DÍAS DE RADIO (II)

Entrar a trabajar y que te llame el jefe no es buena señal. En realidad podría ser una muy buena señal pero los seres humanos tendemos al pesimismo en el lugar de trabajo. Había visto optimistas redomados, seres que vivían en arco iris, reinas de la ilusión, temblar por la llamada de un Jefe.
Tomo airé como si en vez de al despacho se fuera a sumergir en un lago helado, como si fuera veterana de la apnea o buceo libre. Aire para llenar un campo de fútbol cubierto. Giró el picaporte temblando a la vez que una voz, la de siempre, le decía en su cabeza “Que no se note Sara por Dios, que ya eres mayorcita”.
Su jefe era un hombre en el que ella no se había fijado, ni ahora ni nunca, un hombre de negocios, otro más con traje y corbata. Lo cierto es que  tenía que ser muy especial un señor para llamar la atención dentro del uniforme general de la masculinidad de negocios; y no se refería a trajes amarillos o chalecos rojos pasión, era algo en el porte y en la personalidad del usuario de la chaqueta y la corbata que hacía que se saliera de lo común.
Estaba sentado y pese a la invitadora sonrisa para que se sentara lo cierto es que aquello no era una fiesta sorpresa y tampoco parecía que fuera a ofrecerle un aumento de sueldo. Algo había en el ambiente que le hacía temer una mala noticia. Todo eso percibía mientras su íntima amiga cerebral le decía “Nada tienes, nada pierdes, bueno si, pierdes algo que te gusta pero tranquila, vendrán cosas mejores…”
Mientras se sentaba se arrepentía de los vaqueros y las Converse cómodas, rojas, un regalo por su cumpleaños de su mejor amiga que sabía la predilección que tenía por estos zapatos. Estaba sin maquillar y el pelo recogido en una cola de caballo ni siquiera tirante y elegante, si no más bien rápida e informal. La cabeza le iba más rápido que sus movimientos y acertó a musitar un “Dígame”
– De tú Sara, de tú, que no soy tan mayor ni nuestra  profesión es tan solemne.
Sonrió con rictus de asesina en serie, no es que tuviera fea la sonrisa, es que los nervios le estaban destrozando el carma, los pulsos y la normalidad.
– De acuerdo, pues dime, ¿qué ocurre?
– Verás, yo se que tu situación aquí es casi perdiendo tiempo y dinero, te prometo que querría poder hacer más pero es que no hay manera. Lo que ocurre es que me gustaría que colaboraras jueves y viernes, se que son dos noches fuera de casa y lo malo es que no puedo pagarte más. Comprendo que tienes que pensarlo, no tienes que decirme nada ahora. Te lo puedo vender como una oportunidad, lo es, pero entiendo que no te ofrezco un chollo económico.
– Bien, consiguió articular, lo pienso. ¿Hasta cuándo puedo responderte?
– ¿Puede ser mañana? Ya se que te doy poco margen pero si pudieras….te dejo mi móvil y me llamas, no hace falta que vengas. Gracias y siento ser portador de noticias agridulces.
Volvió a sonreír pero esta vez ella ya no le veía, la famosa tormenta de ideas estaba estallando en su cabeza. Se levantó despacio y cerró la puerta tras de si.
Después de la noticia de más horas sin más sueldo y el desbarajuste que le suponían dos noches en Madrid, Sara a penas supo cómo había hecho su trabajo porque se le iba la cabeza en sumas, restas, dudas por resolver, miedos que controlar… Por fin, a las doce y cuarto de la noche ya estaba todo resuelto y vino una de sus compañeras corriendo
– Sara, que el jefe te llama otra vez, ¿te pasa algo? ¿qué has hecho loca?, le decía entre risas.
Resopló y dejó morir su bolso en la silla aunque luego lo pensó mejor y se lo llevó a cuestas, que al menos él supiera que se quería ir, que estaba agotada y que no necesitaba más sorpresas por el momento. Llamó a la puerta que estaba cerrada y le contestaron a su espalda. Dio un salto asusta.
– Perdona mujer, ¿te he asustado? ¿te importa que vayamos aquí al lado a tomar algo y te cuento novedades? Si te parece mal entramos al despacho, yo es que, la verdad, tengo hambre.
En medio de todas las tragedias estaba ella mirando a su jefe diciendo que tenía hambre, era todo tan surrealista.
– ¡No por favor! Vamos, claro.
Mentalmente iba pensando el dinero que tenía en el monedero, esperaba que su jefe pagara pero cositas más raras se habían visto y la verdad es que ya hoy estaba curada de espanto.
Bajaron y mientras salían tapas las cervezas se iban vaciando y su jefe le propuso a bocajarro.
– No quiero que te tomes a mal lo que te voy a decir, y no te sientas ofendida por favor, es lo último que pretendo. Veo madera en ti y comprendo que no te pongo en una situación fácil y eso me preocupa, tanto que lo comenté en casa incluso y mi mujer me ha dado una opción. Sabes que vivo lejos pero nos vendría bien algo de ayuda, una especie de Au Pair nacional. Tengo cinco hijos. Lo que yo te propongo, te proponemos mi mujer y yo, es que vengas los jueves por la mañana, te quedes en casa, vas y vienes conmigo a la emisora y te quedes hasta el lunes por la mañana. De los niños solo te harías cargo sábados y domingos, sobre todo las tareas del colegio y si nosotros salimos. Tendrías tu habitación propia con tu baño. ¿Qué te parece?
Sara lo miraba con los ojos como platos, ya no sabía si era el alcohol el que hacía estragos. Abrió la boca para responder y la cerró de golpe. La volvió a abrir y contestó ….

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