OJERAS

Tenía tipificadas las ojeras.
Algunas tenían números, igual que los impuestos, y siempre se debían a ellos. Según el mal día que le dieran, se trasladaban a su sueño y a sus ojos. Nunca tuvo unas ojeras peores que cuando le tocó liquidar el 303 por primera vez, sola en su oficina las horas corrían en su contra y no pudo ni ir a casa a dormir. Esas ojeras fueron antológicas. Ojeras 303.
Tampoco estuvieron tan mal las ojeras de la maternidad. Esos primeros ocho meses sin dormir, en los que su ex marido seguía a pierna suelta, ocupando más de media cama y diciendo, ante sus quejas, que su trabajo era más duro y tenía que descansar. Gastaba corrector de ojeras al mismo ritmo que botes de leche en polvo para el bebé. Su bebé. Se había ganado por derecho la propiedad en exclusiva. No quería ni la pensión compensatoria, nada de dinero si él no quería ver al niño.
El divorcio no le provocó ojeras, al contrario, empezó a dormir mejor. En cuanto supo que no había que pelear por tener a su hijo, sólo encontró ventajas. Bueno, tenía que ser sincera, el primer fin de semana que lo tuvo a su hijo en casa -pese a que le hubiera correspondido a él-, se sentó a su lado y le llegó el amanecer ensimismada en su belleza y en los dulces pensamientos que le procuraba. Tuvo ojeras de ser feliz.
Y luego llegó la primera noche de pasión, de sexo loco y desenfrenado, de después del divorcio. Esa primera noche que no durmió absolutamente nada e hizo todo el ejercicio que tenía atrasado. Eso sí que fueron ojeras a la mañana siguiente…no hizo por taparlas, eran elocuentes y sin embargo le quedaban  bien a su sonrisa. Porque es así, pese a que todavía piensen que las mujeres se enfrentan al sexo como una obligación, es incierto. Sonreía desde el cansancio y las ojeras iban acompañadas de ojos brillando.
Las ojeras de salir alguna noche, pocas, eran un ritual como la resaca y el dolor de gemelos después de unos zapatos de tacón casi imposibles. Se aceptaban desde el momento en el que elegías que ibas a llevar. Si era noche de fiesta, al día siguiente estarían ahí las ojeras, impertinentes y osadas. Lo mejor era no tener que hacer nada ese día y recuperarse sin prisas, pero si había algo que hacer, ni el estómago revuelto ni las ojeras pensaban irse. Era inútil luchar contra eso. No había remedio. Sólo había que dejarlo pasar.
Había tenido ojeras de pasar la noche consolando a una amiga, de eternas vigilias de hospital, de desilusión tras un fracaso sentimental -entendido como una ilusión, no un amor verdadero, para eso, por ahora, estaba inmunizada-. Ojeras por algún fin de mes que se hacía más difícil de lo complicados que solían ser, por una discusión tonta con la familia…pero esas no eran bonitas, no tenían regusto a felicidad.
Hoy tenía ojeras, ahora mismo las estaba maquillando, tenía que salir a una reunión de trabajo y debía estar presentable. Y mientras las maquillaba lo tuvo claro: estas ojeras tenían tu nombre.

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