuatro o cinco tallas…se come tan bien…

No obstante, puede pasar que encuentres cosas en restauración, no es bueno apenarse, es la excusa perfecta para volver otra vez a ver lo que sea tras su remozado. A mí esta vez me ha ocurrido con varias fuentes, incluida la mítica “Fontana de Trevi”. Eso sí…entre andamios y sobre una rampa puedes sentirte Anita Ekberg, sólo que con menos glamour, más ojeras y en seco.

 

 

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