CAFÉ CON REGALO

Entraba a la cafetería como todas las mañanas, daba igual en que época del año estuviéramos. De lunes a viernes no fallaba. Incluso algunos fines de semana o festivos también iba. Hoy entró y se sacudió un poco como un perro tras pasar por un aspersor. No llovía, pero la niebla era tan densa que había que batirse con ella en duelo de arma corta. Traía el pelo mojado, y entre los mechones se habían condensado pequeñas gotas de agua.
Desde que la veían pasar por la cristalera le iban preparando el café, grande, muy grande, ardiendo y con poca leche. Luego lo dejaba enfriar y el último sorbo lo daba ya helado. Un día, el veterano camarero que le había servido el café a varias generaciones, le preguntó. Ella sonrió y le dijo que no tenía ni idea, que ni se había fijado, pero que si él lo decía sería así. Se sonrieron. No es que tuvieran grandes conversaciones, el desayuno se presta menos a la comunicación que las copas en la barra de un local ah hoc, pero a veces algún comentario sobre el tiempo, la salud o la familia si que se les escapaba. El camarero, más por viejo que por diablo, había aprendido que no se hablaba ni de fútbol, ni de política, ni de religión.
Ese día ella venía contenta, no le había sucedido nada en especial, y la climatología no estaba poniendo de su parte, pero al menos no le había sucedido nada desagradable. Eso ya era un motivo para sonreír. Se sentó en la mesa de casi todos los días y a la vez se seguía aireando el pelo. El gesto quedaba coqueto pero era puro pragmatismo y frío.
Vio venir el café como una esperanza, sobre todo para calentarse las manos que las traía heladas. En la bandeja junto al café, en un pequeño plato, venía un dulce de chocolate. No le prestó mucha atención porque ella no había pedido nada. En ocasiones lo hacía, pero ni a su figura ni a su monedero le venían bien esos excesos, así que lo hacía de tarde en tarde y preferiblemente, a primeros de mes.
En cuanto el café estuvo puesto sobre la mesa, lo abrazó con las manos entrelazando sus dedos delagados mientras musitaba un “Gracias Tomás, no sabe cuánto lo necesitaba hoy”. Cuando le puso al lado el pastelito lo miró. “Hoy no Tomás, yo no he pedido nada” El camarero sonrió abiertamente. Bajó la voz y se hizo cómplice:
– Verá señorita, esta mañana ha venido un señor, me ha comentado que a veces le ve aquí, y le ha dejado el desayuno pagado.
– ¿Cómo?
– Un caballero, a veces coincide con usted. Hoy ha venido antes y me ha dejado este encargo …y una nota
– Pero Tomás, ¡esto son cosas de película de sábado por la tarde!
– Esta es la nota, le decía mientras le alargaba una perfecta cuartilla doblada.
– Tengo que seguir trabajando señorita. Que aproveche.
Y se fue hacia la barra sonriendo triunfante.
En la mesa, una perpleja mujer seguía mirando un trozo de papel doblado. Sin abrir, sin leer. Se podía notar en su rostro las preguntas que le cruzaban la mente, el esfuerzo por recordar quién podía ser.
Bebió un sorbo de café para que el calor le hiciera reaccionar del frío y la estupefacción y mientras el pastel quedaba en segundo plano, empezó a leer esa sorprendente nota:
“Querida desconocida:
Perdone mi atrevimiento pero ya la conozco de haberla observado. Discúlpeme por esto también, pero es fascinante. Me gusta su rutina de mujer bella e impaciente. Por el color de su ropa adivino como está de humor ese día. Y soy de los hombres que se dan cuenta de cuando va a la peluquería. Pero siempre está preciosa. Acepte que le invite a desayunar hoy y como no voy a verla, le pido que mañana me permita sentarme en su mesa y ocupar el espacio del periódico del día. Como no quiero violentarla, avise a Tomás. Si no quiere, no se preocupe, no sabrá quien soy, y no la molestaré más. Incluso si me lo pide, cambiaré de lugar para desayunar.”
Luego había una firma en la que no se adivinaba ningún nombre. La volvió a leer y pensó definitivamente que alguien se estaba riendo de ella. Miró alrededor y se encontró con la mirada y la sonrisa cómplice de Tomás y le entró la risa.
Empezó a comerse su obsequio pensando en que hacer al día siguiente. Podía no ir, pero sería modificar su rutina además de una cobardía. Podía no aceptar que se sentara en su mesa, pero le resultaba violento saber que estaba ahí y que ella lo estaba ignorando. Era un café, no un anillo. Podía cambiar de bar para siempre, pero maldita las ganas.
Tenía que reconocer que también le surgía la duda, la intriga. Si fuera distinto le preguntaría a Tomás cómo era, quién era, pero claro, no había esa confianza y era un hombre, ni se habría fijado. Y por otro lado la dignidad, no quedaba nada bien que fuera preguntando como una quinceañera. Necesitaba aplomo de mujer de mundo.
Endulzada por el chocolate, abrigada por el café, se sonrió íntimamente. ¿Por qué no? Le había invitado a desayunar, le había regalado palabras. ¿Hay algo más eterno que una palabra plasmada? Miró a Tomás y le dijo que sí con la cabeza. Él lo entendió rápido y sonrió abiertamente.
Mañana sería el día.
 (A todas vosotras, que no os gustan los finales abiertos. A las que buscáis un final feliz. A las que sabéis que la puerta siempre está entreabierta)

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