TRAUMAS

Amontonar traumas es tan útil como reunir grapas usadas. Quien me diga que se siente reconfortado por tamaña tontería -desde el respeto-, necesita un especialista. Lo que no puedo adivinar es que tipo de especialista porque aunque tengo fe ciega en la medicina, no la tengo en otras pseudociencias, y no me imagino a un psiquiatra estableciendo paralelismos entre la grapa y el universo. También pudiera ser que a grandes males, grandes remedios, y lo mejor que puede pasarle a un obseso del mundo de la papelería enacero inoxidable es un tratamiento con electroshock o un viaje a través de la meditación trascendental. Quien sabe.

También es cierto, no voy a negarlo, que hemos banalizado la palabra trauma. Ahora todo nos traumatiza, nos provoca un trauma o nos resulta traumático. Supongo que tiene que haber unos requisitos muy serios para que una circunstancia de nuestra vida pasada nos haya dejado una dolorosa huella imborrable o algo en la actualidad no esté destrozando tanto que, con el tiempo, no lo podamos superar.

En una magnífica columna que recuerdo de Antonio García Barbeito, decía que cuando antes una pareja rompía y uno de los dos quedaba abatido y le costaba remontar e integrarse a la vida con normalidad, se comentaba que estaba “disgustado” mientras que hoy rápidamente se dice que está “deprimido”. Ignoro si es que entonces se desconocía la palabra o si ahora hemos rebajado demasiado el listón de la enfermedad.

Yo tuve un trauma con las albóndigas del comedor de mi colegio. Creo que es el único que he tenido, pero es que había que ver y oler a esas masas de carne de interior violáceo. Las insurrectas dominadoras del segundo plato poblaban los jardines de debajo de las ventanas del comedor. Nadie, y estoy convencida de que digo la verdad, le encontró el gusto,  porque las que no se atrevían a desprenderse de ellas, las tragaban a base de agua y mucho pan. Así engordábamos cruelmente.

Durante años estuve sin comer ninguna comida esférica con carne. Las de pescado sí que me las comía y además con entusiasmo. Soy una comilona. Mi abuela, desesperada ante mi negatividad y mi incongruencia, me decía que no podía comprender como era capaz de comer hamburguesas “de esas de la calle, que cualquiera sabe de que están hechas” y era incapaz de comer albóndigas caseras, que dicho sea de paso, ella bordaba con la maestría de la experiencia.

Superé mi trauma sin especialistas. Un día, como una valiente, decidí que tenía que darles una oportunidad, que no todas las albóndigas tenían que pagar por una mala experiencia (continuada en el tiempo), que mirar hacia detrás, desde el asco y el dolor, no me dejaba avanzar con positividad en mi vida, y que esos escalofríos de pavor que me daban sólo eran sugestión ante lo desconocido.

Cogí un plato y me serví las albóndigas, estaban en salsa, aún quedaba para la hora de comer. Me senté sola y sin que nadie me viera. Hay cosas que hay que hacer en la intimidad. Me aferré al tenedor como un salvavidas, algo conocido que nunca me había defraudado ni hecho sufrir, y entonces, con su ayuda, partí la primera de las albóndigas. Era mucho más pequeña que aquellas que rodaban por el plato de duralex (y más tarde por unos de loza con el escudo del colegio), podría haberla comido de un bocado, pero necesitaba ver su interior. Ver que no era morado nazareno me animó bastante. Cuando la mastiqué y comprobaron mis papilas gustativas la deliciosa sensación que  me estaba perdiendo, sonreí triunfante.

Aquél fue el día de mi superación personal. Ha habido otros momentos, como enfrentarme a la báscula, al desempleo, a la desilusión o al miedo desde la maternidad, pero yo ya traía un rodaje, había aprendido, ya sé como se hace, sólo hay que buscar un tenedor amigo y echar valor.

 

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