NUEVO DÍA

Por fin amanecía e iba llegando la luz a la calle. Antes, en tiempos mejores, las farolas estaban más tiempo encendidas, ahora el señor alcalde las prendía más tarde y de manera discontinua: una farola si, una farola no. Al principio no es algo que llame la atención, casi no te das cuenta, pero los vecinos de algunos portales empezaron a tener dificultades para introducir la llave en la cerradura, y tras una de esas reuniones de la comunidad que son una mezcla de consejo de ministros y patio carcelario, se decidió que la luz del portal estaría encendida. Un gasto más.
También antes había más luz en las ventanas, en esa calle nueva había más inquilinos no hace mucho tiempo, cuando el esplendor de la luminiscencia callejera, ahora algunos se había tenido que marchar por no poder seguir pagando el alquiler, otros fueron invitados a irse por no pagar las cuotas de la hipoteca e incluso, en eso se fijó el otro día, había vecinos que veían la tele a oscuras. Cuando eso pasa parece que han llegado unos extraterrestres verdes fluorescentes al salón. No ocurría antes. Estaba seguro que decían que así la imagen era más nítida, quizás comentaran que el sonido era más envolvente, pero la realidad es otra porque antes no disfrutaban de sus programas favoritos así.
También había cesado el runrún que acompañaba día y noche según la climatología. No eran pisos con calefacción, tenían esos monstruosos aparatos que suenan sin descanso en las azoteas cuando se ponen en marcha el aire acondicionado o la bomba de calor. Suponía, que ahora habría más abanicos y más mantitas, si se puede aguantar un poco…¿para qué hacer el gasto? No están los tiempos. Pero lo echaba de menos, en el silencio de la noche o de la siesta, era un sonido continuo que le hacía asimilarlo al chocar de las olas, le relajaba y le hacía dormir mejor. No es que hubiera ido mucho a la playa, pero recordaba una vez que se tumbó en la arena, era invierno y una mañana de sol, la humedad de la noche aún estaba en su rubia textura y con los ojos cerrados, con el silencio alrededor, entendió lo que significaba esa paz y relajación, esas bondades de las que tanto había oído hablar sobre el sonido del mar.
Pero ya era de día, la persiana de la cafetería ya la estaban subiendo, de un momento a otro le llegaría un irresistible olor a café, a pan recién tostado y el sonido del ajetreo de platos y tazas. Empezaría el bullicio de niños a la escuela, compras en el supermercado, abuelas canguros…La mañana rutinaria del barrio.
No podía retrasarlo más, ya era hora de levantarse. Apartó el gran cartón de un frigorífico, dobló las dos mantas que le habían regalado y guardó el saco de dormir, se lo dejó allí un alma caritativa la noche de Reyes, en su funda. Amontonó sus posesiones y se desperezó. Comenzaba un nuevo día.

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