INQUIETANTE

Podía haber pasado o quizás no. Sucedió, pero hubiera sido más bonito imaginarlo. El sueño prevaleciendo sobre la realidad mágica, sobre lo extraño e inesperado. Preferir dudar de si era cierto, jugando con las opciones, o anhelarlo con necesidad de que sucediera. Pero la certeza de lo real fue el mazazo a la ilusión no buscada.
Cuenta la leyenda que en las grandes ciudades las personas no se miran y nunca se hablan salvo que sea para pedir paso en el metro o insultar en los atascos. Dicen, porque siempre son otros los que dicen, que a veces viven grandes reptiles y que la niña de la curva tuvo que irse al bosque porque tenía seria competencia en el sector de los ectoplasmas.
Pero yo salía de un aburrido y céntrico edificio de oficinas porque la nicotina tenía que empezar a hacer efecto en mi desconsolada tarde y mientras lamentaba haber cogido la chaqueta porque en ese instante el sol me hacía brillar mi nuevo color de pelo y el calor apretaba, prendí mi cigarro. La crueldad a la que nos someten a los fumadores no me importaba en este instante, necesitaba respirar aire con humo y notar el viento contaminado de ciudad, para sentirme libre. Paradojas de la civilización.
La presión estaba acabando con mis nervios. Me negaba a torcer el gesto, a que me notaran derrotada, pero en este instante de soledad acompañada por el mundo urbanita, el que no habla ni hace caso, las piernas me empezaban a temblar.
Respiré hondo mientras le daba una eterna calada al cigarro e hice lo que hacemos todos, jugar con el móvil. Esa manera de sentir un abrazo, una conversación o una risa sin moverte del sitio. Ese instante en el que distraes la mente con sesudas sentencias o alegres trivialidades, no importa en realidad, pero al menos queda la etérea compañía y el dique no se derrumba ante la avalancha de lágrimas.
Miraba hacia abajo para que el sol me dejara ver la pantalla. Y entonces vi unos zapatos de hombre, grandes, limpios y negros. Seguí la vista hacia arriba porque me estaba hablando. Un hombre de mi edad, con una impoluta camisa blanca, de firma, perfectamente planchada, con un par de dobleces en las mangas. Reloj bonito. Una tez dorada por el sol. El pelo ligeramente largo. Sonreía. Va a preguntarme por alguna oficina, pensé.
– Perdona
Sonreí.
– Te perdono.
Sonrió
– Me siento mucho mejor
Más sonrisas
– Quería decirte que tienes una piernas preciosas, pero he cambiado de opinión.
Me estaba desconcertando mucho.
– Ahora que has levantado la cara, y perdona la osadía, he de decirte que tus piernas son preciosas, pero ni punto de comparación con lo guapa que eres.
Sonrisa y desconcierto
– Muchas gracias.
– ¿Estás esperando a alguien? ¿Puedo invitarte a un café? ¿Te acerco a algún sitio?
– Vuelvo al trabajo, gracias. Eres muy amable.
– El próximo día que te vea, y haré por verte, espero tener más suerte…
Sonreí y me di la vuelta camino de la puerta del edificio. La autoestima reforzada, pero no lo suficiente para no demostrar un cierto temblor por saberme observada.
No dejaba de ser inquietante, pero el humor me había cambiado. Radicalmente. Quería dejarlo en un sueño para darle más finales, tendría que esperar. 

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