PERDERSE EN LA SORPRESA.

Cuando caminó entre las estrechas calles sevillanas no sabía lo buscaba. Le gustaba perderse, jugaba a la gallinita ciega entre adoquines y paredes blancas. Una reja, un balcón, una esquina que se parece a otra esquina y sin embargo un azulejo la hace distinta. “Ya sé donde estoy” y volvía a un punto de origen conocido, para volver a perderse.

No era su ciudad, pero había aprendido a amarla, con la paciencia de una madre y la sabiduría de una abuela. Despacio, con un amor infinito que perdona y conoce, a su vez, los fallos. Nada es perfecto. Un cariño sin estridencias, pero el más sincero. Del que se comienza en la espera y va creciendo en la ilusión del día a día, hasta que llega el momento y cuando se piensa que no se puede querer más, se agranda la pasión, pero uno de esos enardecimientos adultos, a ramalazos.

Catalina se perdía desde la Catedral. Hoy tocaba sortear a un tranvía sin ventanas que desde su aluminio rompía la estética o quizás le daba el aire de modernidad que la ciudad necesitaba para no estar anclada en el tiempo. Pero era tan bonito estar contemplando con ojos de hoy el mundo de ayer que se acababa viendo con ojos de entonces y el presente se volvía incómodo.

Al poco tiempo de llegar, recordó, se sentó en las escaleras del Archivo General de Indias. Tres palabras condensaban tanta historia que el edificio se le hizo pequeño cuando lo vio por primera vez. Increíble que entrara entre esas paredes el comienzo de una nueva manera de entender el mundo. El siglo XVII a punto de empezar y esa maravilla de la construcción pegándose a la Catedral, igual entonces les pareció un horror, una osadía, y tuvo sus detractores. Avanzar es atreverse. Se escondió de las miradas y de los pocas cámaras de fotos de los turistas. La mayoría se embelesan en mirar a la Giralda, con cierta razón,  y no ven el edificio al pasar, pero algunos traen la lección bien aprendida y lo quieren retratar. A Sevilla hay que observarla con pasitos cortos y los ojos abiertos. Sin embargo, ella la contempló entonces con los ojos cerrados, escuchó el caminar elegante de los caballos, el sonido de las ruedas, incluso la voz del cochero y se dijo: “entonces el rumor era igual”. El descubrimiento le estremeció.

Ahora estaba al otro lado de la Catedral. Desde la Puerta del Perdón decidió caminar sin rumbo. Aunque le gustaba ese arco de entrada almohade más que otro de sus accesos, y no faltaba cuando empezaban a desprenderse el olor a azahar en primavera, -ese que llegaba desde el Patio de los Naranjos, relamiendo suspiros-, más le gustaba el nombre. Decirse “te quiero” es mucho más fácil que pedir perdón, ahí está la clave. Por lo menos para ella.

En unos de esos reveses, caminado para no encontrarse, contempló a lo lejos un edificio en restauración, aunque no sabía desde cuando estaba así, le informaron que desde hacía bastante tiempo. Era “La Casa de la Moneda”. Esa historia la tenía aún sin investigar y tendría que hacerlo en breve. La malla de obra y un cartelón informando que estaba cortado por obras, descomponían la belleza de lo decadente, del fin de una época tras otra. Le dolía ver el patrimonio muriendo a los ojos de los de todos.

Y de repente, al traer la vista desde el horizonte, una fachada modernista. Nunca se había fijado en una en Sevilla. Creía haber pasado por ahí en otra ocasión, en varias ocasiones y no se dio cuenta. Catalina paró y fue a la acera de enfrente para contemplar mejor. El balcón era maravilloso, con una cristalera increíble, la puerta majestuosa. Un edificio así entre rejas y casas encaladas, una perla entre millones de ostras. Era una fachada preciosa, una casa grande de altos tejados, y también era un bar. No pudo remediar la tentación. Algo distinto y nuevo. Subió las escaleras y la puerta le ofreció el sonido de un piano. No se fijó en el pianista, tampoco en el instrumento. Los ojos se le fueron a un ventanal enorme, a unas vigas y tubos metálicos. Una barra, sillones, butacas, mesas altas y bajas. Un lugar tan distinto que la enamoró.

Se sentó, se dejó atrapar por el ambiente y se olvidó de donde estaba. Sólo articuló palabra para pedir un café, sólo con hielo, como tantas otras veces, pero que por alguna absurda razón le estaba sabiendo a Negroni. Si además pudiera fumar, el conjunto sería inmejorable. Estaba convencida de que a partir de ahora sería uno de sus lugares favoritos. Incluso le estaba gustando sentirse observada por aquel chico del fondo del bar.

Lo había descubierto como todo en la vida, como en su momento encontró las pequeñas cosas, los grandes logros, los mejores amigos y hasta el amor. Por casualidad, buscando otro rumbo, abstraída en mil ideas, jugando a perderse… Desde la sorpresa, dándole oportunidades a lo desconocido, que era como ella disfrutaba, tanto como en ese íntimo instante…al calor modernista de un piano en Sevilla. 

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