LAS VEGAS, 1950


Las Vegas, 1950, un casino, cualquiera.
– Todo al 17
– Sí…cariño.
Pocos placeres producen tanta adrenalina como arrastrar las fichas por el paño verde. Esperar a que la ruleta deje de girar y contener la respiración esperando el canto del croupier. Tensión concentrada en una bolita que rueda aleatoria.
Me pareció oír “17, negro, impar y falta” pero podía haber sido cualquier otra cosa porque en ese momento me traían la bebida. Champange francés, helado.
– Recoge las ganancias, nena.
Sonriendo recogí un puñado de preciosas fichas de colores. Una chica que se precie nunca debe hablar de dinero pero hice un cálculo rápido y tenía en la mano una pequeña fortuna. En ningún momento se me ocurrió dejar de jugar.
Me llevó de la cintura a una mesa de dados.
– Estamos en racha princesa, ahora soplarás los dados para mí y seremos ricos.
Era incapaz de reconocer que nunca había entendido qué sucedía a partir de que se tiraban los dados, pero estaba claro que a él le gustaba el juego y soplarle entre los dedos no era tan difícil. Sabía que me miraban cuando lo hacía y siempre me mojaba levemente los labios antes de soplar; lo justo para que no se le fuera el rouge y quedara la sensualidad.
Creo que le iba bien, yo estaba apostada y levemente apoyada en la madera. Supongo que no todo me producía la misma excitación. Prefería las vueltas de la ruleta. También el gustaba jugar al  Black Jack, sentarme en la mesa e intentar poner al croupier nervioso, por el placer de verlo sucumbir, no era una cuestión de dinero. Pero son incorruptibles y eso me gusta aún más. Una vez sí pude pero me lo cambiaron por una mujer, y entonces se acabó la diversión. Ahora que venía acompañada al casino me veía privada de ciertos pequeños placeres, lo miré y vi a un hombre muy atractivo que sabía hacerme sentir muy bien. Compensaba.
Suponía que después de los dados vendrá el Texas Hold’em, yo prefiero el póker tradicional, y ahora que veo que sigue ganando, igual puedo conseguir que vayamos a tomar una copa tranquilos. Tendré que convencerle de que no rompemos la racha. Casi siempre lo consigo.
Recogía más fichas cuando volví a prestarle atención. Me puse de pie y supe que había elegido el mejor vestido para esta noche. Cuando intentó arrastrarme hacía las mesas de cartas le susurré al oído, suave, gatuna y convincente.
Nos sentamos en el bar, y mientras llegaba su bourbon y mi champange fui consciente de que tendría que poner mucho de mi parte para que me prestara atención, sabía que su mente seguía ahí, en las cartas. Me apoyé sobre la mesa y con sutilidad le marqué el camino de mi encanto personal, ese que tan bien conocía y disfrutaba noche tras noche. Usé las más sucias armas de mujer y conseguí que volviera a mi piel.
– Encanto, volvamos a Milwaukee o Savannanh o de dónde demonios seas, descubramos una ciudad nueva. Vivamos una vida serena y vulgar. Seamos buenos ciudadanos y mejores vecinos, participemos en la vida de la comunidad. Quiero ser una esposa ejemplar de las que hacen tartas y cenas de Acción de Gracias.
Me miró recostándose hacia atrás, una mirada como entre el humo, vi el deseo en su mirada. Con los ojos inyectados en lujuria me respondió:
– Nena, estamos en Las Vegas, la ciudad del pecado. ¡Qué más podemos querer! Es nuestro lugar, nuestro momento. Hoy hemos estado en racha, vendrán más días como este. Y tú y yo disfrutaremos. ¿Qué quieres casarte, encanto? Ahora mismo pago una licencia, elige capilla. Pero nos quedamos, ya sabes muñeca: “Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”
Le sonreí mientras jugaba con dos fichas entretenida en el ruido al pasarla por mi mano y entre chocar entre ellas. Le miré a los ojos, casarnos no era mala idea…un primer paso. Levanté la copa, me la llevé a los labios y casi di un sorbo imaginario.
– Querré un anillo cielo.
Él asintió mirándome, pero continúe hablando…más cerca, más íntimo.
– Y no temas amor, lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas, y Las Vegas está donde yo diga que esté.
Fue entonces cuando él sonrió y comprendió rápido todo lo que yo le estaba diciendo…..

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7 comentarios en “LAS VEGAS, 1950

  1. Lo siento, muchacha, pero ese estilo que has elegido últimamente huele a rancio.
    Años cincuenta… qué sabes tú de aquello.

    En otro papel se te nota menos lo falso.

    N. J.

  2. ¿Sabes, muchacha? Este blog va a cumplir dos años en breve y de todos tus comentarios ninguno, NINGUNO, es positivo. Aceptando la crítica, y sabiendo que no hablas ex cathedra por mucho que lo creas, he de decirte que aquí no es obligatorio estar. Me has insultado varias veces y me he contenido de responderte. Hoy no. No tienes que alabarme, ni tengo que gustarte, por aquí pasan cientos de personas que no dejan su opinión y otras que las dan por otros cauces. Recibo críticas y aplausos, pero nadie con la suficiencia con la que te manejas tú. Dicho esto, gracias por venir.

  3. Desde luego el argumento no puede ser más absurdo “Años cincuenta… qué sabes tú de aquello.”, por esa teoría casi nadie podría escribir de nada.
    Ni de años en los que no ha vivido, ni mujeres sobre hombres o viceversa…etc.
    Personalmente este blog me encanta

  4. Querido/a anónimo:Si tuvieras la valentía de identificarte,me podría dirigir a alguien en concreto,pero como veo que te escondes detrás de un pseudónimo con imagen de sombra,te comentaré desde mi nombre y apellido cual creo que es tu problema.Eres el maestro Liendre ,que de todo sabe y de nada entiende.No me vale la cobardía de un comentario para evaluarte y te reto a que escribas un articulo que sea interesante a la vez que ameno,si no tus críticas carecen de valor.

  5. Bueno, bueno, no se amontonen.

    Publicar -o sea, hacerse público- es exponerse a críticas positivas y negativas.

    Como aquí hay un cierto empalago de críticas, “nena, tú vales mucho”, alguien tiene que sacar el tarrito del vinagre.

    Si una crítica negativa es insultar…

    Juro por Esnupi que hay entradas que me han gustado. Ni dos ni tres. Más. Máaaas. Pero siempre se me adelantan. Mecachis.

    Señora Inmaculada, no me diga querido/a. Ni usted me quiere ni tiene por qué. Y no me diga borderías, que luego hay que borrarlas.

    Buenas noches.

    P. S. Rejuro por Esnupi que la próxima entrada que me guste, voy a aplaudir hasta con las orejas. Mientras tanto no se sofoquen, internet es así.

    P. S. II.- La historia del Tío Frasco me gustó mucho. Muucho. Es lo que se llama un “suicidio ampliado”. Nada de crimen de género. Así hay varios contabilizados en el pasado 2013. El tío Frasco no quiere seguir viviendo viendo sufrir a su mujer. Pero sabe que si él se quita la vida -el suicida no quiere morir, lo que no quiere es seguir viviendo esa vida- a su mujer le espera más sufrimiento aún. Yo lo llamaría un crimen de compasión. Aunque sea equivocado. Aunque yo me equivoque.

    Suelo reconocer cuando me equivoco y si he traspasado alguna línea roja, doy pasos atrás y pido perdón. Lo espero.

    N. J.

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