MUJER CON CAMISA BLANCA

La vi nerviosa, le daba vueltas al móvil sin parar, lo miraba sin verlo y a la vez hacía esfuerzos por saber qué estaba sucediendo en la pantalla. Ya no se podía decir pequeña pantalla salvo que quisieras asimilarlo a la televisión, que por cierto tampoco tenía ya tamaño de pequeña pantalla, empezaban a ser lonas de cine de verano con Dolby Surround.
No decía nada, no se movía de su silla, la espalda extremadamente derecha daba señal de la tensión que estaba viviendo por dentro. Los brazos elegantemente pegados al cuerpo y a su vez posados sobre la mesa con la elegancia de una mariposa. De una mariposa con un ataque de nervios. Quizá eso fuera exagerado, era más bien un coleóptero inquieto.
Podía mirarla con tranquilidad porque estaba enfrascada en aquello que la tenía ¿preocupada?. Era guapa, no era muy joven pero no había rozado aún la madurez serena que se da en las féminas a partir de cierta edad o quizás cuando se han vivido ciertas cosas. Rubia gracias a los matices de una peluquera experimentada que le había peinado con cierto desenfado, elegante pero no con soberbia, una corta melena natural y sin imposturas. Tenía los ojos grandes y claros, no los tenía rasgados pero le sentaban muy bien a su cara. Otro tipo de ojos no podrían sentarle mejor. Iba maquillada sin que se notara pero los labios estaban vírgenes de afeites. Me surgió la duda de si salió así de casa o si de los nervios había acabado comiéndose el rouge. Llevaba unos vaqueros y una camisa blanca, algo absolutamente elegante sobre todo teniendo en cuenta como los cuellos se le ajustaban al suyo, estilizado, largo, de cisne sin cursiladas, aunque no acertaba a verlo bien, seguro que llevaba una pequeña cadena de oro con una medallita pequeña que se perdía en el secreto del último botón abrochado.
¿Cuántos años hacía que la conocía? Calculé así a bote pronto, más o menos diez años, uno en el que fuimos sólo amigos, siete de relación y dos desde que nos separamos. No le había sentado nada mal distanciarse de mí. Estaba más delgada, más mujer y aunque se le notaba cierta incomodez en la espera lo cierto es que se adivinaba una mujer segura de sí misma. Ahora mismo me enamoraría de ella otra vez, como la primera vez pero con la serenidad de la edad y la experiencia en el maletero. Pero ya era imposible.
Salí del escondite a plena luz en el que estaba metido, me ajusté los puños de la camisa y sonreí tragando saliva…”¡Patricia, pero que guapa estás!” Ella sonrió con su media sonrisa, la de siempre, y  eso me hizo rejuvenecer muchos años… hasta que ella, encantadora como siempre, me respondió mientras me daba los dos besos de rigor y protocolo: “Hola Pablo, te esperaba, siempre llegas tarde, eres incorregible…. ¿y tu mujer y la niña, no han venido hoy?” 

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