DESDE NUNCA JAMÁS

No transcendió a los libros porque sucedió mucho antes, antes incluso de que Wendy le cosiera la sombra a Peter Pan, antes de que salieran los tres hermanos de la familia Darling volando en camisón por la ventana al País de Nunca Jamás, pensando cosas encantadoras y espolvoreados de polvo de hadas.
Hubo un tiempo en el que entre los Niños Perdidos había una niña. No suelen hablar de ella pero no es porque no fuera su amiga o no la quisieran, es que se les ha olvidado, en su eterno infantil recuerdo no hay nada que les ate a ella.
Era una niña pequeña, de enmarañado pelo rubio, largo y lleno de rizos que los sujetaba en una cola con una pequeña liana arrancada del Árbol del Ahorcado, que es donde vivía con los demás Niños Perdidos. Era chata y tenía pecas y siempre estaba llena de churretes, como era la más pequeña la elegían para entrar en los agujeros y colarse en las rendijas. La llamaban Topilla y por ese nombre contestaba porque tampoco recordaba haber tenido otro.
Una tarde en la que sus amigos estaban en La laguna de las Sirenas y a ella no le apetecía mojarse, agarró a Campanilla, la agitó sobre su enredado pelo y salió a volar dejando atrás Nunca Jamás; para volver tendría que tomar ese mismo camino y girar en segunda estrella a la derecha. No solían volar antes de la noche y sabía que Peter se enfadaría pero ¡qué no la hubieran dejado sola!
Desde su altura, planeando como un ave, descubrió un lugar que le llamó la atención, un lugar rojizo, grande y principesco. Jamás había visto algo más bello. Tan grandioso. Era un palacio, de eso estaba segura, y había un río pequeño con barquitas como las que usaba Smith cuando le echaba del barco el capitán Garfio, y lo del centro “¿qué era eso?” “Ay, no debía…pero era tan bonito…” Chorros de agua que hacían nacer efímeros arco iris, se preguntaba que tipo de magia sería aquella.
Aterrizó con cuidado de que nadie la viera y andrajosa y sucia se acercó al despliegue de agua en altura. Oyó decir que era una fuente, -fueeeeente se repitió en la cabeza, alargando las letras para no olvidar el nombre de esa maravilla acuática- y pese a las nubes estuvo tentada de meterse dentro, pero entonces descubrió un puente que cruzó una y otra vez de la fuente al Palacio, del Palacio a la fuente. Tenía colores. La piedra roja era caliente, un poco rugosa y estaba adornado con brillantes trozos de algo que no conocía, algo blanco pintado de color azul intenso, verde refulgente, amarillo, ocre….Debajo del palacio había sillones hechos con esas maravillosas y suaves piedras. Representaban imágenes y había letras, sabía que eran letras porque un día se lo dijo Peter pero ella…no sabía leer.
Corría de un lado a otro, descalza, riendo, con los brazos en alto, abrumada por la belleza y la luz a raudales en los colores. Entró al Palacio y subió y bajó escaleras sin descanso, lo recorrió entero. Algunas personas la miraban y sonreían porque su sonrisa y su ilusión resultaba contagiosa.
Empezó a caer la tarde y tumbada en la piedra aún caliente vio los rojos y los rosas de un atardecer principesco. Entonces tomó una decisión. Jamás saldría de allí, se quedaría para siempre en ese lugar donde los colores y la luz le hacían sentir cosquillas en el estómago. Dejaría atrás a sus amigos, tendría que crecer pero merecía la pena.
Y cuentan, que esa niña se quedó de Princesa de ese Palacio y que nunca salió de la Plaza de España y dicen que Sevilla la adoptó y la llamaron Esperanza.

Fotos: @__Fransilva__

 

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