"LA BONITA"

 Se llamaba Teresa, como su abuela, pero le decían «La Bonita» porque desde que nació lo era, una niña casi perfecta, de ojos grandes y pelo negro que hasta en la pelusa de recién nacida se adivinaba la melena larga, ensortijada y azabache que le flanqueaba hoy la cara. Su madre le dijo siempre que hasta la paraban por la calle para decirle lo guapa que era su niña, y su padre, ay su padre, que tenía el silencio de los hombre de bien siempre tuvo una palabra y una caricia para su Teresa. De eso habían pasado años, ella tenía ahora esa edad indeterminada entre los diecimuchos y treinta y pocos que tienen las mujeres de su raza.
Seguía teniendo unos inmensos ojos que hacían casi inexistente la presencia de la pupila, algo más cansados de mirar y de ver, y siempre subrayados por el negro de su lápiz, compañero de siempre y único atisbo de maquillaje en su rostro. Por las mañanas, agua y jabón, la línea continua de su mirada y el día comenzaba.
«La Bonita» tenía el desparpajo propio de una mujer del sur y una cautivadora palabrería que no sólo conocía de sus mayores, sino que no dudaba en utilizarla. Era desconfiada e inocente a la vez. También era madre de tres niños. Y viuda. Se casó hace muchos años sin más papel que la prueba de un pañuelo ensangrentado y fue feliz hasta el final. Su marido, su gitano, nunca le puso la mano encima, en contra de lo que dicen por ahí, y sólo estuvo en un lugar equivocado a una mala hora y no se pudo hacer más.
Ella sola sacaba ahora a sus niños para adelante, no faltaban a la escuela y nunca hubo nadie que le pusiera la cara colorada porque sus niños fueran sucios, sin las tareas hechas o sin el material. La escasez y las lágrimas sus hijos no la verían, eso sería por encima de su cadáver, me contaba, pero tampoco le daba alas a las locuras que tienen otros chiquillos.
Ella vendía en el puesto de una prima, y algo se llevaba, y el resto era de «arreglitos» que hacía por ahí, no le pregunté y ella se sonrió, «no es de droga, te lo juro, que vi caer a muchos y supe de donde venía lo malo, por bien que se estuviera un tiempo, que no les faltaba de ná, el final era el que era y además -se encogió de hombros- ahora está la cosa mu vigilá»
Yo sabía que su palabra estaba escrita a fuego en un bloque de hielo, porque liarme sabía hacerlo, o lo intentaba, pero la verdad es que pasaba tabaco de contrabando, «destraperlo» y en los tiempo que corren hasta podía entender, justificar y aceptar algo tan inocente como dos cartones de tabaco a la semana.
Se bebió su café, en vaso, negro con mucha azúcar y se puso de pie, «paga tú y otro día te convío yo, voy a hacer unos mandaos y voy a tirar pa la casa, los niños habrán terminado ya los deberes»
La paré sujetándole levemente de la mano, «¿te hace falta algo Bonita?» Suspiró y me dijo, «son tantas cosas las que me hacen falta que si empiezo no termino, pero mientras no me falten dos manos para trabajar y un trabajito que hacer y mis niños tengan salú…gracias morena, yo se que puedo contar contigo y aunque no te lo creas, estos cafelitos me saben a gloria y me dan la vida, así me aireo, no es orgullo, sabes que si le hiciera falta a mis niños pediría hasta en la puerta de la Iglesia, aunque allí no va mucha gente ya…» Sonreía.
Y yo me quedé allí mirando como se iba y como los hombres se volvían a mirarla al verla pasar y ella, entre distraída y coqueta salía canturreando del bar ya lejos de donde estaban sus pies.

AUTOTRIZ

No se reconocía como un ser especial y seguramente eso también puntuaba en su contra. Después de muchos altibajos emocionales, físicos y mentales se había auto convencido de que el «que dirán» era mucho más importante para los que dicen que para los que son sujeto activo desde el pasivo de la acción…la acción de ser el sujeto del que dicen. Así pues, ni los halagos la convencían, ni las descalificaciones la hundían, rehuía los primeros y analizaba los segundos.
La descalificación fundamentada e inteligente sí era digna de tener en cuenta, y finalmente, tras el concienzudo análisis y hasta después de hacer las pertinentes preguntas para aclarar el porqué y el cómo de la negativa opinión, no le parecía ésta justa, conforme a la realidad o posible, abandonaba cualquier tipo de resquemor o abatimiento.
No es que fuera perfecta, ni parcial, es que había aprendido a buscar en el amontonamiento de opiniones la que más le parecía que le retrataba y aún así podía puntualizar algunas cosas, evidentemente nadie le iba a conocer mejor que lo que se conocía ella.
Había pasado mucho tiempo de su vida mirándose en el espejo interior de su alma, crítica e inflexible consigo misma, en ningún momento benevolente, jamás se engañó, sabía cuales eran sus virtudes y sus defectos, sus posibilidades y sus incapacidades. Siempre le pareció de personas débiles el autoengaño, también le desagradaba el autobombo, esa falsa humildad revestida de sencillez que no era más que el egocentrismo llevado a su máximo exponente.
Aún así, tenía una extraña fe en la condición humana, en los de su misma especie y hasta en los de especies distintas, algunos mal llamados hombres (entendido como sustantivo plural) estaba convencida de que eran de otra especie porque su maldad, su canallesca o su moralidad abollada le impedían, a sus ojos, tener algo en común con ellos, ni siquiera la coincidencia biológica o humanoide.
Es por ese anhelo en algo mejor, en tiempos buenos y en sonrisas francas que todos los días como una autotriz se enfrentaba a una hoja en blanco.

AQUELLOS HOMBRES BUENOS

En aquellas épocas antiguas, esas que deberían salir en los libros de historia, perdón. Cuando existían libros de historia, se contaban aquellas épocas antiguas en las que los oficios se aprendían con un maestro, magister, alguien de edad que tras haber aprendido y haber pulido sus conocimientos con su propia experiencia tomaba a un aprendiz que como su propio nombre indica, absorvía todos los conocimientos de su maestro y los modificaba, tras los años, con su experiencia. Esto nos llevaba a profesiones pulidas y cimentadas en el ayer con los desarrollos posteriores.
En España hemos decidido que eso no es válido, o es de catetos, o de poco progres o de pobres, que son las excusas más dadas en este país nuestro. Así que como sabemos mucho de nada se empezó a ignorar a los mayores.
Primero fue la Universidad, y mientras todos los Campus de prestigio conservan a sus catedráticos más longevos como oro en paño y sus clases magistrales tiene un lleno hasta la bandera, aqui, ni cortos ni  perezosos, los jubilamos  por el método rápido sin que nadie bebiera de su experiencia. Resultado: una universidad mucho más desprestigiada,  mucho menos eficaz, menos calidad y un profesorado joven, eso si.
Ha habido más profesiones, ingenieros de seguridad prejubilados gozosamente (ya veremos más pronto que tarde las consecuencias que tiene), profesores de institutos y colegios, investigadores, médicos, policías, humanistas, y hasta maestros de obra que hacían antiguamente edificios resistentes y ahora vivimos en carísimas casas de papel, etc.
Y llegamos al periodismo, no hace mucho hubo un ERE en El País y además de la falta o presunta falta de liquidez, se argumentaba que no se podía contar con periodistas «tan mayores», esto mismo le sucedió a las televisiones (públicas y privadas), en vez de hacer una transición de maestros y aprendices, se usó el borrón y cuenta nueva. Conclusión: cuando murió el Papa Juan Pablo II llegué a oir a una reportera decir «el cura adora el libro» (!!!!!!!), se leen artículos no sólo con faltas de concordancia, sino también de ortografía, y se ha perdido el periodismo independiente, si es que alguna vez lo hubo. No sería justo decir que todos los jóvenes periodistas son malos, hay de todo, igual que hubo veteranos vendidos al poder o a la comodidad.
Pocas sociedades han tratado, y tratan, peor a sus mayores que la nuestra, y a la vista está que el experimento ha salido más mal que bien, espero que en algún momento y antes de que la naturaleza haga su trabajo, alguien se vuelva hacia atrás mire entre los jubilados del parque y los oiga…y no solo para que hablen de la guerra.

FARO

La mente es ese resorte extraño que hace que el hilo de los pensamientos derive hacia un sitio o hacia otro.
Mi mente es rápida, directa, clarificadora en ocasiones y otras veces lo único que hace es embrollar aún más lo que a duras penas dejaba de ser nebulosa.
Una gota de lluvia en un cristal puede llevarme a pensar en lágrimas, y tras esto un dolor, una alegría, un sentimiento propio o ajeno. Un alfiler en el suelo puede llevarme a pensar en aquella moqueta de color verde oscuro donde una tarde fría me probé por primera vez un traje de novia…
El otro día algo tan usual como una tormenta firme y recia de un invierno típico en todos sus sentidos, con fríos, temporales y quejas del tipo «este año hace más frío que nunca» «no puedo soportar más tiempo estos días de lluvia» «¡vaya viento!», me llevó a pensar, tras un trueno y el miedo que me producen, en los temporales que vivía de niña, cuando el mar se enfurecía, y los barcos hacían sonar sus sirenas al compás del ulular del viento en mis ventanas, y de ahí pensé en los faros.
Cuando era pequeña los faros me impresionaban, me daban miedo y sobretodo me horrorizaban las historias de personas que vivían solas, sin conversación alguna, en aquel torreón, en una mezcla de Rapunzel, un lobo de mar y un auténtico héroe. Siempre tuve claro que áquel que vigilaba los faros era una persona importante, muy importante, que cuidaba abnegadamente de los demás con su intermitencia luminaria.
Más mayor además de aprender que ya muchos no necesitaban siquiera un humano dentro, empecé a verlos con la estética adecuada, como esa torre creada por hombres para salvar a hombres, el trabajo de alguien en beneficio de la sociedad y todo ello a través de una bonita estampa, el faro en si es elegante, firme y un poco inseguro con su sí y su no de luz.
Pensando en los faros, acabé derivando en las personas, a las similitudes que pueden llegar a encontrarse porque para mi,  y es opinión personalísima, algunas son como esos faros, de apariencia fuerte, firme, indestructible, alguien a quien piensas que puedes aferrarte porque te salvará, alguien que se da a los demás, y ciertamente lo hacen, pero cuando te acercas y la perspectiva la pierdes y sólo ves lo que realmente tienes enfrente, cuando subes las escaleras de su interior, entonces te das cuenta de lo frágil que es, lo desolado, lo abatido, y es cierto que dan luz, proyectan la esperanza, la tranquilidad, la seguridad y sin embargo más tarde, apenas un parpadeo después, solo es una mole oscura, solitaria, al final de un camino sin salida, algo olvidado y depreciado en su valor real.
No llegué después de todo ese razonamiento a ninguna conclusión, me quedé intranquila y busqué la belleza de los faros navegando por este mar de internet donde si bien no hay faros que nos avisen del peligro podemos viajar buscando nuevos hilos que nos hagan reflexionar. 

DULCE NAVIDAD

El bote de galletas no estaba entre sus favoritos pero la alacena era un lugar maravilloso. En casa la alacena era un cuarto pequeñito pequeñito, o un gran armario empotrado, según se mirase. Se empeñaban en poner muy alto las galletas en su gran caja de lata, magullada y algo descolorida con aquella antigua pegatina hecha con ese aparato tan raro en el que se iban apareciendo las letras en una tirita adhesiva mientras se presionaba en el lugar adecuado. Pero estando las bizcochos, el pudding y los roscos de Navidad…¿quién puede querer unas galletas?
Toda la alacena estaba perfectamente ordenada, identificada y no estaba por orden alfabético era porque creía que  nadie se le había ocurrido…si hubiera estado en la mente de alguien, jamás la harina estaría por delante del arroz ni éste detrás del azúcar. Por si acaso y para evitarse complicaciones a la hora de echar una mano a mamá en la cocina nunca comentaba su observación.
No tenía claro tampoco si realmente no querían que se acercara a los dulces o era una tradición a mantener porque si no fuera asi…¿para qué diablos dejaban las cajas de leche justo debajo casi en forma de escalera para que pudiera acceder a casi la totalidad de los estantes? Por si acaso, para desafiar a las normas, en el caso de que no fuera una advertencia poética, o para complacer el interés en el engaño, se comió un rosquito…no era el más grande pero dejó un hueco que se afanó en recolocar.
Sentada en una esquinita, saboreando la canela y el azúcar, masticando despacio y disfrutando de la clandestinidad fue dando cuenta del rosco. La tentación de coger otro era grande, pero fue prudente, se sacudió el jersey tejido con tanto cariño por su abuela, de muchos colores distintos, que se arremolinaban en su sofá en madejitas más grandes o más pequeñas mientras lo iba haciendo con el compás de las agujas y de vez en cuando con la mirada en un libro azul que debía ser la Biblia del punto.
Era una pena que «robar» pudding o bizcocho dejara huella, tendría que esperar a que lo abrieran formalmente para poder llegar a ellos ilegalmente, a deshora, justo justo cuando le dicen que no debe comer.
Llegaba el momento difícil, salir de la alacena sin que la pillaran, abrió despacito la puerta y sigilosamente, pegada al marco de la puerta salió sonriéndose para adentro. ¡Qué de cosas buenas tiene la Navidad!