SOL DE FEBRERO

Hay cosas que nunca cambian. Tampoco quiero que cambien. Tengo una amiga que dice que los postres se hacen por la tarde, y yo mantengo que las magdalenas son de invierno. Y quiero que siga siendo así.
Tampoco cambia que me gusten los días de sol, son los que iluminan mis momentos buenos, aunque sospecho que me resultan buenos porque hay sol. No quiero decir que si no hay sol no tenga momentos agradables, pero no los disfruto igual.
Tengo la certeza de que en otra vida fui un ficus, un rosal o cualquier tipo de planta que necesite sol para vivir, que yo de plantas no sé mucho, la verdad. Así que rellenen el hueco convenientemente: árbol, arbusto o planta que necesite poca agua y mucho sol…igual soy un cactus o una chumbera. La chumbera siempre me pareció divertida, me gustaba buscarle formas, como cuando hay nubes de algodón esponjoso que sirven para imaginar figuras en el cielo. Hoy por hoy, creo que una chumbera se vendería bien en Arco. Cojan ideas.
Los días en los que ni por todo el oro del mundo encontramos una nube en el cielo, esos cuando vienen después de días grises y abombados -tengo la teoría ilógica de que el cielo se abomba con el peso oscuro de las nubes- , los días como ayer, como hoy, son mis favoritos.
Estos días en los que empiezan a sonar animales y hasta revolotean las primeras mariposas, me llenan. Días en los que las amapolas despliegan su elegante traje rojo de domingo y se mecen con la mínima brisa; para mí son como niñas jugando a la rayuela. Días previos a la explosión de olor a azahar. Sol de primavera adelantada, que si además coinciden con el fin de semana, me recuerda a los domingos de mi niñez y me viene el olor a salitre, de cuando paseaba por el puerto después de ir a Misa, y antes de que me llevaran a “tomarme una cervecita”. Ahora no tengo el puerto cerca -ni es lo que era-, y me falta poder decir “se ve Ceuta” o exclamar desde la ventana  “¡Qué bien se ve Gibraltar! hoy vemos la ropa tendida de las ventanas”, pero sigo siendo la misma que busca la compañía del sol (y de tomarse una cervecita).
No soy original, ni la única. Como si fuéramos babosos y hermafroditas caracoles somos muchos los que salimos a calentarnos la sangre, aunque somos más rápidos que ésos que luego cocinan al poleo, -los bares llenos de gente comiendo caracoles es otro signo de buen tiempo-. Lo nuestro es una huida al sol en tropel.
Disfruto cuando, aunque tenga que estar en casa, oigo la risas de los niños camino del parque cercano, el ruido de los patines y hasta el golpe seco de alguien pequeño pero valiente, que intentando montar en bicicleta ha tenido un accidente. Hoy hay un improvisado partido de fútbol al final de la calle, mi calle termina en olivos. Seguirá el murmullo hasta que llegue la hora de comer, la quietud de la siesta (sí señores de fuera, la siesta, privilegio de dioses)
Me gusta saber que hoy será un día con más sonrisas que otros. Si hay sol ,hay más sonrisas.

NO ME PASA NADA

– ¿Por qué no me miras? ¿Te ocurre algo?
– Es que tengo las manos frías
– ¿Cómo?
– Perdona, es que iba a cogerte la mano y mirarte a los ojos. He pensado que las tenía demasiado frías y además de no dártela, pues no te he mirado
– ¿Qué te ocurre?
– Nada, ¿por qué lo dices?
Ya habían llegado al punto de siempre, en el que “nada” significaba que ocurría algo que no le iba a decir y ella volvía a decir “te noto raro”.
Entraban en el bucle de siempre, raro de qué, rara tú, que todo lo analizas y entonces o acababa en incómodo silencio o en discusión.
Se quedaron ambos en silencio sin mirar siquiera sus móviles. Abstraídos cada uno en sus propios pensamientos que desembocaban en el mismo. Ese tan temido.
– ¿Qué vas a querer cenar?
– No sé, cualquier cosa.
– De eso no tengo, por favor no me compliques mucho, dime que te apetece y yo lo hago.
– Deja, si quieres lo hago yo. ¿Tú quieres cenar?
– No, no me apetece nada.
– Pues ya me hago yo cualquier cosa
– Que no es molestia, dime qué quieres y yo lo preparo en un momento.
– ¡Qué mujer! Pues ya no quiero cenar
– Pues no cenes, más ligerito vas.
Y otra vez el silencio.
La televisión era el nexo de unión entre los dos, pero como no comentaban el programa, ni siquiera peleaban por el mando a distancia.
De repente ella rompió a llorar en silencio, un llanto discreto y poco llamativo pero él se dio cuenta…
– ¿Ahora que te pasa? ¡Vaya racha llevas hija mía!
– Nada….- y en seguida se arrepintió porque empezaba otra vez la conversación-
– Vamos a ver Laura, así no podemos seguir, esto hay que hablarlo, verlo, decidir o lo que sea, pero no es manera.
Ella lloraba más aún, con la mirada perdida y la congoja en la respiración.
– ¿Pero que te he hecho ahora? dímelo que yo lo sepa, yo no quiero que llores pero es que no sé que te pasa, ¿te encuentras mal?
Ella negó con la cabeza mientras se limpiaba los ojos y la nariz moqueante con un pañuelo de papel que apareció en un bolsillo.
– Laura, cariño -resoplaba buscando paciencia- Tú me dices lo que pasa y lo hablamos, pero no puedes ponerte a llorar así como así.
Tragó saliva ella y lo miró con los ojos tristes
– ¿Qué nos está pasando? ¿Quiénes somos? No nos reconozco.
– No digas eso, anda…, ¿estás cansada? ¿tienes fiebre? No llores, sabes que se me rompe el alma.
Él le besó, despacio, por toda la cara, la acurrucó y le dijo todas las palabras dulces que se sabía, usando todos los nombres cariñosos que desde que se conocieron se dijeron. Palabras íntimas.
– Vamos a la cama, por favor, venga…
Él la cogió en brazos y ella se dejó hacer. Abrumada por el dolor de que el amor se hubiera ido, de que ya estuviera todo roto. Miedo porque no hubiera solución a su relación, justo ahora, cuando más necesitaba que todo fuera bien. No era el momento de decirlo, debía callar aun pero y si él ya no la quería, ¿era justo que cargara con su enfermedad sólo por lástima?, y si era ella la que no sentía ya nada por él, ¿debía continuar a su lado sólo por el miedo a sufrir sola?
Acurrucada en el pijama que él mismo se había encargado de ponerle, tras desnudarla como a una niña pequeña que se quedó dormida en el coche, bebió un vaso de leche caliente que él le ofrecía.
– Vamos Laura, mañana será otro día, no llores, nos queda mucha vida por delante juntos y tu sonrisa siempre ha sido lo que me ha hecho seguir adelante. Sé que siempre te digo “y yo a ti” a tus “te quiero” pero mírame…Dios mío, hasta llorando estás preciosa. Te quiero, te quiero y te querré siempre.
Se acostó a su lado, aún vestido y sobre la cama, la acurrucó y le acarició el pelo, le besó en la sien suave, muchas veces, besos pequeños, y le iba susurrando planes locos de cuando se conocieron y pensaron que el mundo era ese sitio que se plegaba a los sueños.
Laura sintió todo ese amor que se había aletargado por la rutina, las prisas y la escasez. Se dejó querer y en un llanto suave se quedó dormida.
– Te quiero, musitó, sí, mañana será otro día
Y antes de dormir pensó en cómo le diría a ese hombre maravilloso la que se les venía encima.


CAFÉ CON REGALO II (a petición popular)

Después de la niebla de ayer parecía casi imposible que el cielo estuviera atigrado en azules y blancos. La claridad lo inundaba todo y caminar por las calles tenía otro ritmo a la luz del sol, todavía no estaba alto, quedaba como prendido en el horizonte. Era temprano.
Había dormido mal, toda la noche seguida, pero inquieta. Había dado muchas vueltas y se había destapado y tapado mil veces. Hasta pesadillas había tenido. No iba a reconocer que eran nervios. Pero se le parecía.
Lo cierto es que había releído la nota varias veces. Se sorprendía de que alguien le mandara esa declaración de amor, por lo menos de admiración. Estuvo haciendo memoria de los distintos días a ver si recordaba una cara, una sonrisa, una mirada, pero como siempre iba pensando en sus cosas, leyendo la prensa y pensando hacia dentro, no recordaba nada. Su desayuno, a veces, casi siempre, era una reflexión íntima de lo que podía venir, de lo que esperaba o de lo que fue. Se sorprendía leyendo párrafos en la prensa, columnas enteras, sin enterarse de nada porque su pensamiento no estaba en la tinta y el papel.
Esta mañana se había peinado con más esmero y había tardado muchísimo  más tiempo en elegir la ropa. No quería que se notara que llevaba algo diferente, y menos sabiendo que él la observaba y conocía su guardarropa, pero se había decidido por lo que mejor le sentaba, aún a riesgo de que no cuadrara con la escala de colores que él le había insinuado en su nota.
Maquillarse lo había hecho como siempre, como todas las mañanas, en la misma rutina, de manera suave y que casi no se apreciara, sólo un cambio, se había comprado una de esas ampollitas mágicas que ponen la piel tersa y suave. Una de esas que no sabía si serían útiles pero que si todo el mundo las compraba, sería por algo.
La mañana en el trabajo hasta la hora del café fue eterna. Se regañaba a sí misma por estar en ese estado. Ayer, en la cafetería, fue mucho más serena, más adulta, más ella. No sabía a que venían estas tonterías. Es cierto que hacía mucho que no consideraba la idea de una café o una copa con un hombre. Se retiró voluntariamente de ese mundo hacía varios años, cuando decidió cambiar de vida. Dejó atrás todo, incluido el amor. la ilusión romántica, el sexo. Le habían propuesto citas y hasta un compañero fue insistente en extremo, casi de acoso sentimental, ¡le compró un anillo!, siempre declinó las invitaciones con excusas poco creíbles pero intentando no ofender. El anillo lo devolvió, por supuesto.
Había llegado la hora y los nervios le estaban jugando una mala pasada. Se intentó tranquilizar en el ascensor y al pasar por la cristalera intentó no mirar, como siempre, como todos los días. Suponía que Tomás ya estaría enterado de todo y esperaba que le pusiera el café como siempre. Algo de su rutina le haría entrar en razón y dejar de lado ese estado de ansiedad.
Al entrar miró la mesa y no había nadie. Sintió alivio y desilusión no reconocida pero se sentó con normalidad y ya venía su punto de referencia, su puerta a la tranquilidad, irónicamente, su mantra sería un café.
Tomás no dijo una palabra más que los buenos días y sonrió. Ella, en un ataque de dignidad, no hizo comentarios. Cuando iba a desplegar el periódico notó una persona parada al lado. Pantalón de traje gris, cinturón de piel desgastado, zapatos negros, muy usados pero no viejos.
– ¿Puedo sentarme?
Cuando ella le vio la cara se quedó pálida, miró a la puerta con ganas de huir pero había demasiada gente en el trajín de la mañana. No podría hacer nada. Sería inútil. Necesitaba aplomo. No  lo tenía.
Sin esperar respuesta él se sentó frente a ella. Era un hombre bien parecido, canoso pese a no ser muy mayor, de mandíbula fuerte y nariz grande. Los ojos quizás estaban demasiado juntos, pero en conjunto era un hombre guapo.
– ¿Sorprendida? Ha pasado mucho tiempo. ¿Cuánto ha sido? Calculo que once años…si…once años y pico. Estás muy cambiada.
Ella se removía nerviosa, agarró su bolso para salir rápido de allí a la menor oportunidad. Estaba temblando.
– No, no te vas a ir a ningún sitio. Ya no. Te he encontrado, me ha costado mucho dar contigo. Te he buscado desde entonces, todos los días de mi vida, sin importar fines de semana, sin vacaciones, no he hecho otra cosa que pensar en ti ¿y ahora quieres irte? No. Ahora nos iremos juntos. Lo sabes. No intentes huir porque sería inútil y tampoco queremos un escándalo.
Ella relajó los hombros, resopló y asumió que no tenía nada que hacer. Se dio por vencida. Lo miró a los ojos avisándole de su renuncia a la lucha. Haría lo que el quisiera. No podía decírselo porque se le habían secado las palabras.
– Vamos, ya hablaremos en Comisaría. Estás detenida y pasarás a disposición judicial. ¿Te recuerdo el por qué?  Por el asesinato de los cinco miembros de la familia Gómez Ballesteros.

CAFÉ CON REGALO

Entraba a la cafetería como todas las mañanas, daba igual en que época del año estuviéramos. De lunes a viernes no fallaba. Incluso algunos fines de semana o festivos también iba. Hoy entró y se sacudió un poco como un perro tras pasar por un aspersor. No llovía, pero la niebla era tan densa que había que batirse con ella en duelo de arma corta. Traía el pelo mojado, y entre los mechones se habían condensado pequeñas gotas de agua.
Desde que la veían pasar por la cristalera le iban preparando el café, grande, muy grande, ardiendo y con poca leche. Luego lo dejaba enfriar y el último sorbo lo daba ya helado. Un día, el veterano camarero que le había servido el café a varias generaciones, le preguntó. Ella sonrió y le dijo que no tenía ni idea, que ni se había fijado, pero que si él lo decía sería así. Se sonrieron. No es que tuvieran grandes conversaciones, el desayuno se presta menos a la comunicación que las copas en la barra de un local ah hoc, pero a veces algún comentario sobre el tiempo, la salud o la familia si que se les escapaba. El camarero, más por viejo que por diablo, había aprendido que no se hablaba ni de fútbol, ni de política, ni de religión.
Ese día ella venía contenta, no le había sucedido nada en especial, y la climatología no estaba poniendo de su parte, pero al menos no le había sucedido nada desagradable. Eso ya era un motivo para sonreír. Se sentó en la mesa de casi todos los días y a la vez se seguía aireando el pelo. El gesto quedaba coqueto pero era puro pragmatismo y frío.
Vio venir el café como una esperanza, sobre todo para calentarse las manos que las traía heladas. En la bandeja junto al café, en un pequeño plato, venía un dulce de chocolate. No le prestó mucha atención porque ella no había pedido nada. En ocasiones lo hacía, pero ni a su figura ni a su monedero le venían bien esos excesos, así que lo hacía de tarde en tarde y preferiblemente, a primeros de mes.
En cuanto el café estuvo puesto sobre la mesa, lo abrazó con las manos entrelazando sus dedos delagados mientras musitaba un “Gracias Tomás, no sabe cuánto lo necesitaba hoy”. Cuando le puso al lado el pastelito lo miró. “Hoy no Tomás, yo no he pedido nada” El camarero sonrió abiertamente. Bajó la voz y se hizo cómplice:
– Verá señorita, esta mañana ha venido un señor, me ha comentado que a veces le ve aquí, y le ha dejado el desayuno pagado.
– ¿Cómo?
– Un caballero, a veces coincide con usted. Hoy ha venido antes y me ha dejado este encargo …y una nota
– Pero Tomás, ¡esto son cosas de película de sábado por la tarde!
– Esta es la nota, le decía mientras le alargaba una perfecta cuartilla doblada.
– Tengo que seguir trabajando señorita. Que aproveche.
Y se fue hacia la barra sonriendo triunfante.
En la mesa, una perpleja mujer seguía mirando un trozo de papel doblado. Sin abrir, sin leer. Se podía notar en su rostro las preguntas que le cruzaban la mente, el esfuerzo por recordar quién podía ser.
Bebió un sorbo de café para que el calor le hiciera reaccionar del frío y la estupefacción y mientras el pastel quedaba en segundo plano, empezó a leer esa sorprendente nota:
“Querida desconocida:
Perdone mi atrevimiento pero ya la conozco de haberla observado. Discúlpeme por esto también, pero es fascinante. Me gusta su rutina de mujer bella e impaciente. Por el color de su ropa adivino como está de humor ese día. Y soy de los hombres que se dan cuenta de cuando va a la peluquería. Pero siempre está preciosa. Acepte que le invite a desayunar hoy y como no voy a verla, le pido que mañana me permita sentarme en su mesa y ocupar el espacio del periódico del día. Como no quiero violentarla, avise a Tomás. Si no quiere, no se preocupe, no sabrá quien soy, y no la molestaré más. Incluso si me lo pide, cambiaré de lugar para desayunar.”
Luego había una firma en la que no se adivinaba ningún nombre. La volvió a leer y pensó definitivamente que alguien se estaba riendo de ella. Miró alrededor y se encontró con la mirada y la sonrisa cómplice de Tomás y le entró la risa.
Empezó a comerse su obsequio pensando en que hacer al día siguiente. Podía no ir, pero sería modificar su rutina además de una cobardía. Podía no aceptar que se sentara en su mesa, pero le resultaba violento saber que estaba ahí y que ella lo estaba ignorando. Era un café, no un anillo. Podía cambiar de bar para siempre, pero maldita las ganas.
Tenía que reconocer que también le surgía la duda, la intriga. Si fuera distinto le preguntaría a Tomás cómo era, quién era, pero claro, no había esa confianza y era un hombre, ni se habría fijado. Y por otro lado la dignidad, no quedaba nada bien que fuera preguntando como una quinceañera. Necesitaba aplomo de mujer de mundo.
Endulzada por el chocolate, abrigada por el café, se sonrió íntimamente. ¿Por qué no? Le había invitado a desayunar, le había regalado palabras. ¿Hay algo más eterno que una palabra plasmada? Miró a Tomás y le dijo que sí con la cabeza. Él lo entendió rápido y sonrió abiertamente.
Mañana sería el día.
 (A todas vosotras, que no os gustan los finales abiertos. A las que buscáis un final feliz. A las que sabéis que la puerta siempre está entreabierta)

RECIPROCIDAD

Sé que hay muchas maneras de entender un Blog.
Hay quien lo considera como un periódico particular, un coto privado de sus artículos, y le da categoría a cada entrada como si fuera una columna en Le Monde, The Daily Telegraph o similar. Nada que objetar. 
Otros lo consideran un diario íntimo con altavoz, una manera de contar su vida, sus gustos y su día a día con muchos más caracteres que un tuit, que dos, que diez. Esto me produce más pudor, ya se que no tiene lógica, que en otros formatos contamos -todos- muchas cosas de nosotros mismos pero dejarlo ahí estático me parece una evolución a la que yo no estaría preparada.
También los hay específicos de recetas, fotos, moda, los hay realmente buenos y sigo varios, pero yo me refiero hoy a los que cuentan historias.
Luego estamos los que escribimos y ya que lo hemos disfrutado, lo ponemos en público. Con mayor o menor disciplina. Con más o menos ganas…En mi caso no le doy categoría de columna periodística, tampoco soy capaz de encorsetarme en algún género literario, todo lo más soy juntaletras que escribe por el gusto de contar cosas, cuanto más cotidianas mejor.
Durante un tiempo estuve tentada de unir todas estas historias en un formato físico, algo que ninguna editorial admitiría, entre otras cosas porque hay muchos blog así, tendría que ser algo en plan Juan Palomo. Al final descarté la idea, al menos momentáneamente. Pero tenía título: “Cotidiano Diario” Incluso busqué una palabra de esas que me gusta inventar, pero era largo y confuso.
Este blog es algo personal, subjetivo y transferible a todo el que lo lea. Para mí es algo como cuando se llega a casa después de una noche de glamour y lujo, feliz y con la sonrisa anclada, y te sientas en el sofá, te descalzas de los tacones y dejas los pies en el suelo frío. Ese momento en el que aun resuenan las últimas notas de la música en los oídos, los últimos besos en los labios, o las últimas caricias en la piel y a la vez que los recuerdas que tienes que desmaquillarte y necesitas imperiosamente un yogurt. O quizás como esas tardes de lágrimas y café caliente. Incluso tiene algo de charla de amigas y actualidad. No sé cómo lo veréis vosotros.
Yo antes no sé como era publicar, supongo que sin internet y sabiendo que sólo el papel y el aire podían soportar las palabras, era más rígido o al menos más lento. Yo ahora disfruto de la reciprocidad inmediata. Creo que es lo que más adoro después de escribir. Porque a mi lo que me gusta es escribir, lo de publicar es accesorio, y si sigo haciéndolo es porque me encantan los comentarios que generan, sean buenos o malos. Tiendo a creer más una crítica que una alabanza.
Ayer el final abierto de la historia de ese primer encuentro dio para muchísimas conversaciones. No puedo seguir por escrito ese encuentro porque hubo tanta gente que se vio reconocida que escribir cualquier otro final que no sea el que ya han soñado o vivido, siempre será peor calidad. Así que a pesar de las risas y la agradable insistencia, los dejaremos mirándose. Reconozco que me tienta que se besen largo y profundo, que se dejen el alma en perder el aliento, pero no puedo remediar imaginar escenarios paralelos, desde un “soy tu padre” hasta el “Cobrador del Frac” .
Pero como el sol empieza a acercarse a mis rodillas, no hay una nube en el cielo, y el sueño me está acariciando las pestañas, me quedo con los besos y un final feliz.
GRACIAS a todos.