DÍAS DE RADIO (I)

Le habían ofrecido un puesto en la radio, a ver quién era la valiente que decía que no con la que estaba cayendo. Le pagaban poco pero tendría que asumir que era una inversión, como si estuviera haciendo un máster, “Es lo que hay y a esto me tengo que aferrar; puede ser la puerta de algo grande” y entonces es cuando una voz en off, la de su lado negativo, le decía “o una pérdida de tiempo y dinero”.
Iba en autobús a Madrid, eran más horas pero después de hacer muchas cuentas era lo más rentable. Ese tiempo lo ocupaba en documentarse, dormir y hasta tomaba notas. El resto de la semana rezaba para que el autobús fuera vacío, con poca gente o al menos que no le tocara nadie al lado y si era imprescindible la compañía obligada que impone el servicio de transportes público…al menos que no fuera de los que ocupan todo su asiento, se quitan los zapatos o se empeñan en conversar.
No hacía demasiado tiempo tenía amigas con sofás más o menos cómodos pero ya no le quedaba nadie a quien recurrir, las que no habían vuelto a casa se habían ido al extranjero. Que el programa fuera hasta el filo de la media noche, era otra contrariedad de las que no le asustaron. Se buscó un hotelito, nada de lujos pero limpio, la habitación era mínima pero no compartía cuarto de baño. Ese era su límite, limpieza y baño propio, podía asumir el ruido y un mal colchón, entre otras cosas porque no le afectaban ninguna de las dos cosas, pero esas dos circunstancias eran innegociables. El hotel lo llevaba una señora mayor, asturiana, debía llevar cuarenta años mínimo en la capital y aun al llegar le decía “¡Ya llegó la nenina!”, era muy maternal y le contaba a veces cosas de sus hijas y hasta había jugado con el nieto que le dejaban allí cuando la madre tenía turno de tarde. Lo cierto es que podría pasar por una pensión pero no estaba lejos de la emisora y la estrategia financiera se lo permitía, un poco al filo de lo imposible, aunque entre eso y la fiambrera que llevaba para comer…conseguía ajustar. No sabía durante cuánto tiempo pero había aprendido a vivir al día y su plazo máximo de organización era a una semana vista.
Cuando daban las seis de la tarde se iba para la radio, iba íntimamente orgullosa. No todo el mundo lo consigue, en otros momentos quizás, pero ahora quedaban pocos y entre los pocos que quedaban estaba ella así que podía permitirse caminar sin esconderse, al contrario: hombros cuadrados, cabeza al frente y si pudiera hasta bailaría por las aceras. Con todos inconvenientes que tenía el desplazamiento y la ruina económica que era, estaba feliz, muy feliz. Hacía lo que le gustaba más que nada, no tenía mal grupo de compañeros y lo mejor, tenían unas razonables cifras de audiencia. ¿Quién podía decir todo eso? Muy pocos y entre ellos …ella. Abría la puerta de la emisora con sano orgullo, eso era verdad y se contenía para no echar a correr a su lugar de trabajo como un niño que ve a lo lejos una piscina de bolas de colores.
“Sara, el jefe quiere verte”

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