ARDEN PALABRAS

Ayer ardió una librería.
Pasaron muchas cosas, casi todas trágicas y algunas anecdóticas. Pero murieron también palabras.
Con el afán de que los servicios informativos duren un determinado tiempo, acabamos viendo cualquier cosa menos noticias, y la verdad es que el nuevo “parte”-magazine no es santo de mi devoción. Es cierto que el horror de Siria y de Venezuela es para abrir telediarios, aunque ni Antena3, ni la primera cadena, consideraron que fuera importante. La primera abrió con el bote de humo en el campo del Villareal (según me contaron) y la de todos con la inversión en infraestructuras por el mundo y Ana Pastor. Incomprensible. Pero puestos a evadirnos de la realidad, yo hubiera abierto con el humo literario.
Parece ser que no fue tan grave porque no estaba todo el material allí y aun no se saben las causas, pero hubo una gran pérdida de ejemplares. De la misma manera que me duele que se queme una pequeña capilla o un bosque, cuando son los libros los que arden me parece que perdemos mucho y lo que es peor, parece que no somos conscientes.
Creo recordar un artículo de Pérez Reverte sobre la biblioteca de Sarajevo, ¿o era dentro de “Territorio Comanche”? Ardía sin remedio, y pese a la espectacularidad del fuego, tan hermoso siempre, se estaba destrozando un material de valor incalculable. No pueden medirse las emociones que un libro procura. Sé que entonces, yo era una adolescente, fui consciente de la fragilidad de un libro, de todo lo que nos dan y sin embargo lo fácil que es dañarlos. Me duelen todos, los nuevos porque me resultan como pequeñas crías de literatura a las que hay que darle la oportunidad de crecer y hacerse importante. Los viejos porque han vivido mucho y han dado lo mejor de si durante mucho tiempo. ¡Y los incunables! ¡Las antiquísimas ediciones! Eso es irrecuperable, perdemos parte de la historia, de lo que somos y de lo que fuimos, y sin ese trozo de nosotros seremos otros, pero sin ese pedacito de arte.
Sé que ahora son las casas muy pequeñas -vaya si lo sé- y que el libro digital está pegando fuerte por ser una alternativa más barata, más cómoda y que ocupa menos espacio, pero yo sigo siendo una romántica y prefiero el tacto del papel, su olor y hasta el polvo que cogen. Me gusta pasear por mi casa y saber que mi único tesoro material está impreso en papel cosido o pegado.
Adoro saber que al alcance de mi mano, está “El Camino” de Delibes, mi libro favorito, manoseado y disfrutado, lleno de lágrimas y de risas, y además para mi satisfacción personal, ese mismo libro ya tiene parte de las emociones de mi hija mayor. El día que se lo di para que lo leyera fue importante para ambas, ella sabía lo que era ese libro para mí y yo sabía que ya era el momento de que lo entendiera y disfrutara, sólo fue comparable al día que me lo devolvió, y con los ojos llorosos todavía me dijo que le había encantado.
Por eso, por todo lo que cabe dentro de un libro, cuando ayer vi en las noticias un volumen abierto, con las hojas carbonizadas, dispuestas a convertirse en ceniza al más mínimo soplo de viento, se me llenaron los ojos de carbonilla…

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