GURÚS

Hay dos maneras de enfrentarse a la vida y por ende al amor: decir que tienes hambre y que todo el mundo sepa que te vas a comer el mundo a mordiscos o sentarte a que te sirvan la comida después de haber ido a un buen restaurante.
A los primeros, hombres y mujeres, se les dice que son sagaces, astutos, intrépidos y aunque tientan a la suerte muchas más veces y descubren su juego en el primer movimiento, también es cierto que aumenta su riesgo y por extensión la posibilidad de acabar con el corazón destrozado.
Los segundos, también hombres y mujeres, suelen ser personas más comedidas socialmente, puede que más elegantes, respetuosos, reposados, su caminar es más lento, más pausado y no corren riesgos innecesarios, tienen un punto de cobardía, prefieren estudiar la carta de platos antes de acceder al menú degustación en el que irremediablemente y por una terrible casualidad, el plato que menos te gusta es el último que comes y que deja un peor regusto en la boca con lo que afrentas los postres con una avidez que en ocasiones sienta mal.
Entre estos dos grupos viven y conviven los libros de autoayuda sentimental, unos los leen, los primeros, justo al acabar una relación, para reafirmarse asi mismos y los otros con auténtica fruicción como si fueran sus biblias de cabecera. Y no es broma, para algunos son leitmotiv en sus vidas.
Estos gurús del sentimiento que escriben libros muchas veces sin ningún tipo de especialidad médica son como radiaciones al alma. No hace mucho que llegué a la conclusión que su consumo y seguimiento por estas personas es como la del paciente de cáncer que en plena quimioterapia, agobiado por los distintos efectos secundarios del tratamiento curativo deciden adentrarse en el mundo homeopático dejando atrás la medicina convencional, estos enfermos al principio sienten una notable mejoría pues desaparecen vómitos, mareos, pérdida del cabello…pero no es más que un espejismo y cuando por fin se convencen del error vuelven a la planta de oncología cuando ya no hay remedio.
Igual que hay un proceso cicatrizante de una herdida, una convalecencia de una operación quirúrgica o una rehabilitación física, las heridas, dolores y sufrimientos del alma, del corazón, requieren un tiempo para curarse y cualquier otro atajo solo lleva a engaño, a más sufrimiento o a tener que volver a pasar por quirófano.
A nadie le gusta sufrir, pero la condición humana nos hace débiles y proclives a él, la confianza, la esperanza y una sonrisa hacen muchísimo más por las personas que un millón de palabras convertidas en best seller.

SUEÑOS OSCUROS

Abrir los ojos de par en par, y descubir que la oscuridad negra me rodea.
No quiero dormir, no quiero dormir, me lo repito algunas noches en las que sé que cuando cierre los ojos volverán las pesadillas, no quiero dormir, el miedo puede más que yo y cuando quiero descansar vuelven esas imágenes, ese sentimiento de angustia, como si me aplastaran fuerte el pecho, como si una mano oculta, negra e invisible presionara fuerte y me dejara sin respiración, no me dejo vencer, prefiero tener los ojos abiertos, pasear de un lado a otro, volver a la cama y llenarme la cabeza de tonterías, pensamientos vacíos, de rutina doméstica, cualquier cosa antes de que los parpados, pesados, llenos de sueño, caigan y vuelvan esos sueños oscuros. Pocas cosas me dan miedo, muy pocas, y antes no me importaban, pero ahora sé lo que es el pánico solamente por un sueño.
No quiero dormir, no quiero dormir, busco el consuelo rezando desgastadas oraciones que aprendí de niña pero la suave letanía me induce al sueño, y no quiero, no debo, las manos llenas de frío sudor me las paso por los ojos para despejarme, están heladas, sé lo que suele suceder en estos casos, me duermo y entonces como si fuera una película de antaño, de las que tenían descanso, se retoma mi mal sueño, mi pesadilla y despierto aún más asustada, más desconcertada y con el corazón en la boca.
No quiero dormir, no quiero dormir, me adapto al abrigo de la noche y veo pasar los minutos en el reloj, demasiado lentos para que llegue el amanecer del nuevo día. Y finalmente, arropada por la oscuridad y el tictac cardiaco del reloj, me siento relajada, acompañada como si de un vientre materno se tratara, y me duermo tranquila…

LA PRINCESA CELESTITA

Este cuento se lo escribí a mi hija mayor cuando era pequeña, a ella le encantaba y se lo he contado miles de veces:

Érase que se era un reino muy lejano donde vivía un rey viudo con su única hija. La salud de este rey ya no era la que fue y nuevas preocupaciones acudían a su real cabeza, y ahora la gran preocupación de este rey era la boda de su hija, la princesa Celestita.
La princesa Celestita sin embargo, no tenía ningún interés en casarse y a penas si podía comprender el insistente afán de su padre, pero el respeto que por él sentía y sobretodo el profundo amor que le tenía, le hacían acudir a todas esas enormes fiestas llenas de comida, de gente y de lindos trajes que su padre organizaba una y otra vez con el único propósito de que Celestita encontrara a su príncipe azul.
Fueron apareciendo por estas fiestas uno tras otro todos los príncipes solteros cercanos al Reino, y como éstos no conseguían enamorar a Celestita, empezaron a llegar de lejanos sitios.
El rey empezaba a inquietarse y Celestita sin embargo llena de dulzura miraba a su padre y le sonreía una y otra vez “no papá, no me gusta este príncipe, no me casaré con él”.
Sucedió un día que la princesa Celestita se aventuró a ir al pueblo y salió del castillo para ir al zapatero, pues tenía una linda idea para su próximo par de zapatos y quería lucirlos en la siguiente fiesta. A pesar de todo, Celestita era una princesita muy presumida.
Celestita llegó a casa del zapatero y llamó a la puerta, le abrió un joven tan bello como jamás había visto la princesa. Repuesta de la sorpresa, Celestita entró en la casa y explicó al joven, hijo del viejo zapatero del que había heredado el oficio y el negocio, como quería su nuevo par de zapatos.
El joven se entusiasmó con la idea y aportó algunas suyas, estaba lleno de vitalidad, de alegría y sus ojos brillaban al hablar.
La princesa regresó al castillo con la promesa de volver personalmente por los zapatos, y así lo hizo, los días fueron eternos esperando el momento de recoger los zapatos, pero por fin la princesa Celestita fue a casa del joven zapatero.
Allí la princesa se dio cuenta que lo amaba y el joven zapatero lleno de osadía le juró su eterno amor.
La princesa esperó al final del baile y llena de dulzura miró a su padre y le dijo “no papá, no me gusta este príncipe, no me casaré con él”, el rey suspiró, y miró a Celestita que continuaba hablando “pero estoy enamorada padre”, el rey sintió que la felicidad le embargaba, ¿Quién es el joven preguntó?¿ de qué Reino…? ¿muy lejano? ¿era rey o príncipe?, Celestita sonrió y le dijo, “el joven al que amo es el zapatero, y él también me ama”.
El rey montó en cólera, se puso rojo como un tomate, y le dijo furibundo “si a él amas con él te irás, pero vivirás de su trabajo y a ver como eres capaz de sobrevivir”
Celestita así lo hizo, y se casó con el humilde zapatero, estaba triste por el enfado de su padre pero feliz con el hombre que amaba, pero era cierto, en aquella época los zapateros tenían muy poco dinero y vivían sin lujos ni comodidades.
El rey, que a pesar de todo quería mucho a su hija, fue a verla y le propuso que fueran los dos al castillo a vivir pero Celestita le miró y le dijo “papá eso sería la mayor felicidad, pero he convivido con estas personas que trabajan tanto, de sol a sol, y sin embargo pasan penalidades y he aprendido de ellos, y ahora sé que esto no es justo”
El rey quedó conmovido con las palabras de su hija que demostraban tan gran verdad y decretó en su reino salarios justos, jornadas de trabajo saludables y días de fiesta para todos los trabajadores.
La princesa Celestita volvió a palacio con su marido que siguió siendo zapatero, y el ejemplo del reino de esta princesa cundió por más y más reinos, llenando el mundo de justicia y a la princesa Celestita de felicidad.

TORMENTAS SENTIMENTALES

En esta primavera el visillo del salón engorda como una gestante de mellizos al final de su embarazo y vuelve a quedarse delgada y firme como una elegante gimnasta de las que hacen volar las mazas y las recogen con los pies.

Es un movimiento suave, una brisa, no tiene ni categoría de viento…es aleatrorio, no tiene la cadencia de las olas al llegar a la arena. Alguien diría que es una brisa anárquica, que no se ajusta a ningún tipo de corsé victoriano.

Recuerdo otros vientos, esos que se oían en el patio interior de mi casa, en invierno, como si un grupo operístico de fantasmas intentara atravesar las ventanas, un sonido atronador y de película de miedo que sólo se consigue en esos patios, a pie del Estrecho. Nunca me asustaron, supongo que cuando creces escuchándolo acabas incorporando a tu normalidad que los fantasmas se pasean las tardes de invierno…sin plantearte dónde pasan el verano.

A veces iba acompañado de una lluvia fuerte que golpeaba los cristales y en ocasiones había tanto viento que las gotas no llegaban todas al suelo. Volaban paraguas.

Eran esos días en los que la merienda tenía sabor a cena porque la osuridad cerraba la tarde y se encendía la luz desde el medio día. En mi casa, la lámpara del cuarto de estar se encendía cuando mi abuelo se despertaba de la siesta en su mecedora, y a veces, si no había nadie cerca, no se levantaba y lo encontabas despierto en la penumbra y siempre la misma pregunta: ¿En qué piensas Belo? y siempre la misma respuesta: Profundamente en nada.

Yo me iba a mi cuarto, me sentaba en mi cama, con el uniforme doblado para el día siguiente si había colegio, o con algún libro a medio leer si era fin de semana, y pensaba cosas enormemente trágicas, historias lacrimógenas llenas de fantasías incumplibles y futuros diferentes y distintos para mi y los que estaban a mi alrededor….y ahora, mirando mi visillo reprimo a duras penas las lágrimas por los que no están, esa casa, mis recuerdos … y la brisa me parece la caricia de mi Belo justo antes de levantarse de la mecedora, para irse a Misa.

APLAUSOS AL ALMA

Desde el espejo su reflejo la saludó, usó una gran cinta para apartar el pelo, algo descolorida y hasta un poco deshilachada y comenzó a maquillarse con parsimonia, sentada y con aquel magnífico surtido de pinceles cual Van Gogh, y con todos aquellos botecitos como acuarleas del rostro, se sentía casi como un hombre del Renacimiento modificando la blancura de su piel como si de un vigen lienzo se tratara.
Era su momento preferido para pensar, para repasar sus cosas, para soñar con los ojos abiertos, su pasatiempo favorito, usar la imaginación para evocar situaciones, vivencias, circunstancias imposibles o incluso posibles en las que era la principal protagonista, aunque fuera bailando un vals con la muerte.
La muerte, el abismo, la nada…la oscuridad eterna, el final.
¿Vende más la tragedia? ¿Viste más la melancolía? ¿Atrae más un drama? ¿Interesa más la desdicha? ¿Prefieren el dolor?, mientrás intentaba contestarse a tantas preguntas sonrió, conocía las respuestas, el género humano no soporta la felicidad ajena, en el manual de las buenas personas está escrito con letras grandes, “alegraté por lo bueno que le ocurra a los demás” pero no era así, no se soporta el éxito ajeno, la felicidad del de enfrente, aunque sea en las pequeñas cosas y ella…era feliz.
Ya sabía que nunca sería un personaje en boga, no sería portadas de las revistas, no notaría más que miradas de envidia, comentarios de bisturí y falsas sonrisas.
Tenía que reconcer que le fue bien en la vida, nada fue gratis, pero tuvo suerte, la que se necesita para estar en el momento justo, en el lugar adecuado, sí, ella servía, no se iba a cubrir falsa modestia, pero…¡cuánta gente es válida y no lo consigue!
Llamaron a la puerta: ¡Señorita, cinco minutos y a escena!
Tomó aire, y lo soltó despacio, se quitó la cinta del pelo y se colocó la melena.
Un vistazo global en el espejo, perfectamente caracterizada se metió en su papel.
Las tablas del teatro le esperaban y los aplausos que le alimentaban el alma los esperaba al final.