CAFÉ CON REGALO II (a petición popular)

Después de la niebla de ayer parecía casi imposible que el cielo estuviera atigrado en azules y blancos. La claridad lo inundaba todo y caminar por las calles tenía otro ritmo a la luz del sol, todavía no estaba alto, quedaba como prendido en el horizonte. Era temprano.
Había dormido mal, toda la noche seguida, pero inquieta. Había dado muchas vueltas y se había destapado y tapado mil veces. Hasta pesadillas había tenido. No iba a reconocer que eran nervios. Pero se le parecía.
Lo cierto es que había releído la nota varias veces. Se sorprendía de que alguien le mandara esa declaración de amor, por lo menos de admiración. Estuvo haciendo memoria de los distintos días a ver si recordaba una cara, una sonrisa, una mirada, pero como siempre iba pensando en sus cosas, leyendo la prensa y pensando hacia dentro, no recordaba nada. Su desayuno, a veces, casi siempre, era una reflexión íntima de lo que podía venir, de lo que esperaba o de lo que fue. Se sorprendía leyendo párrafos en la prensa, columnas enteras, sin enterarse de nada porque su pensamiento no estaba en la tinta y el papel.
Esta mañana se había peinado con más esmero y había tardado muchísimo  más tiempo en elegir la ropa. No quería que se notara que llevaba algo diferente, y menos sabiendo que él la observaba y conocía su guardarropa, pero se había decidido por lo que mejor le sentaba, aún a riesgo de que no cuadrara con la escala de colores que él le había insinuado en su nota.
Maquillarse lo había hecho como siempre, como todas las mañanas, en la misma rutina, de manera suave y que casi no se apreciara, sólo un cambio, se había comprado una de esas ampollitas mágicas que ponen la piel tersa y suave. Una de esas que no sabía si serían útiles pero que si todo el mundo las compraba, sería por algo.
La mañana en el trabajo hasta la hora del café fue eterna. Se regañaba a sí misma por estar en ese estado. Ayer, en la cafetería, fue mucho más serena, más adulta, más ella. No sabía a que venían estas tonterías. Es cierto que hacía mucho que no consideraba la idea de una café o una copa con un hombre. Se retiró voluntariamente de ese mundo hacía varios años, cuando decidió cambiar de vida. Dejó atrás todo, incluido el amor. la ilusión romántica, el sexo. Le habían propuesto citas y hasta un compañero fue insistente en extremo, casi de acoso sentimental, ¡le compró un anillo!, siempre declinó las invitaciones con excusas poco creíbles pero intentando no ofender. El anillo lo devolvió, por supuesto.
Había llegado la hora y los nervios le estaban jugando una mala pasada. Se intentó tranquilizar en el ascensor y al pasar por la cristalera intentó no mirar, como siempre, como todos los días. Suponía que Tomás ya estaría enterado de todo y esperaba que le pusiera el café como siempre. Algo de su rutina le haría entrar en razón y dejar de lado ese estado de ansiedad.
Al entrar miró la mesa y no había nadie. Sintió alivio y desilusión no reconocida pero se sentó con normalidad y ya venía su punto de referencia, su puerta a la tranquilidad, irónicamente, su mantra sería un café.
Tomás no dijo una palabra más que los buenos días y sonrió. Ella, en un ataque de dignidad, no hizo comentarios. Cuando iba a desplegar el periódico notó una persona parada al lado. Pantalón de traje gris, cinturón de piel desgastado, zapatos negros, muy usados pero no viejos.
– ¿Puedo sentarme?
Cuando ella le vio la cara se quedó pálida, miró a la puerta con ganas de huir pero había demasiada gente en el trajín de la mañana. No podría hacer nada. Sería inútil. Necesitaba aplomo. No  lo tenía.
Sin esperar respuesta él se sentó frente a ella. Era un hombre bien parecido, canoso pese a no ser muy mayor, de mandíbula fuerte y nariz grande. Los ojos quizás estaban demasiado juntos, pero en conjunto era un hombre guapo.
– ¿Sorprendida? Ha pasado mucho tiempo. ¿Cuánto ha sido? Calculo que once años…si…once años y pico. Estás muy cambiada.
Ella se removía nerviosa, agarró su bolso para salir rápido de allí a la menor oportunidad. Estaba temblando.
– No, no te vas a ir a ningún sitio. Ya no. Te he encontrado, me ha costado mucho dar contigo. Te he buscado desde entonces, todos los días de mi vida, sin importar fines de semana, sin vacaciones, no he hecho otra cosa que pensar en ti ¿y ahora quieres irte? No. Ahora nos iremos juntos. Lo sabes. No intentes huir porque sería inútil y tampoco queremos un escándalo.
Ella relajó los hombros, resopló y asumió que no tenía nada que hacer. Se dio por vencida. Lo miró a los ojos avisándole de su renuncia a la lucha. Haría lo que el quisiera. No podía decírselo porque se le habían secado las palabras.
– Vamos, ya hablaremos en Comisaría. Estás detenida y pasarás a disposición judicial. ¿Te recuerdo el por qué?  Por el asesinato de los cinco miembros de la familia Gómez Ballesteros.

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