NIEBLA

Hubo un día en el que la niebla se paseó por la copa de los árboles y la sonrisa de las niñas se llenó de gotitas de condensación acuífera.
Ese día en el que las madres aprovechaban para derramar alguna lágrima, que era lo que tenían guardado en el alma. Porque las madres no lloran, sólo tienen la humedad de la niebla en la cara.
También era el momento en el que los dragones se paseaban ufanos, dejando atrás su cueva. Los niños, entonces, se acercaban a ver brillar sus escamas, sabiendo como sabían que con tanta agua suspendida en el ambiente nada debían temer.
Los charcos y la ciénaga jugaban al escondite y reían en silencio (ambos son muy tímidos) cuando algún despistado transeúnte acababa con los pies mojados o sumergidos en barro. Eran, en el fondo, unos traviesos.
Los mayores auguraban una tarde de paseo al sol. No siempre sucedía, pero les quedaba el consuelo de soñar con calentar sus huesos bajo el astro rey.
Pero ahora la niebla quería convertirse en lluvia incesante y el dragón resopló humo en vaho, y las niñas dejaron de sonreír y corrieron junto a los niños con los pelos mojados pegados a nos mofletes, y los ancianos suspiraron por haber perdido el sol, y los charcos y la ciénaga se hicieron más grandes, más adultos y las madres a las que la pena les cortaba el aliento, salieron a la calle a llorar sin disimulo con la ácida sensación del dolor oculto.

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