EL DÍA QUE NO FUI FELIZ

Hoy, que es ayer, o algún día bailando en el taco del calendario, tocaba ser feliz. Era uno de esos días, un día en los que vence el sol, de una manera metafórica y real. Viento de cara para ser o tener, una jornada pletórica. Es el día que comienza con la mañana que viene después uno intenso, si por intensidad se sobrentienden altibajos emocionales.
Aclaro. Tener altibajos emocionales no implica ser una persona desequilibrada, en principio. No es imperioso buscar entre lágrimas unos besos en el fondo de un vaso de bourbon o entre las burbujas -o los cien condimentos- de un gintonic de moda. Tampoco es necesario que se den escenas vergonzosas como de premio de la lotería nacional a dos días de la Navidad: jolgorio y cava en vaso de plástico. Por supuesto no es obligatorio que se den las dos emociones a la vez. Es simple. La montaña rusa la van marcando los sucesos. Hay días planos en los que se navega por una balsa de aceite, incluso puede que en algún momento surja el suspiro por algo más intenso. En otros, se suceden los acontecimientos sin descanso, buenas y malas noticias, grandes alegrías tras encajar un golpe bajo con una sonrisa, y viceversa. Tensión emocional y emotiva.
El día después de un día agitado, se merece un balsámico pasar de horas entre sonrisas. Era preciso -y precioso, no por el juego de palabras, sino por el resumen que existe en ese leve gesto en los labios- y sobre todo, muy necesario que el amanecer trajera serenidad al pulso y a la presión arterial. Y lo trajo. Además lo unió a buenas noticias, pues de forma indirecta bailaba la felicidad a mi alrededor porque la gente que me rodeaba estaba llena de risas y de alegrías esperadas.
Todo era una danza proclive a la felicidad, sin embargo se me llenaban los ojos de lágrimas, de desesperación y de miedo. O quizás eran otras emociones que no sabía descifrar. A ratos reconozco que sentí algo parecido a la dicha pero cuando se intenta disfrutar con un poso de presión torácica, es misión imposible.
Siguiendo un símil imposible, tenía un día de Bitter: enérgico, rosa, vistoso y con cierto toque de sofisticación vintage y sin embargo, en el mismo recipiente cabía la amargura y el ácido. Amargura sin autocomplacencia por el sentimiento, angustia arraigada en la sequedad de Mojave. La cuestión es que no sabía por qué estaba bebiendo un Bitter si yo siempre fui de cocacola, ni por qué paseaba por desiertos si el día era bucólico, cuasi pastoril, o lo que es lo mismo, no encontraba una razón de peso para sentirme así.
Han pasado más días de calendario o quizás no, que el tiempo en mi alma es relativo, y sigo sin comprender el motivo por el que aquel día no fui feliz. 

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