TÍO FRASCO

Todos los días era la misma parroquia, si había alguna novedad en la imaginaria lista de asistentes y no había aviso previo se generaba una cierta inquietud. Eran pocos, estaban contados y desde que venían cruzando la plaza, Manolo -el del bar- ya sabía lo que tenía que ir preparando. Cuando atravesaban el umbral, ya reposaba la comanda sobre el mostrador “dinoxidable” que decía él.
En la memoria de todos cuando faltó el Tío Frasco, no es que fuera de los más madrugadores pero no faltaba ni un día. El día que a las doce no estaba protestando a voz en grito -estaba un poco sordo- empezó el siseo, el runrún, hasta que Marcelo, su vecino de linde en la finca se acercó a mirar y se encontró aquella imagen tan difícil de borrar. Solo una vez Marcelo vio algo parecido y fue cuando merodeaba un lobo la zona y acabó con todas las gallinas y un par de ovejas de Saturnino. Aquél mal bicho hizo una carnicería, plumas, sangre y tripas por todo el corral. Él también estuvo en la batida para acabar con la bestia, hubo que pedir permiso y todo, que los lobos están protegidos. Hasta pena dio disparar al animal, se quedó quieto y noble, sabiendo que iba a morir, ¡qué guapo era el canalla!
Pues ese miércoles de marzo,  con la primavera aún agazapada y los últimos fríos del invierno es las cumbres cercanas, cuando faltaban días para irse una semana del pueblo porque bautizaban al primer nieto, Marcelo no lo olvidaría jamás, ya iba de vuelta para la casa y decidió ir a mirar qué le pasaba al vecino, llamó a voces al Tío Frasco, lo buscó por los alrededores de la casa y finalmente entró por la puerta del patio.
En la cocina la mujer del Tío Frasco, de lado, tumbada en el suelo, echada sobre su brazo, los ojos cerrados y cierta placidez en la cara, parecía dormida si no fuera por el agujero que tenía en el mandil, le habían disparado en la tripa. Metros más allá la escopeta de caza, la misma con la que hace lo menos veinte años se acabó con tres “jabalises” y debajo del mentón sin afeitar de su vecino, -no sabía por qué siempre recordaba que estaba la incipiente barba cerrada y dura enmarcando su mandíbula, y eso que apenas se distinguía-, la sombra del disparo.
No había ningún papel, no había ninguna nota que explicara que había sucedido pero Marcelo sabía que no habían sido ni forasteros ni un crimen ejecutado por alguno del pueblo. No había explicación por escrito porque el Tío Frasco no sabía leer ni escribir, aunque si sabía las cuatro reglas para entender los dineros de la trata del ganado, pero él si que conocía lo que había pasado y así se lo hizo saber a la guardia civil.
“La mujer del Tío Frasco, la Tía Azucena, estaba perdiendo la cabeza, una enfermedad de esas de nombre raro, por la edad, dijo el médico de la capital y a él le estaba costando aceptarlo, no pudieron tener hijos y se veían desamparados aunque el pueblo le dijo que ayudaba en lo que fuera menester, pero ya sabe como son estas cosas, no era mal hombre, y la quería tanto…”

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