AMOR DE VERANO

Recordaba como si fuera ayer ese veintiocho de agosto. Primeros años de los noventa.
Aún hacía calor y notaba como le caía el sudor por debajo de la espalda, de tanto llevar y traer maletas se le había humedecido la cinturilla del pantalón. Llevaba un pantalón cómodo, blanco, muy corto, que había sido su compañero inseparable todo el verano, su madre decía que se le iba a gastar de tanto lavarlo pero ella se sentía preciosa con ellos puestos. La camiseta, veraniega y de tirantes, no mostraba la lazada del bikini porque ya tocaba partir.
La frustración de que se acabaran las vacaciones sólo podía verse superada por la de pensar en comprar libretas, libros y ropa del uniforme. No es que le pareciera horrible volver a clase, es que no quería irse del paraíso de arena húmeda, de puestas de sol, de horas sintiendo el calor en su piel, y sobre todo, no quería separarse de él.
Con la de veces que había leído historias semejantes, con la de canciones que había oído sobre los amores de verano, y ahora se veía ella haciendo las mismas promesas de te escribiré, intentaré llamarte, no me olvides…Ahora partirían cada uno para un lado del mapa  pero resistiéndose a aceptar que no volverían a verse más.
Anoche fantaseaban con mil supuestos en los que encontrarse y poder volver a besarse a escondidas, un millón de historias inverosímiles que en la íntima conversación se vestían de posible realidad. Pese a habérselo prometido una y otra vez antes de salir, mientras se vestía, diciéndose que no había que ponerse triste porque se volverían a ver y no perderían el contacto, cuando estuvieron solos y frente a frente, rompió a llorar. En el fondo se alegró de haberlo hecho porque disfrutó de su manera de consolarla, algo torpe y muy paciente, demostrando una hombría que no le correspondía por edad -eso lo sabía ahora, casi veinte años más tarde-. Después, algunas caricias limpias y dulces, besos eternos de adolescencia y ambos se miraron como si fuera la primera vez para recordarlo siempre.
El reloj no perdonaba, la hora de volver era una losa, aún así arañaron varios minutos esperando la comprensión de los progenitores y asumiendo un posible castigo (“total que más da estar castigados si no estaremos juntos”, terribles sentencias de teeneagers que para eso es la edad propia) y cuando emprendieron el camino de vuelta por el sendero, entre el césped que fue alfombra mágica en sus eternas conversaciones, fueron conscientes de que era la senda de la separación. Entonces se dieron el último beso, arriesgando ser vistos, y se repitieron las mil promesas.
Nunca volvieron a verse, las cartas llegaron, y las tenía aún guardadas, las llamadas fueron pocas, de esas de monedas en cabinas y pitido final. Al final el tiempo y la distancia hicieron su trabajo. No sabía si en los tiempos actuales de internet, whatsapp y móviles, las cosas hubieran sido diferentes pero ella tenía el recuerdo de la maravillosa historia de amor de quince días.

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