REFLEXIÓN TUITERA

Tras una inocente, o no tan inocente, conversación en Twitter, ayer me tuve que parar a reflexionar. Además fui consciente de que era el momento de analizar aquello que me decían dándole toda la prioridad. Quizás a cualquier otra persona no le parecería necesario o lo compatibilizaría con otra actividad, que el razonamiento no precisa de huelga de brazos caídos, sin embargo yo reconozco que con las manos en el teclado me quedé inmóvil y le di vueltas al breve intercambio de opiniones que había tenido. Creo que no fueron más de tres tuits por cada interlocutor, nada comparable a las reñidas discusiones que se pueden llegar a tener, ésas que se alargan tanto en el tiempo que los hilos de conversación varían seis o siete veces. También es cierto que no fue una discusión.
Después de un tiempo, no demasiado, pude sacar algunas conclusiones que no por ser mías tienen que ser ciertas, pero al menos me son útiles y me satisfacen. Puede que esté equivocada o todo lo contrario, que los relativismos en la subjetividad de los razonamientos humanos son, por contra, imposibles de refutar. Lo que el pueblo soberano suele denominar “mi verdad”, que es la manera lógica de admitir que es cierto pero a la vez subjetivo. No sé lo que dirá la RAE al respecto, que como la donna è mobile, pero en el fondo la expresión no deja de ser clarificadora. Más o menos vulgar, pero elocuente.
La primera conclusión que saqué, respecto de mí misma, es que no me gusta lo que en el tuitero mundo se llama, con gran exactitud, una “pseudomención”; es decir, hablas de algo que hace alguien o de alguien en si mismo, pero sin decir quién es o sin usar el nombre de la cuenta. Lo que era antes, hablar por la espalda o tirar la piedra y esconder la mano. Estoy segura, no apuesto mi mano derecha pero tengo grandes certezas, de que si a estas personas se les dijera que incurren en este comportamiento, lo negarían con grandes aspavientos. Son personas que suelen alardear de “ir de frente”, sin embargo, la “pseudomención” no es más que evitar un enfrentamiento directo, pero dejando una acusación o juicio en el aire.
Me reitero en que no me gusta. Si no quiero discutir, callo. Si tengo algo que decir, lo digo a la persona en cuestión, en público o en privado. Pero no lanzando indirectas al aire.
La segunda conclusión fue que debo ser muy mala amiga y sin embargo muy buena persona. No deja de ser en sí mismo una gran paradoja, pero reivindico que no tengo doble personalidad, ni estoy loca.
Cuando tengo confianza con alguien, o soy seguidora fiel (el Real Madrid, un escritor, mis columnistas de referencia, mi amiga de la infancia, mi santa madre, por poner unos ejemplos) creo que tengo la oportunidad y la capacidad de ser crítica con lo que hacen y no por eso los quiero menos. Supongamos, si uno de mis autores favoritos escribe un mal libro lo digo (y razono), y si puedo -milagros de la tecnología- se lo hago saber. Si uno de los columnistas que leo a diario me desilusiona, no me gusta lo que dice o cómo lo dice, teniendo en cuenta que los gustos son personalísimos, pues lo digo. Si tengo opción, a la persona en cuestión, si tengo confianza, se lo digo en privado, y si no la tengo, pues en público, razonando y mencionando al autor. La pasión no me nubla el entendimiento. Puede que alguna vez me haya sucedido, nobody is perfect, pero es algo contra lo que lucho. También la edad es un grado, a más años menos extremismos.
Por eso me defino como mala amiga o mala seguidora fiel, porque cuanto más quiero a alguien o más conozco su obra, que no deja de ser la mejor manera de conocer a su autor, más libertad de crítica tengo, menos “agradaora” soy, eso sí, siempre con razonamientos y educación. Y a veces, esa educación es un dulce silencio.
Sin embargo, me reconozco buena persona porque cuando alguien me enseña un trabajo amateur, de pintura, escritura, un dibujo, veo tal cantidad de cariño, de esfuerzo y de pasión por lo que hacen (hacemos), literalmente por amor al arte, que no me queda más remedio que aplaudir muy fuerte. Puede que no sea de mi gusto, quizás tenga muchos fallos, pero soy incapaz de juzgar la emoción de alguien. Si me preguntan directamente si encuentro fallos, si me piden que supervise, quizás, de la manera más dulce que sepa, diré lo que yo cambiaría, pero siempre asumiendo que es todo pura subjetividad, y que cada uno tenemos nuestros gustos, formas y maneras.
En este razonamiento no hay moralejas ajenas, me las quedo yo todas, quizás, la única que puedo compartir ,es que estamos dejando de ser respetuosos con los sentimientos ajenos. Detrás de un nombre, de un avatar, de un pseudónimo, hay una persona que tiene un corazoncito y que aunque a veces las redes sociales se presten a la crítica feroz, no debemos olvidarlo. También es cierto que de una simple conversación, he podido descubrir parte de mí. ¡Y luego dicen que Twitter no vale para nada!




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