Se había acostumbrado a no querer sentir. Vivía con una coraza incómoda en ocasiones, era un recubrimiento de titanio que permite pocas lágrimas de alegría pero que salva la mayoría de las veces del sufrimiento. Sonreía adecuadamente, participaba en reuniones divertidas y hasta se podía decir que era dicharachera y simpática pero si alguien intentaba acceder a su yo más íntimo no lo conseguía. Aún así no podría decirse que era huraña, sólo era inaccesible.
Caminaba sin miedo y pisaba fuerte sin aplastar a nadie, miraba siempre de frente y a los ojos, con la seguridad de que en los suyos estaba la realidad y en los demás sus mentiras e incapacidades. Leyendo pupilas ajenas, movimientos imperceptibles o palabras en cascada conseguía descubrir el alma oculta de los demás: sus deseos, sus aficiones, sus anhelos o los propósitos que tenían frente a ella.
Erguida con la naturalidad de una consagrada bailarina de ballet se podía interpretar en su esbelto cuello la serenidad de una mujer segura de sí misma. Tenía pocos malos momentos y cuando se daban jamás se permitía que se trasladaran al exterior. Nadie lo intuía, jamás se prestaba a que se conociera que había un algo, grande o pequeño, que le hacía sucumbir a la debilidad del sentimiento, a la característica humana del sufrir razonado o irracional.
Lo cierto, no podía engañarse a si misma, es que no era más que alguien sensible peleando por no ser una más de esas blandas personas que tanto odiaba y a las que evitaba para no sentir la empatía que los demás le comentaban que se manifestaba ante el sufrimiento ajeno. Lo había conseguido.
Hubo una época en su vida en la que dejó que entraran en su alma, acamparan en su corazón, conocieran sus debilidades…y cuando levantaron el campamento comprendió el error que supone la entrega sin condiciones a otra persona. Y parecía ser, al menos así lo tenía comprobado por las experiencias ajenas, que si alguien guarda algo para sí en una relación, se convierte en alta traición. Debe ser siempre algo pleno, completo …¡estúpida decisión! Era la mejor manera de suicidarse emocionalmente.
Finalmente decidió que pese a que la sociedad no estuviera preparada, ella sólo tomaría lo que le interesara, sin dañar a nadie, lo que le hiciera sentir bien y no le acarreara ninguna preocupación en su vida, ninguna complicación en su día a día, y sobre todo no le volvieran a hacer sentir ese vacío en el estómago, contraseña del dolor en el alma, que se produce cuando sabes que ya no existe el amor correspondido.
Mes: enero 2014
FOTOS EN LA RED
Yo tengo dos hijas y es algo que no sólo no oculto, es que me enorgullezco de ellas, intento no ser una madre pesada de las que le da a los demás todo tipo de detalles sobre lo que ellas hacen o dejan de hacer, pero es cierto que a veces no puedo remediarlo porque tienen sus cosas y sus razonamientos que me resultan divertidos, dulces y ocurrentes. Entonces las comparto.
Pero yo comparto sus ideas, sus sensaciones, la manera en la que entienden la vida, como ven el futuro sus ojos infantiles o adolescentes -según sea la pequeña o la mayor-, cómo interpretan la realidad social e incluso si sufren. Lo que no voy a compartir es su imagen. Respeto mucho a quien lo hace, para eso son sus hijos y tienen no sólo su cariño sino también una cosa que se llama tutela o guardia y custodia que se da cuando los padres se separan y también cuando la unidad familiar es la primigenia. Están en su derecho pero yo no lo hago.
Las redes sociales nos han abierto el ámbito de sociabilidad, ahora nos conocen más personas, en cualquier momento pueden acceder a nuestras palabras y nuestras imágenes. Haya filtros o no, todo es susceptible de ser pirateado. Damos datos de dónde vivimos con menor o mayor exactitud, nos significamos en nuestros gustos y nuestras ideas, y aunque en la red hay las mismas malas personas que en el mundo real, lo cierto es que se utilizan menos precauciones.
Me explico. Si un hombre hecho y derecho mirara a una de mis hijas, durante mucho tiempo pierdo los modales, supongo que vosotros también y os iríais, os enfadaríais y no sé si alguno llegaría a las manos…bien, cuando ponéis una foto de vuestros hijos en la red (o un vídeo) no sabéis qué mente calenturienta puede estar mirando y con que intención…Pero no sólo hablo de una posible pederastia (en la red abundan porque es un lugar muy accesible y hasta cierto punto anónimo), es que también hay muchos radicales de otros temas que pueden incluso bajarse la foto para cualquiera sabe que «negocios».
Imaginad que tenéis unas ideas políticas muy claras frente a cualquiera de estos temas que se vuelven de repente tan sensibles, eso os honraría por vuestra significación pero ¿llevaríais a vuestros hijos a una manifestación? ¿a un acto político que puede desmadrarse? Seguramente diríais «no es lugar para niños».
Los adultos somos -o debemos ser- consecuentes con nuestros actos, somos libres y capaces pero ellos no, son menores expuestos y cada que vez que veo una foto de vuestros preciosos hijos no puedo evitar sentir miedo.
Yo tengo dos hijas guapísimas y aunque hasta he tenido broncas familiares por no ponerlas en Facebook -en Twitter que es mucho más abierto ni se me pasaría por la imaginación- yo sigo protegiéndolas todo lo que puedo, igual que les digo que no hablen con desconocidos, que no se suban al coche con nadie, que miren al cruzar y que no se separen de sus compañeros de clase si van de excursión.
Se que estáis en vuestro derecho pero si no lo digo no me quedo tranquila.
AMOR DE VERANO
Recordaba como si fuera ayer ese veintiocho de agosto. Primeros años de los noventa.
Aún hacía calor y notaba como le caía el sudor por debajo de la espalda, de tanto llevar y traer maletas se le había humedecido la cinturilla del pantalón. Llevaba un pantalón cómodo, blanco, muy corto, que había sido su compañero inseparable todo el verano, su madre decía que se le iba a gastar de tanto lavarlo pero ella se sentía preciosa con ellos puestos. La camiseta, veraniega y de tirantes, no mostraba la lazada del bikini porque ya tocaba partir.
La frustración de que se acabaran las vacaciones sólo podía verse superada por la de pensar en comprar libretas, libros y ropa del uniforme. No es que le pareciera horrible volver a clase, es que no quería irse del paraíso de arena húmeda, de puestas de sol, de horas sintiendo el calor en su piel, y sobre todo, no quería separarse de él.
Con la de veces que había leído historias semejantes, con la de canciones que había oído sobre los amores de verano, y ahora se veía ella haciendo las mismas promesas de te escribiré, intentaré llamarte, no me olvides…Ahora partirían cada uno para un lado del mapa pero resistiéndose a aceptar que no volverían a verse más.
Anoche fantaseaban con mil supuestos en los que encontrarse y poder volver a besarse a escondidas, un millón de historias inverosímiles que en la íntima conversación se vestían de posible realidad. Pese a habérselo prometido una y otra vez antes de salir, mientras se vestía, diciéndose que no había que ponerse triste porque se volverían a ver y no perderían el contacto, cuando estuvieron solos y frente a frente, rompió a llorar. En el fondo se alegró de haberlo hecho porque disfrutó de su manera de consolarla, algo torpe y muy paciente, demostrando una hombría que no le correspondía por edad -eso lo sabía ahora, casi veinte años más tarde-. Después, algunas caricias limpias y dulces, besos eternos de adolescencia y ambos se miraron como si fuera la primera vez para recordarlo siempre.
El reloj no perdonaba, la hora de volver era una losa, aún así arañaron varios minutos esperando la comprensión de los progenitores y asumiendo un posible castigo («total que más da estar castigados si no estaremos juntos», terribles sentencias de teeneagers que para eso es la edad propia) y cuando emprendieron el camino de vuelta por el sendero, entre el césped que fue alfombra mágica en sus eternas conversaciones, fueron conscientes de que era la senda de la separación. Entonces se dieron el último beso, arriesgando ser vistos, y se repitieron las mil promesas.
Nunca volvieron a verse, las cartas llegaron, y las tenía aún guardadas, las llamadas fueron pocas, de esas de monedas en cabinas y pitido final. Al final el tiempo y la distancia hicieron su trabajo. No sabía si en los tiempos actuales de internet, whatsapp y móviles, las cosas hubieran sido diferentes pero ella tenía el recuerdo de la maravillosa historia de amor de quince días.
JULIA
Acabábamos de llegar de pasar las Navidades en familia, yo me encontraba fatal con una gripe horrenda que no me dejaba dormir. Me dolían las costillas de toser, pero aún así junté ánimos y puse dos lavadoras y coloqué juguetes, es decir, moví media casa para reubicar más trastos sin el trauma de tirar nada. Soy experta en aprovechar centímetros cúbicos.
Cuando mi madre me vio quitando maletas me dijo: «las leonas arreglan la madriguera antes de parir». Mi respuesta rápida: «¡Mamá me quedan veinte días!» Y es que estaba embarazadísima, sin tomar a penas medicación y saturada de zumo de naranja, sobrellevaba mi gripe y mi embarazo. Como mi madre tenía que volver a su casa, pues se le acababan las vacaciones, aproveché para volver a ir al médico a ver si conseguía pegar ojo, dejar de toser y no arrastrarme «moritabunda» (expresión propia)
Cuando llegué y me dijeron que estaba de parto me eché a reír…yo ya tenía otra hija…así no era. La matrona me miró con una cara que no sé si fue de suficiencia, de desprecio o de lástima. Aún no he sabido definirla claramente. Me preguntó, ignorando mis quejas, si me pondría la epidural. Hasta ese mismo instante estaba convencida de que no sería así porque la mayor fue sin anestesia y después de eso tuve una experiencia traumática con una punción lumbar, me aterraba que nuevamente me trastearan la médula. Me desconcertó tanto la idea de estar de parto que dije que sí a parir dopada.
El parto fue una odisea, el anestesista me puso la epidural y se fue con la moto a recoger al ginecólogo que estaba en un atasco en El Corte Inglés mientras cambiaba regalos de Reyes. La matrona empezó a ponerse nerviosa por variaciones inconvenientes en los latidos fetales. Cando por fin llegó el ginecólogo, casi con el casco puesto, el señor anestesista estrenó su flamante cámara ..grabando mi parto…sin permiso previo… Creo que jamás me he visto más horrenda.
De repente el ginecólogo me dijo: «Yo esto no podía saberlo, esto no se ve en ninguna prueba, de esto no tengo la culpa» El pediatra corría y la auxiliar tenía la cara desencajada. Mi marido y yo no entendíamos nada. La niña lloró bien y no sabíamos más.
Mi hija traía dos vueltas de cordón alrededor del cuello que es algo bastante normal, pero también traía algo que se llama «nudo verdadero». Es un nudo hecho en el cordón, se da en un 1% de los embarazos. Normalmente estos bebés no llegan a término porque les falta el oxígeno y el alimento, y si lo consiguen, el momento del parto puede ser fatal pues es el instante en el que se tensa el nudo y no les llega el oxígeno, no da tiempo a hacer la cesárea. De esta patología nacen vivos y sin secuelas pocos bebés. Muy pocos. Bien, pues gracias a Dios mi hija es una superviviente. Así la llamaban en la clínica incluso cuando iba a revisión. No se sabe si fue por las dos vueltas, por que sólo pesaba 2,100 kg o porque su ángel de la guarda esa noche hizo horas extras. Yo creo que fue esto último.
Nació a diez bajo cero, en Granada, un sábado a las diez de la noche. Casi para el botellón. Predestinada a ser una luchadora, una niña con suerte y siempre mi niña chica, aunque hoy cumpla nueve años y esté muy grande, siempre será mi niña pequeña, mi racial superviviente.
Felicidades Julia
ARRASTRE DE LATAS
Cuentan que durante la guerra, en la tierra donde me crié, Algeciras, los niños no tuvieron la visita de sus Majestades de Oriente los Reyes Magos, parece ser que tuvo que ver con una niebla espesa y así lo tuvieron que explicar los adultos de la época. No había necesidad de empañar de realidad la fantasía.
Los niños quedaron desconsolados como era lógico, acostarse con la ilusión y al despertar…nada, ni una muñeca de cartón, ni un pequeño coche. Había muchos que no tenían grandes regalos, no había bicicletas o patinetes pero siempre existía un detalle de sus majestades.
Al año siguiente para que no sucediera igual, durante el día previo a la llegada, el cinco de Enero, los niños arrastraron ollas viejas y latas, todo lo que hiciera ruido servía y atado con una cuerda hicieron ristras y dieron vueltas por todas las calles, para que si no veían a la población, los Reyes los oyeran y no los olvidaran. La cacerolada argentina tuvo que tener su origen aquí, estoy segura.
¡Algeciras existe Majestades! Lo de Teruel fue después, mucho más tarde, los pioneros reivindicativos de su lugar de origen fueron esos niños de los años cuarenta.
Se siguió haciendo durante varios años, exactamente no sé cuantos fueron, pero luego con la bonanza de la región y muchos «forasteros», el baby boom, los cambios de forma de vida y el progreso, esta tradición se perdió. Era algo «de pobres» y ya nadie era tan mísero como se era entonces, por suerte. De hecho cuando yo era niña no se arrastraban latas, yo no lo conocía mas que porque mi abuela me lo había contado en alguna ocasión.
Pero hace unos quince años hubo un abuelo que lo recordaba, luego lo hicieron hijo predilecto de la ciudad, pero ese día, esa mañana previa al día de reyes, él sin nadie más que su nieto y su ristra de latas salió a la calle en la mañana del día 5 de Enero a llamar a los Reyes Magos.
La gente mayor salía de los comercios, vi lágrimas en los ojos de los más ancianos y caras de asombro de muchos al recordar que un día ellos arrastraron latas o les contaron esa historia. El año siguiente fue una auténtica avalancha de personas llamando a los Reyes Magos que por supuesto vinieron.
Ya es un día de disfrute local, hay música, eventos, pasacalles, concurso de arrastres más bonitos y conseguidos -hay obras de arte- y desde bebés con sus ristras atadas en los carritos, hasta algunos más mayorcitos, la ciudad entera sale a la calle. El sonido no puedo compararlo con nada, es atronador, constante, hay que tener cuidado de no caerte con las ristras y las familias enteras recorren el centro de la ciudad con los más pequeños porque Algeciras existe, está en el mapa y los Reyes no deben olvidarlo, entre otras cosas porque yo he sido muy muy buena.