A PIE DE CALLE, A RAS DE SUELO

A fin de cuentas Cenicienta vivió una vida prestada y le salió bien. Durante unas horas la humilde y desgraciada chica de buena familia pudo vivir lo que quizás le correspondía por derecho, pero no por condición. Fue feliz, materializó un sueño y le salió bien, el amor literario y verdadero pudo con las vicisitudes mundanas y con el estrato social. Triunfó el amor y la clase obrera.
Lo malo de subirse a una nube es que la altura da otra perspectiva, y desde arriba la imagen cambia como en las láminas que nunca logré entender, y menos aprobar con soltura, de dibujo técnico. Cuando cambia la vista del plano, y la nube se vuelve niebla a pie de calle, descubres que los coches son mas grandes, las luces de las farolas están por encima de la cabeza y que la suciedad se acomoda en arcenes y aceras.
El baño de realidad desconcierta, pese a que ese ha sido tu traje durante toda la vida, al volverlo a usar notas como se adapta a tu cuerpo y las arrugas de uso concuerdan con tus articulaciones pero te cuesta adaptarte. Es como al volver a usar unos zapatos con el cambio de temporada.
Yo no puedo decir si es bueno o malo, pero es cierto que cuando algo o alguien te devuelve a tu lugar entre el barro cotidiano, se siente un vértigo a la inversa, una caída de montaña rusa que además te pilló con los brazos en alto. Se mezcla en la coctelera dos partes de vergüenza, una de desilusión y se completa con alguna que otra lágrima de esas que ruedan hasta la barbilla. Se agita y se sirve en copa de balón, para colmo, con hielo picado.
No es ni justo ni injusto. Es encajar otra vez las piezas del puzzle cósmico que se reubican en la galaxia al igual que lo hacen tras el paso de un cometa de cola refulgente o tras un eclipse lunar. Las cosas vuelven a su sitio, donde siempre estuvieron, quizás merecían un sitio mejor, una oportunidad, voz en el coro de los elegidos pero…con los pies en el suelo solo queda sonreír por la osadía y disfrutar del recuerdo ingrávido de la nube, mientras el día a día sigue siendo una gran manera de continuar porque también es cierto que Cenicienta jugaba con ventaja.


PISANDO FUERTE

Cruzó con paso firme la calle de punta a punta, se sabía observada, y si en su interior había algún tipo de temblor, no se notó en su caminar.
Podía sentir los ojos clavados en ella y como se movían imperceptiblemente los visillos de las cortinas de las ventanas donde se agazapaban las miradas condenatorias. Gente de boca muy grande y sonrisa muy falsa.
Había quien con absoluto descaro se apoyaba en el alféizar y le seguía con la mirada conforme avanzaba calle alante.
Por un momento pensó que si avanzara más despacio finalmente oiría como se desplomaban la mitad de los mirones y la otra mitad resoplaba en un nivel de decibelios más alto de lo normal. Se sentían en el ambiente las respiraciones contenidas.
Las escoban paraban su runrun y cualquier tarea quedaba suspendida en el aire como el humo de los cigarrillos que se consumían sin ser saboreados.
Quizás hubiera sido más sensato huir, se recriminó, no sabía cuanto tiempo iba a poder aguantar el ser el centro de antención de lenguas viperinas y miradas maliciosas, pero tampoco tenía conciencia de haber hecho nada malo, y no es que su voz interior fuera muy rígida, pero por más que buscaba el porqué de la situación no conseguía entender cómo había llegado a toda esa vorágine de dimes y diretes.
¿A quién quería engañar?, se preguntó, ese paseo por entre los muros que blindaban el pavimiento sólo la hacía crecerse, pues siempre fue una mujer que se rebeló contra la injusticia y se superaba en la adversidad. Seguramente cada uno de los que estaban allí escondidos, serían incapaces de seguir adelante tanto como lo estaba haciendo ella.
Nada más pasar, torcer la esquina, sabía que comenzaría el incesante cacareo en el que le culparían hasta de lo que no había llegado a plantearse hacer.
Pero mientras tanto, segura, firme, con un andar glamuroso y educado, seguía su camino sabiéndose diana de odios, bajos instintos y envidias. Estaba sola, si, pero con la seguridad que da la razón y el valor que da no tener remordimientos.

TORRIJAS

– ¿Me da una bolsa de pan?, una voz muy suave, de una niña pequeña que apenas llegaba al mostrador de acero inoxidable de la rancia panadería, preguntó cantarina. Panadería de alicatado blanco, con diferentes carteles de Hermandades, Triduos, y festivales de Bandas, colgados con grandes precintos, una panadería con solera, la del pueblo, la de siempre.

– ¿Una bolsa de pan bonita? , le respondió un panadero afable, Don Tomás, ¿tú no eres la nieta de doña Carmen?

– Sí señor, me manda mi abuela, me ha dicho que usted hoy ya tenía el pan para las torrijas

– Claro que si princesa, pero dile a la abuela que el pan es de hoy, que todavía no está asentado, todavía está demasiado blandito. ¿lo entiendes?

– El pan está todavía blandito, respondió obediente, es para el fin de semana, explicó, mi abuela dice que este año ya puedo ayudarle.

– ¿Este año ya haces tú las torrijas? ¿Pero…vas a freírlas tú?

– Noooooooooooooooo, contestó riéndose, pero puedo meterlas en la leche, y luego echarles el azúcar o la miel. A mí de miel no me gustan, explica graciosa.

Sale de la tienda la pequeña niña, entre los carros de compra de las distintas vecinas que se acercan despacio, al ritual diario del pan.

Al doblar la esquina empieza a correr, contenta, orgullosa, en una mano la bolsa con el pan y en la otra mano, muy apretado el dinero de la vuelta que le tiene que dar a su abuela, casi se va clavando alguna de las monedas pero lo aferra con fuerza y no deja de correr. Cuando llega a la puerta de casa de su abuela el corazón le late rápido, el sudor perla su frente y sonríe.

– ¡Abuela, abuela! Que ya estoy aquí, que ya tengo el pan, que dice don Tomás que todavía está blandito, he sido la primera abuela, estaban llegando todas las demás, pero yo he sido la primera en traer el pan.

La abuela sonríe, y abraza a su nieta que trae la mano estirada, sin abrir del todo, con el dinero de vuelta.

– Mi niña, van a ser las mejores torrijas del pueblo, ya verás como si, tendremos que llevarle torrijas a las vecinas, y al señor Cura

– ¿Y a don Tomás? Es que me ha dicho que soy muy pequeña y yo quiero que vea que soy capaz abuela.

– Bueno, a este paso o llevamos muy poquitas o no las probamos nosotras.

– Abuela, ¿podemos dejarlo todo preparado en la esquina de la cocina? ¿Puedo juntar el pan, con el azúcar, la canela…? Mientras enumeraba los ingredientes iba ocupando parte de la encimera de la limpia cocina de su abuela.

– Claro que si reina, además coge el lebrillo grande, el amarillo…ese…

A duras penas la niña tenía fuerza para moverlo por la cocina y tuvo que ponerse de puntillas para poder dejarlo al lado del pan.

– Ponlo también allí… y el perol pequeñito, y la espumadera grande… ya lo tenemos todo listo. El sábado acuérdate de venir temprano, verás como las hacemos rápido y si te portas bien te dejo que te comas una calentita, que son como más me gustan a mí.

– ¿También se comen calientes?

– No deberíamos….pero templaditas puede que si…luego, por la tarde iremos a Misa, ya sabes que ya está aquí la Semana Santa cariño, y le llevaremos unas poquitas al señor Cura.

– ¿Qué hacemos ahora abuela?

– Vamos a plancharte las ropas, ¿te ha comprado mami ya el capirote? Tienes que saber que este traje de nazarena que vas a llevar lo llevó también tu madre, que aún algunas gotas de cera no se fueron y que ella lo llevaba muy orgullosa. La medalla que quiero que lleves es la mía tesoro.

– Sí abuela, iré todo el recorrido calladita, como me has dicho, rezando y orgullosa de llevar lo que fue de mi mamá. Pero ella sale de mantilla… ¿alguien estará conmigo?

– Cariño, no hace falta, vas con la Hermandad, los conoces a casi todos, muchos de tus amigos irán en la fila contigo. Ya eres mayor. Ahora corre a tu casa que tu madre estará preocupada.

La niña le dio un achuchón a su abuela a duras penas le llegaba al lazo del delantal y salió otra vez corriendo, saltando los escalones de la entrada de la casa.

Llegó a su casa sin parar de contar los días que quedaban para el sábado, tampoco era tanto tiempo, pero cuando se es tan pequeña el tiempo es eterno, largo, frondoso. No son dos días, son dos eternidades.

– Mamá, la abuela ha puesto ya encima de la cama chica mi ropa, bueno, la tuya, de nazarena, ya tengo al laíto la medalla de la abuela y he puesto en una esquinita de la encimera de la cocina todo lo que me hace falta para las torrijas.

Su madre sonreía, se estaba viendo a sí misma, el primer día que se preparó para salir.

– No sé como tu abuela tiene ganas de todos estos trotes que tú le das. Anda, déjame pasar que llevo la mantilla para que se oree.

La niña miró con ojos brillantes esa mantilla negra, larga, que su madre llevaba con mimo.

– ¿Y cuándo me puedo vestir yo mami?

– ¿De mantilla?

– Es que me gusta, es muy bonita y tú te pones muy guapa.

– Cariño, las tradiciones dicen que hasta que no seas mayor, por lo menos dieciocho años no deberías de vestirte. Salir de nazarena es muy importante, y tienes que comportarte.

– Que siiiiiii…

Los días pasaron, sólo eran dos, no había nadie en el pueblo que no supiera que ella iba a hacer torrijas.

Amaneció el sábado, un día soleado, algo frío, la niña se levantó de un salto, y pegó un grito

– Mamá ¿ya es sábado? …¿mamá?

La niña se puso las zapatillas casi por el pasillo, le extrañó que su madre no le contestara, no era tan temprano, había salido ya el sol, y su madre nunca se quedaba dormida hasta tan tarde. Fue corriendo hasta la cocina. En la cocina estaba su padre, serio, delante de un café.

– Papi… ¿dónde está mamá?

Su padre le miró, era un hombre de pocas palabras pero muy cariñoso, abrió los brazos invitándole al abrazo.

La niña lentamente, asustada, con cara de extrañeza se acercó a su padre.

-¿Qué pasa papi?

– Tú eres una niña mayor

– Claro papi, voy a hacer torrijas

Su padre suspiró, tomó aire.

– Cariño, mamá está con la abuela.

– ¿Se han ido sin mi?

– Cariño, la abuela se ha puesto malita…

La niña se quedó muda, blanca, con la boca abierta

– No pasa nada papá, las hacemos otro día…

– Cariño la abuela se ha ido con el Niño Jesús.

– No papá, no, no sé hacer torrijas…papá, quiero ir con mamá, papá…la abuela no se ha ido…

La niña comenzó a llorar, con mucha pena, sin hacer apenas ruido, destrozando aún más a su padre.

Llegó la Semana Santa y la niña no aprendió a hacer torrijas, y ese año, Nuestra Señora llevó un lazo negro en el varal de las bambalinas. Pero la niña salió son su Cofradía, agarrada a la medalla de su abuela.

CAIRELES AZABACHES

Tumbado en la cama de un hotel que a duras penas recuerdo dónde es.

Las persianas bajas, las cortinas echadas, la comida ya lejos pese a ser temprano, y los ojos entrecerrados. No se escucha prácticamente nada, hace unos minutos se oyeron pasos, tacones de una mujer avanzando por el pasillo, una puerta que se abre, una risa ahogada, una sonrisa que me sale espontánea pensando qué tipo de postre se estarán tomando algunos. Envidia sana.
Va llegando la hora, dentro de poco sonarán los tres golpes en la puerta, siempre los tres golpes, ni dos ni cuatro, si fueran un número diferente sabría que no es la persona que espero y ni me molestaría en levantarme, no iría a ver quién es. No es por presunción ni por mala educación, es que ahora no es el momento.
Qué importante la monotonía, el ritual, siempre igual, siempre lo mismo, indiferente el lugar, pero paso a paso se va repitiendo, tarde a tarde…
Empiezo a recorrer mentalmente mi cuerpo, noto los tobillos fuertes, los gemelos tensos, casi listos, la espalda no duele y los brazos están ahora relajados, luego dejarán de estarlo. La mente limpia, abierta, preparada, concentrada.
Comienza a funcionar el aire acondicionado, está puesto a la temperatura justa y ahora, que me estaba quedando más frío, el rumor del motor me avisa que volveré a estar a la temperatura ideal.
El pensamiento vuela a ti, pero lo dejo de lado, tengo que estar concentrado, no puedo distraerme, no puedo dejarme llevar por las pasiones o el corazón en este instante, luego sí, luego habrá lo que tenga que haber. Después de la cena, cenaremos juntos.
Miro el reloj que tengo a la derecha, sus números fluorescentes me avisan, ya no falta nada, ahora sí, ahí están, los tres golpes.
Una mirada de hombre a hombre, a los ojos…”Maestro…”
Vamos allá, estamos frente a frente y comienza la doctrina, el rito, comienzo a vestirme. La coleta, las medias, la taleguilla… Hoy toca azul y negro azabache, el traje que más me gusta. La chaquetilla aun colgada de la silla.
Una mirada a mi Capilla, luego tendré unos minutos para rezar, para pedir una buena tarde, una buena faena y volver bien, todos bien. Pero ya está montada, en la mesa que veo de frente, con todas y cada una de las estampas, medallas y fotos que tienen que estar, no me puede faltar ninguna ni puedo faltarle yo a Ninguna.
Ya va entrando más gente, ya va llegando la cuadrilla, todos vestidos y preparados, capotes en mano para salir por la puerta del hotel. Los estoques están listos.
Dejarme solo”
Me reúno con mi capilla, un recuerdo también a mi madre, que desde ahí arriba me tiene que estar mirando. Toco cada una de las imágenes y en mi tacto un ruega por nosotros.
Ya salgo, el ascensor y su luz refleja el brillo de mis caireles, me miro al espejo, el corbatín, negro está bien, el prendedor de la Virgen del Rocío, siempre Ella, cada vez tiene menos brillo. Me lo regaló mi madre, al principio, cuando tan poca fe tenían en mí la mayoría. Casi que no tenía convicción en mí yo mismo, sólo ganas, muchas…todas las ganas de un crío que quiere ser torero, que pasa las tardes moviendo el capote en un remedo de toreo de salón.
Hay gente en la puerta, suele haberla, da igual la ciudad donde esté, hay algunos hombres que luego se acercarán si la tarde ha sido buena también hay algunas mujeres muy guapas todas, la mayoría van ahora para la plaza, paso, las miro, sonrío y entro en la furgoneta, esa especie de segunda casa donde tantos viajes doy.
Ya vamos camino de la plaza, justo después de oír como se cierra la puerta corredera, no hay mucha distancia, ya estamos llegando, paramos justamente al lado de la puerta de entrada. Es una plaza de primera, bonita, inmensa desde abajo, donde caben muchos aficionados, todos pendientes de los tres espadas que vamos a torear hoy. Da vértigo, más impone el respetable que el toro.
Ya estamos aquí…vamos todos para dentro y en el callejón empiezan a colocarme el capote de paseo. Los alguaciles llegan y en breve se abrirá la puerta. La montera calada, no es la primera vez que piso esta plaza y que Dios reparta suerte.

ROOF

Roof se paseó elegante por el alféizar de la balconada neoclásica, sus andares elásticos, el viento meciendo su pelaje como si le soplaran levemente a un diente de león para que se desprendiera y comenzara su viaje por entre las nubes. Roof estaba de caza.

No era fácil tener glamour y a la vez ser un gato independiente de ciudad, era tentador quedarse a vivir en alguna casa con calor de hogar y comida segura, pero ninguna le parecía adecuada para un gato como él. Cuando había niños sabía de sus torturas por experiencia propia y solo pensarlo le erizaba el lomo. Cuando eran señoras solas se imaginaba perfumado, con un lazo con cascabel y manoseado, sentía el fuerte olor del perfume en su hocico y le hacía estornudar. Con un hombre solo…mejor no, los que vivían por la zona a veces estaban en peores condiciones que él.

Andaba a la búsqueda y captura de algún despistado saltamontes que pese a no ser su plato favorito tenían la divertida cualidad de crujir mientras se masticaban. Y esa opción es la que quedaba porque los cubos de basura estaban vacíos.

Algo estaba sucediendo en la cuidad, ya no llegaban las bolsas como antes, ahora la mondadura de la patata era cada vez más fina. Roof había tenido más de un altercado con algún bípedo a la hora de disputarse las sobras de algún garito de mala muerte de olor a fritanga.
Llevaba mucho tiempo ya por este barrio, algunos de los más observadores ya lo conocían, no eran muchos los humanos espábilados y eran bastantes los gatos callejeros, pero no tenían el savoir faire de Roof, ni su distinción, ni su descaro, pero algunos le tenían aprecio y el chico que repartía los periódicos a veces compartía su almuerzo con él.
Normalmente no duraba tanto en un mismo lugar, había atravesado el país de punta a punta y sus huellas estaban en muchos vagones de tren y en alguna que otra furgoneta desvencijada donde el crujir de la lata y su motor acallaban sus lastimosos gemidos producidos por sus huesos chocando contra las paredes. ¿Por qué llevaba tanto tiempo por aqui? Pues se lo preguntaba muchas veces, cuando se tumbaba en algún alféizar a mirar las motas de polvo en los rayos de sol. No llegaba nunca a una conclusión ni válida ni concreta, tampoco le preocupaba demasiado, sabía que cualquier día solo tendría que seguir andando justo en el momento en el que debiera volver.
De repente, un piso más abajo algo llamó su atención, le brillaron los ojos, algo…saltaba…¡por fin! Casi planeando como un peludo avión de papel, llegó en el momento justo en el que el pobre bichito le servía de tentempié. Se relamió entre orgulloso de sí mismo y goloso.
Continuó su paseo por el barrio y ya, en la puerta del barbero se paró a descansar, los hombres siempre eran más tolerantes con su presencia y molestaban menos. Además le gustaba el olor a loción y las palmadas del barbero tenían un compás agradable.
Olisqueó el aire, movió sus bigotes y se tumbó largamente en la piedra caliente, llovería pronto, tormenta de verano, pronto llegarían los truenos, el preaviso de los rayos, como un burofax de la lluvia, no sabía el lugar que tendría que buscar para refugiarse, pero esa falta de previsión era lo que a Roof le hacía sentirse bien, libre, contento.
Y así, a la espera del trueno, con el estómago lleno y en la emoción de no saber que hacer ante la lluvia, Roof se durmió con la conciencia felina limpia y brillante. (Al tejado del Savoy)