SIN REMEDIO

Como cada mañana lamentó que el despertador fuese un ser sin alma. Cruel y tenaz, a las seis y media de la mañana avisaba de que era la hora de poner el pie en el suelo.
Hacía frío por las mañanas, y la humedad condensada resbalaba por el cristal de la ventana que acababa de abrir. Maldito invierno. Y además llovía. Lo único agradable de la lluvia era el sonido de los coches por la carretera, que sonaba diferente, era una gravilla chapoteada, un asfalto de agua, y no salir de casa. Lo primero lo podía oír, lo segundo era inevitable, tenía que irse a la calle.
Alguien la convenció de que lo mejor para la piel por las mañanas era el agua helada y pegaba tiritones en invierno cuando se la lavaba. Con disciplina inglesa acometía rutinas de alimento o belleza.
Lo miró, un día más, y pensó que no iba a hacerlo. Hacía frío y no le apetecía desnudarse. Pero algo más fuerte que ella misma le impedía pasar de ese ritual. Se desnudó, aligerando cualquier tipo de peso accesorio y se subió a la bascula. Los apenas tres segundos que tardaba en dar su veredicto eran eternos. Cuando lo veía se congraciaba consigo misma y se vestía dando tiritones y procesando la información.
En esta temporada podía estar orgullosa, de agosto a ahora, cuántos meses eran….a penas seis, había adelgazado diez kilos, y los últimos seis en poco más de un mes. Era una meta conseguida que había que mantener.
Desayunó como todos los días haciendo labores de la casa y fue a la ducha con la respiración entrecortada por el frío. Ojalá el café caliente empezara a hacer efectos o moriría con síntomas de hipotermia.
El agua caliente en la piel helada es más caliente y son pequeños alfileres, pero cuando por fin se acostumbra la piel, el calor no duele y es gratificante. Le gustaba ver como se empañaba el cristal y el vaho hacía que el baño fuera Londres. Se distraía y así no volvía a mirar a la báscula, hoy no más. Ya no. Hubo una época en la que se podía pesar hasta cinco veces al día.
Fue a ponerse unos pantalones y tuvo que dejarlos porque le estaban tan grandes que parecía que los había heredado del muñeco de Michelin, cogió otros y tampoco pudo ponérselos, sobre todo si no quería perderlos en mitad de la calle. Acabó rebuscando en su armario, con más frío de la cuenta, pantalones antiguos de cuando estuvo más delgada. Su talla era tan oscilante que optó por no tirar más ropa. Ni las tallas superiores, ni las más pequeñas. Iba por rachas.
Al final vestida y preparada para los últimos arreglos, se miró al espejo. ¿Estaba más delgada?
Incluso ayer, una pariente mayor que hacía mucho tiempo que no veía le dijo una frase gloriosa: “¿Cómo estás tan delgada con lo gorda que eras?” En teoría es un piropo. Creía.
Objetivamente -peso, en kilos. Altura, en centímetros. Talla, índice de masa corporal, volumen…- estaba mucho más delgada. Puede que más que nunca.
¿Por qué no se le iba el sentimiento de estar gorda? ¿Por qué no conseguía aceptar que estaba más delgada si todos los indicadores se lo decían? ¿Por qué primaba su sentimiento anterior? ¿Cómo era posible que no viera en el espejo lo que le decían los demás?
En fin, todos los días lo mismo, y su incapacidad por solucionar lo que su inteligencia (no era una mujer tonta) le decía. No tenía remedio.

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Un comentario en “SIN REMEDIO

  1. Lo mejor: “¿Por qué no conseguía aceptar que estaba más delgada si todos los indicadores se lo decían?”

    Es la distorsión con que percibe el anoréxico su propia imagen la clave de su enfermedad. Lo de 'perder seis kilos en un mes'…

    N. J.

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