NIÑOS

Es bien sabido y conocido que yo no soy muy partidaria de ocupar el blog con la actualidad, pues esa la tenemos a la mano en lo que hoy nos empeñamos en repetir tras algún cursi, con perdón, como «sociedad de la información», cuando en realidad deberíamos llamarnos zoociedad (Mafalda dixit) y lo de estar informados no es tan real como decir que tenemos muchos conceptos, material y noticias a la mano pero que no siempre se utilizan. Cuántas veces de las noticias sólo se leen los titulares, y frente a un documental interesante y clarificador, el humanoide de turno mueve el mando a distancia hasta llegar a algo vacío de concepto que entretenga.
Tampoco he escondido jamás que soy una persona contraria al aborto, y que los niños, desde que están en ese baño amniótico y caliente, son para mí la defensa más clara y menos suceptible de ser discutida del mundo. Sé que muchos la discuten, pero ese corazón que late, ese movimiento fetal, ese «alguien» merece que sea mi causa número uno por la que pelear en esta vida.
Hoy he abierto el periódico, siguiendo la terrible noticia de un accidente fortuito y lamentable por el que una pequeña de cinco años perdía la vida. Y acto seguido, la noticia de la muerte de un bebé que junto con su hermanito fue apuñalado, y más abajo que la parricida sevillana había dado a luz a una niña después de asesinar, presuntamente…claro, a dos de sus hijos congelándolos. En las páginas de internacional hace tres días la muerte de diez niños sin privarnos del detallito de ver las imágenes.
¿Qué está pasando?
¿Qué monstruos hay?
¿Quién se cree alguien para atentar contra algo tan limpio, tan noble, tan inmaculado como un niño?
Intento encontrar razones, no las hay, intento seguir el hilo de pensamiento para coger a un bebé, abrir un arcón y depositarlo y olvidarse por completo que llora de frío…supongo que poco tiempo…Qué se piensa cuando esos ojos sin ensuciar del fango de la vida miran al que empuña un cuchillo…Con qué frialdad se dispara en una escuela…
Son niños, ¡por amor de Dios! y me da igual el Dios del que hablemos…son sólo niños, no pidieron venir a este mundo pero están aqui y tenemos el deber de protegerlos, no llegaremos nunca a ser una sociedad moralmente aceptable mientras no cuidemos de los que no saben defenderse solos: niños, ancianos, disminuídos psiquicos o físicos, esos seres de alma impoluta…vapuleados por la mezquindad del egoísmo social con el que nos desayunamos todas las mañanas y del que nos desprendemos al acostarnos para hipocritamente, dormir a pierna suelta, toda la noche.

PRESENTACIÓN "LILAS EN UN PRADO NEGRO"

Buenas tardes a todos, muchisimas gracias por estar aqui, en la Asociación de la Prensa de Madrid, algunos ya me conocéis, y otros me conocísteis a raiz del libro anterior. Me llamo Rocío y llevo un par de años colaborando con José Luis Alvite, soy su mano derecha o su pie izquierdo, según el día.

Hoy tengo el enorme placer y la inmensa satisfacción de presentar esta magnífica mesa, con Santiago González, Amilibia, Alejandro Diéguez y el autor de este libro «Lilas en un prado negro», Jose Luis Alvite.

Tengo que decir, en honor a la verdad, y perdonen que hable de mi, que este libro es un empeño personal mío. Y desde aqui agradezco a Alvite y a Alejandro su complicidad para que por fin esté en la calle y digo por fin, si, porque seguro que nadie duda que Alvite es un genio, y lo es…y como todos los genios vive en un mundo relajado, pasivo, en otro plano donde la importancia de las cosas va en otro orden y a otro ritmo.

Los artículos que forman el conjunto del libro, fueron publicados como una serie en el dominical «Estela» de Faro de Vigo y yo los descubrí por casualidad, gracias,o por culpa, del desorden de Alvite. Cuando me envió documentación para «Humo en la recámara», su anterior libro, se colaron alguno de estos textos -y otras cosas que prefiero no comentar- y reconozco que me atraparon. Hice lo imposible por conseguirlos y finalmente tuve en mi poder todos los relatos. Cuando tomé conciencia de la obra al completo empecé a ponerme pesada, terca me llama Alvite, y a empeñarme en que se recopilaran y volvieran a ver la luz porque al haber sido publicados únicamente en Galicia muchos no los conocíamos y me pareció inexcusable que se volvieran a editar y que mejor que de la mano de Ézaro que tanto cuida sus publicaciones y a José Luis.

No ha sido tarea fácil, más de la mitad de los textos publicados en este libro se los he leido por teléfono al autor para que los revisara…pues tras seis meses sin mandarme ninguno con el visto bueno comprendí que era el momento de tomar las riendas y adoptar medidas extremas. Mis cuerdas vocales y la batería de mi teléfono saben bien las horas que hemos ocupado. También es cierto que Alvite ha soportado maratonianas jornadas telefónicas. Gracias por ello.

«Lilas en un prado negro» tiene de padres putativos a Jose Luis y a Alejandro, pero lo que es seguro es que el ginecólogo he sido yo.

Para muchos de nosotros Alvite es el Savoy, sus crónicas ahumadas en blanco y negro sólo coloreadas por el rojo carmín de los labios de esas mujeres faltales o derrotadas que nos hacen entrar a un local imaginario en una Nueva York algo cambiada. Pero esta vez el autor nos hace viajar a otro lugar. Porque esa virtud la tiene Alvite, nos crea un hogar imaginario que acabamos haciendo nuestro, y pasamos de espectadores a protagonistas.

Este libro se inspira en el compostelano Sanatorio Siquiatrico de Conxo donde me comentaba José Luis que acudía a recibir tratamiento en una etapa de su vida, pero con su habitual desidia y falta de constancia tantas veces comentada, tampoco fue un paciente ejemplar en la asistencia a las consultas, aunque acudiera allí por voluntad propia. Le sirvió, no obstante, para inspirar estos relatos que se desarrollan en un inexistente lugar gallego, el Manicomio San Antón de Restande, un alojamiento bucólico, lleno de ternura y palas de electroshock. Como un paciente más el protagonista nos va relatando las distintas personalidades, en ocasiones múltiples, que habitan o habitaron el lugar, los doctores que formaron parte de la plantilla y con especial detenimiento nos habla de una de las enfermeras, Laura Sarandeses, una de esas mujeres de Alvite: de mediana edad, friolera, desencantada y bella, inteligente y cobarde en el amor. Hay ocasiones en las que los relatos son solamente reflexiones dispersas, caóticas y sentimentales donde si leemos con detenimiento encontramos verdades afiladas.

Yo solo puedo recomendarles que entren despacio a Restande, sin miedo y sin camisa de fuerzas. Y si se ven levemente reconocidos en alguno de los personajes, no teman…nos pasa a todos y no estamos tan locos…

Muchas gracias. Les dejo a continuacion con Alejandro Diéguez, periodista y editor de Ézaro

A continuación el veterano y prestigioso Amilibia, un histórico del periodismo nacional.

Les dejo con Santi González, brillante y reputado columnista de El Mundo, miembro destacado del equipo de Carlos Herrera en Onda Cero.
 
Como diría Herrera….con todos ustedes…José Luis Alvite

 

ROCIO PIÑEIRO

Hace unos catorce meses que sucedió todo, y tengo que reconocer que no pasa un día en el que no piense en ella. Nunca la conocí, jamás vi su rostro y tampoco pude oír su voz, pero puedo asegurar que si me parara a repasar el día justo antes de cerrar los ojos para dormir me daría cuenta la de veces en las que el pensamiento corrió a su cara desconocida.
Llevo mucho tiempo queriendo escribir de ella, pero me surge la contradicción del dolor y la angustia, con el reconocimiento y el pequeñísimo homenaje que pudiera darle desde aquí.
Para escribir estas líneas he tenido que ir a la web y buscar la noticia, reconozco temblor y algo de angustia por volver a revivir, mientras leía, la secuencia de acontecimientos que se dieron ese día. Cuando he ido indagando en las distintas páginas que surgieron me ha llamado la atención su nombre…se llamaba Rocío, yo no lo sabía, y era justo de mi edad entonces, otro dato que no supe en su momento. He sentido un escalofrío por todo mi cuerpo.
Rocío Piñeiro Oitavén, pontevedresa que se fue a Madrid a trabajar y que a dos días de su cesárea programada, acudió a Misa en su barrio para rezar por ella, por su parto, por su hijo. Iba acompañada de su madre que se había trasladado a la capital para tan feliz acontecimiento. Todas las madres quieren estar con sus hijas y todas las hijas necesitan cerca a su madre.
La noticia, cuando sucedió, me hizo pensar en lo doloroso del momento, en ese hijo al que intentaron salvar y peleó dos días en esta vida, en su madre, en su marido que lo perdía todo, y en lo vulnerable que somos…de repente, en el sitio que menos te lo esperas, sin existir una razón – si es que alguna vez existe una razón para que un humano decida quitarle la vida a otro – se acaba todo. Sin más.
Muchas veces, cuando voy acompañada de mis hijas, me descubro en Misa, en los centros comerciales, en los restaurantes, en los cines… buscando un sitio donde ponerlas a salvo, donde protegerlas…y siempre llego a la misma conclusión: no puedo, y eso me aterra.
A Rocío no quiero olvidarla, ni creo que la olvide en la vida, ella con su bebé y una niña, Omayra Sanchez, de trece años, a la que grabaron los periodistas durante su agonía en Colombia, hundida en barro, suplicante y llorosa, con su familia enterrada a sus pies, forman parte de las mujeres que marcaron mi recuerdo, mi vida, mi manera de enfrentarme a las cosas. El día de hoy nunca va a repetirse, los momentos con los que tenemos alrededor pueden darse parecidos en otro momento, pero jamás como los que suceden en este instante. Debemos aprovechar la vida, somos frágiles ante la muerte y ésta puede estar en lo más común de nuestra rutina.

DERRETIR HIELOS

Unos hielos, una copa, el sonido del alcohol rompiendo la frialdad, un leve crujido. Algo de limón y el destape libidinoso de esa bebida transparente y discreta que nadie sabe bien de donde viene y como llegó a ser parte inequívoca de los hoy afamados gin-tonics.
El Gin-tonic se ha vuelto una bebida de moda -le comentaba- ahora hay grandes tratados, expertos vanidosos y experimentos a veces irracionales. Prefiero lo clásico -continuó- concediendo siempre el beneficio de la duda a cualquier ginebra y más si es inglesa.
Ella sonreía entre levemente divertida y perpleja, jamás una copa le pareció tan interesante y simplemente hacía tintinear los hielos de su whiskey, solo, en vaso corto, ancho, un clásico al estilo europeo, nada de aquel vaso pequeño donde de un golpe se bebían en el Oeste ese extraordinario matarratas.
Él continuaba su disertación sobre las marcas que habían llegado al país y la cantidad de tónicas que había en los estantes ahora de los hipermercados, de como antiguamente a penas estaba la Rives y la Larios y ella atrapaba el instante sabiendo que el tiempo es único en el momento que sucede. No se repetiría, no habría un instante igual, puede que parecido pero nunca el que vivía en ese compás del reloj.
Ahí estaban, frente a frente hablando de banalidades en el bar inglés de aquel elegante hotel, realmente el trasfondo era serio, bronco y hasta cierto punto febril pero les pudo la educación, los tiempos pasados, los silencios no ocupados a conciencia. Llegaría el momento, quizás después de la primera copa o rozando la tercera en que habría que terminar en los porqués para acabar comprendiendo los cómo. Aunque quizás en realidad no hubiera trasfondo alguno. La incertidumbre era lo que estaba cierto.
¿Cuánto hacía que no se veían? Cuatro…no…casi cinco años ya, ella había hecho lo imposible por estar impecable, jamás reconocería las horas que había tardado en arreglarse esa tarde. El resultado había sido aceptable. No había podido borrar los cinco años, ni los golpes emocionales que había sufrido desde entonces, empezando por el que provocó su separación, pero le parecía que había conseguido convertirlo en una especie de desencanto elegante. A él se le notaba el paso del tiempo, algo más rellenito, un poco más calvo quizás, pero se le veía feliz.
Instintivamente miró sus manos buscando una alianza, o la huella de ella, la verdad es que tenía el aspecto de un feliz casado, le sorprendería porque conocía su opinión sobre el matrimonio, pero nada es más cambiante para un hombre que esa firme convicción delante de la mujer adecuada. Aún así, se dijo, puede que viva en pareja, es lo que desprende…
Siguió su pequeña pesquisa observadora, camisa bien planchada, cinturón elegante, y un reloj demasiado bonito. Pudiera ser un regalo familiar pero tenía más el perfil del regalo de Navidad del principio de una relación.
¿Estaba nervioso? No, mantenía el aplomo, pero lo tuvo siempre, pocas veces lo vió fuera de sí, había que conocerlo, y mucho, para distinguir cuando sus nervios estaban floreciendo.
Se dió cuenta de que le había preguntado algo y ella no estaba prestando atención, difícil papeleta. Sonrió y disimuló como pudo, «la plancha, de repente he pensado que no sabía si la había desenchufado, ya sabes como soy»… de repente vió claro que le había dado la excusa perfecta, el momento adecuado…
Se dió cuenta de como se le iluminó la cara, entre aliviado y feliz. Ahora, se dijo ella.
Él comenzó a balbucear algo sobre alguien que planchaba siempre los domingos y había que volver siempre a casa a asegurarse de si estaba desenchufada y ella tomó aire expulsándolo despacio.
«Se te ve muy bien, me alegro mucho por ti» -susurró ella- frases escuetas, concesión sincera, pensó, la mejor manera de salir del atolladero.
Él se atropelló aún más, comenzó la cascada de incoherencias y tópicos…quise llamarte, tú estás genial, cuéntame de tu vida…
Ella siguió en la dinámica de las respuestas cortas y ciertas, nada íntimo, mientras intentaba auto analizarse, la verdad es que no esperaba nada y jamás hubiera vuelto a retomar una relación con él, pero escocía, pese a todo había una parte de ella que no quería aceptar que el tiempo pasaba, si para ella estaba olvidado ¿por qué no quería que él la hubiera olvidado y hubiera conseguido superar la separación? No sabía contestarse, un punto de orgullo, de vanidad, quizás.
Con las cartas sobre la mesa, una pregunta, ¿qué querías hablar conmigo? y tras esa pregunta se puso serio, volvió el hombre que conocía y con las que tantas horas había hablado, un hombre culto, sensato e inteligente.
Al ritmo de la segunda copa comenzaron las confesiones, ella escuchaba atenta, interesada, abandonando cualquier tipo de impostura entre el glamour y el distanciamiento obligado con el que comenzó la velada.
Y en un momento dado, camino del baño, se dio cuenta de que había recuperado un amigo. Y eso le hizo feliz.

REPARTO DE CULPAS

De las cosas que más le agradezco a mi madre que me enseñara y que más interés pongo en inculcarle a mis hijas es que somos responsables de nuestros actos. Y que nuestros actos tienen consecuencias, de las que lógicamente también somos responsables.
Es cierto, y más a ciertas edades, que es cómodo y casi instintivo, intentar colocarle la culpa de nuestro desacierto a cualquiera que tengamos a mano con tal de no reconocer el error o de no aceptar las consecuencias.
El pueblo español, tan soberano, ha aprendido e interiorizado una frase que dicen los niños pequeños cuando juegan: «pío pío que yo no he sío» Y tan campantes. Siempre se busca una cabeza de turco para que sufra lo que nos toca padecer en primera persona debido a una mala elección nuestra. Y en el caso de que hubiera alguien responsable de nuestro bando, nuestra familia o nuestra ideología política…se le responsabiliza al contrario…que la moral no estorba en estos casos, por lo visto.
Pero esta vez yo quería rozar la actualidad aunque fuera de manera tangencial. Leo y releo por noticias, blogs, redes sociales, y escucho en conversaciones a pie de calle como una y otra vez se culpa a la sociedad, a los tiempos pasados, a la religión, al que dirán…y la verdad, me fastidia.
Si algo somos es libres, por encima de todo, libres para elegir y libres para decidir, libres para equivocarnos y para tomar decisiones. ¡Ya está bien de culpar a cosas intangibles de nuestros propios errores!
El día a día está lleno de elecciones, de caminos, de decisiones en las que con absoluta libertad decidimos qué y cómo hacer. Pero si nos equivocamos…la culpa no puede ser siempre de otros: del banco, de «las junteras», de la guerra civil, de lo que digan los demás, de la Iglesia (que la mayoría no pisan desde su primera y única Comunión), o del profesor que me tiene manía, por poner unos ejemplos.
Nos hemos instalado en la comodidad, en el que vengan y me lo arreglen, en el que me den una subvención, en el que me merezco una paga…y a la vista está que el resultado no ha sido bueno.
Son tiempos difíciles si, pero todos tenemos mucha responsabilidad de lo que sucede y también tenemos mucha culpa de que las cosas no se arreglen. Seamos sinceros, hagamos autocrítica…que es eso que le exigimos a los demás pero que difícilmente hacemos. Y por favor…dejemos de ser generosos de lo ajeno…a veces especulamos con lo que nos tiene que dar, lo que merecemos recibir, lo que los demás tienen que regalar…y nosotros no damos ni las gracias.