DÍAS DE RADIO (y III)

– Te vuelvo a responder igual que antes, ¿hasta cuándo tengo de plazo?. Te agradezco muchísimo el ofrecimiento pero tengo que pensarlo bien.
– Mañana, si puede ser…ya sabes que tenemos que organizarlo todo. Aquí todo va rápido y ligero. De veras que lo siento.
Se despidieron y a ella le quedó un regusto extraño en el paladar del corazón. No debía sentirse ofendida, era una oportunidad y así debía entenderlo pero le costaba asumir que después de tantos sacrificios, tanto trabajo y no menos horas de estudio, al final iba a ser una niñera. Una institutriz que dicen en las novelas victorianas.
Llegó tarde y se le había olvidado avisar, las circunstancias la habían superado, así que tuvo que llamar y esperar que la dueña llegara. Sabía que estaba viendo la televisión porque mil veces le contaba lo poco que dormía, pero le había hecho levantarse a esas horas y le dio cargo de conciencia. Se deshizo en disculpas y esa maternal señora le ofreció un vaso de leche caliente…”no traes buena cara nenina, ya sabes que si necesitas algo yo estoy aquí, sabré yo lo sola que se puede sentir una en la capital…” Lo iba a rechazar pero al mirarla, de repente se sintió muy sola y desamparada, no tenía razones -se repetía- pero cómo era posible que se le hubiera complicado tanto las cosas…dijo que sí con la cabeza por miedo a que le fallara la voz y se dejó mimar por esa señora casi desconocida. ¿O no lo era tanto?, quizás no había que formalizar una amistad para saber que eras alguien para otro alguien.
Faltó poco para que le arropara en la cama, pero como una amiga y no como empresaria, le propuso que no se diera prisa mañana en dejar la habitación, que no había clientes de primera hora. Eso le hizo reaccionar a duras penas, tenía que tomar decisiones, “mañana si no lo tiene comprometido, preferiría quedarme, ¿cuánto es la tarifa de fin de semana?” “Anda, anda, no digas tonterías, para ti siempre es igual. Yo te apunto ahora, pero tú duerme que falta te hace. Descansa”
La cama puede ser un potro de tortura. Nadie le da ese nombre, se asocia al descanso, al placer, pero cuando los problemas acechan y el insomnio campa a sus anchas no es más que un sitio inhóspito y desagradable. Hacía cuentas mentales que no le salían y se planteaba renunciar a todo y volver con las orejas gachas. Estaba también la posibilidad de buscar otro trabajo pero no estaban los tiempos y tampoco tenía plazo, ya no quedaban ahorros de los que tirar mientras encontraba algo. Se veía entre la espada y la pared. ¿Tendría que aceptar la propuesta de ser niñera?
Cayó rendida por el agotamiento y soñó con una versión mezclada de Mary Poppins y Sonrisas y Lágrimas. Ella se veía rodeada de niños solicitándola mientras hacía cenas y les enseñaba a declinar unos latines que ella ya había olvidado. Se veía leyendo cuentos de princesas a los pies de la cama mientras le solicitaban un vaso de agua, corriendo a los partidos de los fines de semana, jugando con la Xbox, y pidiendo pizza para una noche de película y mantita. Incluso soñó con que tenía que organizar una cena para un número considerable de adultos, cocinarla y servirla, tragando orgullo y bilis y sin olvidar por que lado se sirve y por cuál se retiran los platos.
Se despertó agitada en mitad de la noche cuando en su sueño ella salía volando con un paraguas librándose de aquel despropósito, de aquella magnífica casa en la que nunca había estado pero que soñó con una preciosa escalera a la derecha de un salón elegante, en tonos cálidos y madera. Sentía el vértigo y el viento en la cara, y las lágrimas corriendo por la cara porque le había cogido cariño a esos niños que no conocía pero que habían sido parte de su vida, en lo que duró ese sueño.
Sentada en la cama aprovechó las lágrimas del sueño para dejar correr unas más realistas, no sabía lo que hacer, no tenía a quién acudir. Mañana estaría aún más desconcertada y encima sin dormir. Así no podía seguir. Tendría que tomar decisiones. No, las iba a tomar ahora mismo. Encendió el ordenador y el amanecer le dio mandando mensajes a un ciento de apartamentos de la zona que se alquilaban por días. Tendría que ver algunos, pactar precios, sabía cuánto tenía, sabía que era una oportunidad pero no daría un paso atrás ni para llegar a algo mejor. No tenía nada en contra de las niñeras, al contrario, es un trabajo muy digno y respecto a su jefe y su familia agradecía el gesto pero no había llegado hasta ahí para eso.
Se duchó esperando respuestas, bajó a desayunar y de manera espontánea abrazó a su ángel de la guarda nocturno. Le dio las gracias sinceramente y le explicó lo que le había ocurrido. Sabía que ella tenía un negocio no un albergue de caridad. Se lo dijo con todo el cariño del mundo. “Voy a tener que irme, no sé si a otro lado o de vuelta a casa, pero gracias, no sabe lo bien que me hizo saber que ayer estaba usted aquí”
– La señora esa será muy buena -le respondió- pero tú no puedes irte a esa casa nenina, ¡quién sabe lo que puede pasar ahí y lo sola que te podías ver!, te he visto trabajar mucho y venir hasta enferma cada semana para ahora ir a la cocina de nadie. No. No vayas, te lo digo como una madre, a mí para mi hija no me gustaría.
– No voy a ir, no me da miedo, no creo que sean malas personas, pero no tengo ya la edad, igual antes, mientras estudiaba, cuando las prácticas…¡pero si yo lo que ya tendría que tener son mis hijos propios!
Se levantó sin ganas, ya se había tomado el segundo café y el día se le estaba escapando. Tendría que maquillarse algo porque parecía una politoxicómana después de la noche tan terrible. Se había dado de plazo hasta las seis de la tarde. A esa hora llamaría a su jefe y tendría que tener una decisión tomada.
– Voy a recoger mis habitación un poco y voy a enfrentarme a la vida…por cierto, ¿cómo quiere que la llame?
La señora rompió a reír a carcajadas, sincera, de esas veces que de tanto reír se le movía el pecho tan grande y voluptuoso.
– Marina, me llamo Marina…
– ¡Vaya nombre más bonito!, respondió sincera. Bueno, usted ya sabe que me llamo Sara.
Abrir la ventana y que el sol te de en la cara siempre es mucho más positivo, recogió las cosas y las metió en el bolso, tenía tres correos electrónicos con respuestas y horas de visita. Descargó su curriculum en un pen drive para imprimirlo y llevarlo a distintos sitios, por si acaso. Se miró los zapatos, ¡menos mal que se había traído sus adoradas Converse! La mañana se esperaba intensa.
Bajaba las escaleras cuando doña Marina, ¡qué bien sonaba!, le llamaba a gritos:
– ¡Sara, Sara! Ven por favor. Un momentito.
Se acercó intrigada y por su cabeza pasó la idea de que tuviera clientes olvidados y no le dejara dormir esa noche allí.
– Dígame…¿ocurre algo?
– Sí, he estado hablando con mi hija.
– ¿Le ha pasado algo?
– No, impaciente, déjame hablar. -Sonrió- Como sabes soy viuda y mi hija pequeña se va ahora de Erasmus, me quedo sola y eso le preocupa mucho a mi hija mayor, la que tiene el niño, y me ha dado una idea que no sé si te vendrá bien. Tú responde sincera, ¿te quedas aquí, en la habitación que estás, todos los días? Me explico: Para los gastos de comida me pagas como hasta ahora, 40 euros a la semana, pero estás aquí todo el mes, yo no estoy sola y tú no tienes que renunciar a nada. ¿Qué te parece?
– ¿Qué? ¿¡Pero usted está segura!?
– ¡Pues claro que si!
– Me está usted salvando la vida, yo le prometo que le haré compañía y de limpiar y arreglar mi cuarto se olvida, y le ayudo a cocinar, y lo que usted quiera…¡No sabe la alegría que me está dando! Tengo que llamar a mi jefe, y a los de los pisos…¡y a mi casa!
Le dio otro abrazo, de no haberle dado nunca uno, llevaba dos en la mañana, y no le daba besos porque no era nada besucona que si lo fuera también se los daría.
Con la sonrisa bonachona de doña Marina en la cabeza empezó a dar la buena noticia. Llamó a su jefe enseguida y le prometió ir más tarde a explicarle y a enterarse de cómo sería su nuevo empleo. Tendría que traerse cosas, no es igual que un piso para ella sola pero se ahorraría mucho dinero en viajes y podría invertirlo en algún curso, igual encontraba más trabajos, quizás fuera el momento de ponerse a estudiar más idiomas…
La vida le estaba sonriendo sin duda, la vida no, doña Marina y con ella le había llegado la esperanza y la oportunidad.

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