REVOLUCIÓN ESTUDIANTIL

Yo una vez fui cabecilla de una revuelta estudiantil.
Así, una revolucionaria. Usé el derecho a la huelga que en realidad no tienen los estudiantes. Seamos sinceros, se llama huelga pero no lo es. No son trabajadores por cuenta ajena. No cotizan a la seguridad social como empleados. No son autónomos ni profesionales asimilados. Son usuarios de un servicio, público o privado, por el que pagan una determinada cantidad de dinero.
Supongo entonces, igual me equivoco, que se debería llamar “Protesta estudiantil”, “Reivindicación estudiantil” o “Cabreo” pero huelga jurídicamente entendido, pues no.
Por supuesto mi revolución no era agresiva, ni siquiera fuimos mal educados, fueron reivindicaciones de usted. Que lo cortés  nunca estuvo reñido con lo valiente. No tiramos ni media piedra, no existió el vandalismo y por supuesto no hubo barricadas ni quema de neumáticos, con el mal olor que deja eso. También es cierto que no había ningún sindicato estudiantil apoyando mi causa y supongo que no fue por desidia ante mi convocatoria (que fue un éxito) sino porque no se enteraron a tiempo.
Pero hice una Asamblea. La huelga en sí no hizo falta. Creo que quitando alguna exposición en clase o los exámenes orales, era la primera vez que hablaba en público. Sola, ante mis compañeros de las dos diplomaturas que se impartían en mi escuela. No estaban todos porque no cabíamos en el aula y eso que estábamos en la más grande y había gente de pie, tampoco es que hubiera un exceso de compromiso desorbitado. Pero éramos un mogollón.
La causa de mi huelga fue que habían vaciado la biblioteca, no sólo de libros, si no también de mesas y sillas. En la biblioteca no había más de seis mesas extragrandes y libros pocos. Estábamos de traslado pero hasta el curso siguiente no se podía utilizar el otro edificio. Nuestra Escuela era muy pequeña, coqueta si intento venderla bien, cutre si soy sincera, pero llegaban los exámenes y había gente que no tenía más remedio que usar la biblioteca porque o no podían estudiar en casa o no les compensaba estar para arriba y para abajo todo el día porque vivían lejos. Por supuesto yo no estaba en ninguna de las dos opciones, y tampoco usaba la biblioteca, pero mis compañeros sí y allí estaba yo. La defensora del universo.
Así yo, sin pañuelo palestino, por supuesto, anoté nuestras reivindicaciones: Queríamos biblioteca y queríamos horario continuado. Me aplaudieron y todo. Fue un gran momento.
Ante el revuelo apareció el director, asustado, al borde la apoplejía, pobre hombre. Creo que pensó que le íbamos a armar la de los Astilleros de Cádiz pero sin puente Carranza que cortar. Mis compañeros me eligieron interlocutora válida -también era la única que se atrevía- y accedí a reunirme con el director.
Me pidió que fuera a su despacho, tardé en sentarme para que tuviera que mirarme desde abajo, que los diecinueve es una edad muy pedante, así que muy seria, expuse: “Necesitamos las mesas y las sillas, hay gente que no tiene acceso de otra manera a poder estudiar, estamos de exámenes y necesitamos que la Biblioteca esté hábil y tenga más horas de acceso”. Ni siquiera hice referencia al dineral que costaban los créditos, ni a las pocas becas que teníamos, en ningún momento hablé de los dos o tres profesores perrilleros que teníamos. Tampoco me hizo falta amenazar con huelgas y medios de comunicación. Fui concisa y directa. Al director le cambió la cara, supongo que esa contracción facial era alivio y musitó: “De acuerdo, en treinta minutos tenéis aquí las mesas, los libros igual llegan mañana.El horario de biblioteca será ininterrumpido de ocho de la mañana a diez de la noche”. Asentí victoriosa.
Volví al aula y se lo dije a mis compañeros, me aplaudieron y todo. No hubo que ir a la huelga, no tuvimos que llamar a los periódicos, no salió nadie herido, y ni siquiera perdimos una hora de clase. Conseguimos lo que queríamos en poco tiempo y de buenas maneras. Por desgracia supongo que no siempre es tan fácil, pero lo que es seguro es que tampoco hace falta acabar delinquiendo.
La verdad es que me lo pasé bien. No se me dio mal, sin embargo ahí terminó mi carrera como revolucionaria.

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