BESOS PERDIDOS

¿Dónde van los besos que se mandan? ¿Llegan a destino? ¿Sufren retrasos?
¿Cuántas veces enviamos besos al despedir una cita o una conversación y no vienen de vuelta?
¿Sólo yo siento que he otorgado parte de mi cariño y no ha sido correspondido?
Comprendo que no puede ser un bucle infinito en el que los besos del emisor se corresponden al del receptor y éste considera que tiene que volver a entregar esos besos. Eso es el “cuelga tú” telefónico que tantas buenas secuencias de cine ha dado, y quien lo ha vivido lo recuerda con una sonrisa. Suele traer a la memoria buenos momentos.
No, no creo que los besos lanzados sean como los suspiros, aire que van al aire. No puedo creer que formen parte de la nada que nos rodea. No imagino esos besos navegando entre la polución.
Quizás sea sólo yo la que se percate de estas cosas, empiezo a pensar que soy menos despistada de lo que creía, también puede ser que por bucear en los detalles, cada vez los perciba más, pero no puedo negar un cierto desasosiego cuando esto ocurre. A mí me da la sensación de que me han cerrado la puerta en las narices, que me han colgado el teléfono de malas maneras. Serán tonterías mías.
A veces, lo que antes se llamaba urbanidad y hoy mínimas normas de educación cívica, son un estorbo. No es que a mi me cueste lo más mínimo, que no me cuesta, incluso creo que me sería más difícil ser ajena a ciertas directrices aprendidas desde niña; pero reconozco que me molesta no recibir el mismo trato.
Y es curioso, personas que normalmente no tienen en cuenta esos detalles, al verse perjudicados por la falta de ellos se molestan. Se da mucho en personas que siempre llegan tarde y el día que sufren ellos un retraso de los demás se molestan muchísimo. O los abonados al “luego te llamo” y nunca llaman que de repente pasan horas esperando una llamada que no llega.
Sé que la vida va ahora más rápido y comprendo que la tecnología lleva aparejadas servidumbres que no tienen por qué ser mejores para el día a día. En esencia, un servicio de mensajería instantánea es un avance asombroso sólo con mirar cuarenta años atrás. Uso estos servicios, los disfruto y me resultan tan útiles que creo que ahora no podría estar sin ellos, pero no existe una norma mínima de educación para ellos, no hay un protocolo ni rígido ni laxo, y eso puede llevar a desconcierto.
No hace ni dos años, en verano, mi abuela, que es toda una señora, me pidió que fuera a comprarle a la papelería “recado de escribir” porque hay cosas que sólo se pueden decir de puño y letra. Eso lo hemos perdido. Me lo resumió en una frase, lo dejó claro y lo entendí todo.
Por eso, cuando por las prisas o  las circunstancias, vía internet, mensajería, incluso llamadas interrumpidas por otra que entra -espera que me llaman-, se quedan mis besos en el aire, no puedo evitar pensar que éstos quedan vagabundos por el mundo, como un perro abandonado sin hogar que los cobije. Me gustaría entonces recuperarlos, hacer que volvieran a casa, pero me temo que ya es tarde y me vuelve a nacer la pregunta: ¿Dónde van esos besos?

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