LOS NOMBRADOS

Entre mis muchas rarezas, que no sé si tengo demasiadas, bautizo a casi todo ser, vivo o no. Si es algo cotidiano, está a mi alrededor, o utilizo asiduamente, no hay duda, acabo poniéndole algún nombre. En mi descargo diré que es algo heredado. También hay que tener en cuenta que no todo es susceptible de ser bautizado. Nace la magia y lo notas, sabes que tiene que formar parte del elegido grupo de “Los nombrados”.
El primer ordenador que tuvimos como bien ganancial se llamó Joe -léase you, así, en extranjero-…en esa época, la de nuestra primera casa, los treinta y ocho metros cuadrados daban para poco, pero creo que ese pc de sobremesa era el que más espacio tenía. Tampoco andaban mal de espacio los tres canarios que nos regalaron, estaban en una jaula doble que ocupaba todo el balcón. Así de grande era el balcón…y la jaula…Creo que en proporción, los canarios tenían un apartamento más grande que nosotros. Luego tuvieron descendencia, que yo criaba con santa paciencia, y se les puso el chalet más apretado. Los tres primeros se llamaban “Bolita de Alcanfor”, “Ranita Tomatera” y “Pequeña Pocha”. Ésta última se me murió pronto, creo que erramos al elegir el nombre y la predestinamos.
Tuve otro canario, se llamaba “Curro”. Y el único perro que he tenido de casada se llamaba “Pibe”, otro homenaje a Mafalda como el título de este blog. Canes anteriores en mi vida fueron “Bambula” y “Duna”. Pero ponerle nombre a los animales es más normal, es más, lo extraño es no ponérselo. Acaban formando parte de la familia, se les coge cariño, y es lo más lógico. Además los pobres por algún nombre deben de responder, si es que tienes especial interés porque te hagan caso. Aunque los peluches no tienen que oírme, ni venir corriendo, y también han tenido siempre nombre. Todos, por pequeños que fueran. “Topi” era -y es- mi oso especial…
Uno de mis muebles se llama “El caro” porque aunque no fue excesivo el desembolso, fue lo más caro que habíamos pagado hasta entonces por un mueble. A plazos, por supuesto. Y ahí sigue, salió bueno. Los primeros sofás que compramos, azules, uno más grande que el otro, se llamaban “El vomitao” y “El otro”, podrían haber sido el grande y el chico, pero no, todo fue porque  mi hija tenía cierta habilidad, para que después de tres toses, viniera el torrente, y siempre le pillaba en el mismo sofá y no en el otro. Me hice experta en el limpiado de tapicerías. No tiene secretos para mí.
Cuando tuvimos el primer lavavajillas hubo que darle un nombre apropiado, y se llamó Braulio porque tenía la prestancia justa para ser elegante sin dejar de ser eficaz. Puedo asegurar que lo quise con locura. Y el hueco que deja el tendedero de la ropa fue bautizado por las niñas como “La cueva de los monos” y por supuesto, toda la familia le llamaba así.
El segundo sobremesa, (un ordenador potentísimo, elegido pieza a pieza), por un acto de paridad absoluta, decidimos que tuviera nombre de mujer, por eso y porque esta casa piensa en femenino…y como agradecimiento y recuerdo al primero, se llama “Mary Jo” -mariyou, en extranjero- y hasta la fecha sigue con nosotros. Está algo mayor, pero sigue siendo jovial y útil. Es cierto que la flota de ordenadores ha crecido, tanto como las niñas (que por supuesto también tienen nombre…) y mi malogrado Netbook se llama “Chiquinino”, el de mi hija Rocío se llama “Teclas” y el que le dio la Junta de Andalucía (esa insensatez populista, de color verde) se llama “Musgo”. El siguiente que llegó a la familia fue el de mi hija Julia que se llama “Gandalf” y este desde el que os escribo, que todavía no ha cumplido los cuatro meses, en contraprestación con el anterior, lo bauticé como “Máximus”.
El primer geranio que tuvimos se llamó “Gundemaro” y tuve un “Sisebuto”, un cactus que sequé…sí, soy una negada para las plantas pero les pongo mucho interés, como a “Olguidría”, una orquídea que me duró dos meses, pero le hice muchas fotos. Ahora tengo a “Felipe” y a “Sarah” “Jessica” “Parker” que eran tres iguales aunque ya Parker no esté entre nosotros.
Supongo que se puede vivir sin que las cosas tengan nombre…pero a mí me gusta, ni siquiera es premeditado. También suelo llamar a la gente por un nombre diferente al que lo hacen los demás…pero eso ya es otra historia…

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