CON EPÍLOGO

Acurrucada en su abrigo caminaba entre la lluvia de las calles, miraba todos esos escaparates llenos de luces que le invitaban más a pararse delante de ellos que a entrar a comprar. Una vez dentro de la tienda, al mirar hacia atrás, lo que nos había parecido casi mágico no era más que atrezzo y lo que nos dejó perplejos y sonrientes, medio helados entre adoquines resbaladizos, no era más que cartón piedra y purpurina.
Siguió su paseo meditando un buen regalo, era este su momento favorito, pero no era fácil: algo que no fuera demasiado caro, que demostrara conocimiento de la otra persona, tolerancia a sus gustos, respeto por sus pasiones…y a la vez que le gustara a ella. Algo elegante y sutil. Para completar el regalo buscaría una frase para una simple tarjeta, nada de mensajes pre-escritos ni dibujos grotescos. Escribiría algo corto, pocas palabras y mucho por sobreentender.
Tuvo una idea, quien la observaba en ese momento se dio cuenta que sonreía. ¡Ya lo tenía! Lo complicado es que no sabía absolutamente nada de ese tema. Tendría que buscar información, pedir ayuda. Se documentó mientras tomaba un café, -bendito wi-fi-, y con el calor de la taza aun en sus labios volvió a la calle con prisa y su pequeña nota de papel donde había anotado explícitamente lo que tenía que pedir. La llevaba en el bolsillo, arrugándose tal vez, pero apretada como si así pudiera librarse de que se le escapara la gran idea. Había buscado el local ideal para comprar, estaba cerca de donde ella se encontraba y lo enviaban a domicilio…necesitaba la frase…para la tarjeta. Entonces comenzó a relentizar el paso buscando las palabras y…sucedió, lo imaginó y supo lo que querría decirle si lo tuviera enfrente mientras le daba el regalo.
El tintineo de la puerta al abrirse le descubrió ese mundo del que aún no sabía nada pero en el que acababa de introducirse. Pese a su decisión se dejaría asesorar, no querría equivocarse. Sólo había otro cliente, la atendían con mucha profesionalidad y entrega, tenían una charla cordial y comercial mientras  envolvían un regalo del que, por más que intentó ver, no fue capaz de descifrar.
Esperó, aspiró el olor a serrin con el que antiguamente las pequeñas tiendas recibían a los compradores los días de lluvia…¡hacía tanto de aquello! Ahora se daba cuenta de cómo le gustaban esos pequeños comercios, ¿porqué no iba má a menudo? siempre atareada acababa comprando en centros comerciales donde a base de prisas, tickets para cambiar y tarjetazos iba solucionando problemas. Pensaba si, ponía interés en cada regalo que hacía, pero ni punto de comparación al día de hoy..claro que le estaba dedicando toda la jornada y eso no siempre podía conseguirlo.
Una agradable voz le sacó de su ensimismamiento ético con el pequeño comercio, y ella procedió a contarle entre feliz y algo avergonzada el por qué y el para quién, los pasos que había dado, necesitaba, sobre todo, que esa dependiente que tanto sabía y que le esuchaba interesado supiera cuál era la importancia de ese regalo.
Finalmente había acertado con sus pesquisas y salió de la tienda con una bonita sonrisa, satisfecha, el regalo lo enviarían ellos, eso le dejaba un poco huérfana pero entusiasmada. La tarjeta la había escrito alli mismo, sobre el mostrador. El vendedor discretamente se había distraido sin necesidad en otras cosas para que ella tuviera la intimidad de hilvanar con su letra algo confusa y deformada esa frase con la que quería que sintiera algo parecido a la felicidad.


EPILOGO.- Seguramente en un mundo normal, el regalo no le hizo ilusión, a lo mejor lo agradeció y nunca le hizo más caso que para quitarle el polvo o moverlo de lugar….pero a veces es más bonito que el mundo fuera el que soñamos…Aún asi la belleza de los finales abiertos hacen que puedan darse cualquiera de los imaginables y así el texto entra en el prisma de los colores como luz blanca, y sólo es cuestión de elegir…

NOTORIEDAD A CUALQUIER PRECIO

Es bien sabido que las folclóricas del blanco y negro y el tecnicolor solían decir: «que hablen de mi, aunque sea mal, pero que hablen» y si no hablaban, ya hacían ellas, una contra otras, porque se diera la conversación. 
Hemos llegado pasito a pasito a una sociedad donde los egos necesitan ser alimentados a base de notoriedad.
Supongo, y es una opinión personalísima, que desde siempre el hombre, entendido como concepto y no como ente masculino que luego vienen las quejas de los lenguajes sexistas, ha querido ser alguien importante. Entiendo que se buscaba ser la mujer más bella del reino, el guerrero más aguerrido, la doncella más virginal, el caballero más noble, la señora más elegante y si me apuran, la meretriz más famosa.
Siempre destacar entre la multitud.
En esos siglos tan anteriores, se buscaban valores más o menos heróicos, pero siempre nobles, por ejemplo, Quevedo y Góngora bien que se tiraban de los pelos por ser lo más afamados literatos de la época, sin necesidad de demostrar su habilidad con la espada. Destacar por el valor, por la piedad, por la nobleza, por la literatura, por la caballerosidad… ¡Qué lujo comparado con los grandes héroes de hoy!
Hoy la portada de un diario deportivo puede ser sobre el peinado de un futbolista, el mundo puede pararse por si se opera o no se opera una chica inculta que tuvo una hija con un señor que era conocido pero no un gran figura en su trabajo pero que tenía muchas novias y por supuesto, a lo folclórico, vendes más cuanto más basura eches sobre otra persona, sea cierto o no, que no estamos para detallitos…
Pero bajando escalones en la pirámide de la popularidad nos encontramos con lo que alguna periodista definiría como el experimento sociológico que son las redes sociales. Llama la atención como personas de apariencia normal y relativamente usuales, se transforman hasta niveles insospechados por ser quien tenga más amigos o seguidores, quien más veces le comenten una foto o le alaban una publicación. Algunos, en un acto de dicotómica personalidad te dicen que en realidad le da igual lo que digan de ellos, o el caso que le hagan que lo que hace es volcar sus sentimientos, sus vivencias o lo que toque, pero hay un sector noble y casi infantil que puede llegar a comentar «es que yo quiero que me hagan caso» ¿Qué hay detrás de todo esto? Yo no soy psicóloga, ni psiquiatra y ni siquiera quisiera ser una «coach de vida» que dicen los realitys mal traducidos, no llego ni a echadora de cartas, pero me da que ese afán de notoriedad tiene un trasfondo de falta de algo…no se sí de personalidad, de cariño…no lo sé, pero el problema es el precio y no tengo claro si siempre compensa.

MALALA

Tiene más o menos la edad de mi hija mayor y lleva años luchando. La miro a ella, a mi hija, e intento verla tan tenaz, tan valiente y tan poco niña como es Malala. Me miro en el espejo e intento comprender lo que la madre, no se si vive, o su familia sienten por dentro.
En esta época en la que los valores se han depreciado más que muchas monedas y donde el ser una persona íntegra es similar a ser idiota, llega una niña y calla bocas. O debería callarlas. Ella sale en telediarios y periódicos, no es noticia en programas de corazón ni en todas las variedades de telebasura sin opción a reciclaje que pululan por nuestras televisiones. Así que muchos que deberían estar callados, no callan, porque no oyen, no leen, no aprenden, que es lo que intenta Malala.
La imagino por las mañanas, fiel a su tradición y a su religión, tapándose su pelo negro, espeso y zahíno que se adivina a duras penas por debajo de su velo. Y veo a mi hija, recogiéndose con dificultad el pelo en una gomilla llena de purpurinas con los ojos pegados y algo de sueño atrasado en las pestañas.
«No quiero ir al cole mami, déjame quedarme en casa, tengo sueño»  diría mi hija perezosamente porque aunque en realidad le guste el colegio, no le gusta madrugar.
«Mamá déjame ir al colegio, es mi sueño, y no tengo miedo a los talibán» supongo que suplica Malala
Dos niñas, dos realidades, una injusticia.
Porque Malala ha sido tiroteada y evacuada de su país antes de que finalmente esos infames cobardes le sieguen las ganas de ser, de aprender, de conseguir algo que en este lado del mundo es tan normal como que salga agua del grifo. 
Y además ella no lucha egoístamente, ella busca que el resto de las niñas puedan ir a la escuela porque ser mujer y musulmana no implica ser menos. 
Pero ella lo ha contado en internet, y ha condenado los abusos…y se ha buscado una amenaza de muerte, que dejó de ser amenaza. Y yo echo en falta a muchas de las españolas que se dan golpes de pecho desde su afamado sillón, desde su noble micrófono, desde su aguerrido ordenador portátil y me surge la duda de por qué ella, Malala, no merece que cuenten, defiandan y apoyen su historia.
Y ahora me pregunto donde están los Premios Principes de Asturias, el Nobel de la Paz y otros tantos premios que le darían voz a unas niñas valientes que sólo quieren ser como otras niñas más…

DEFINIDA

«Tienes la cansada y derrotada apariencia mental de una mujer vieja» eso fue lo que oyeron sus oídos y fue como un mantra.
Era cierto, pocas palabras, una idea, y la verdad absoluta.
Desconectó del mundo, fueron a penas unos segundos, como si hubiera salido de su cuerpo se vio así misma y se contempló, sin placer ni dolor, objetivamente y reafirmó lo que fue una primera impresión: hay personas que tienen el don de la definición. No es fácil tenerlo, a veces para trasladar una idea muchos se enredan en un soliloquio en el que al final lo importante es más mantener los ojos abiertos que comprender lo que se quiere decir. Sin embargo, un puñado de elegidos saben definir cualquier circunstancia sin llegar ni a un párrafo.
Volvió a su cuerpo a tiempo de contestar algo breve y un poco desubicado que no le hiciera parecer mal educada y después intentó encauzar una conversación en la que ya estaba todo dicho y sin embargo las ideas flotaban huérfanas en el aire.
Aceptó la realidad, estaba cansada, derrotada y vieja, dijera lo que dijera el calendario. Los sueños ya no los consideraba posibles, eran sueños sin esperanzas, remotos. No había dejado de soñar…no, eso sería un suicidio sentimental y una traición a sí misma, pero ya no creía en el destino, ni en la suerte, ya no pensaba que un día al volver una esquina, el mundo sería otro y las oportunidades que tanto esperaba estaban allí, quietas, al alcance de su mano, desando ser atrapadas.
Nunca pensó que las cosas no costaban esfuerzo, tenacidad, valía…pero ahora tenía claro que todo eso ya no importaba, que las reglas del juego cambiaron a mitad de la partida. O quizás no, o quizás fue la culpable ella por pensar que el juego era limpio, que a igualdad de capacidades habría igualdad de oportunidades y derechos.
El caso es que no era así y se sentía derrotada. No habría ese mañana como no vivía ese hoy. No era pesimismo, era realidad. Contra esa realidad había dos opciones, aceptarla y adaptarse al entorno para buscar lo más parecido a la felicidad, o frustrarse y  morir en el intento persiguiendo cambiar la sociedad.
Tendría que pensar, recapacitar y elegir la opción en la que próximamente sería definida.

(A todas esas personas válidas, capaces, luchadoras que aún así no tuvieron una oportunidad)

GANANDO ENEMIGOS

Es cierto que no soy escritora, ni periodista, es cierto que no me gano la vida juntando estas letras y no me pagan las facturas. Pero si hay algo que respeto es a quien se gana la vida con ello.
Bien es sabido que los derechos de autor son cosas etéreas y mal comprendidas para el resto de los mortales pues, incluida yo, nos cuesta entender que autores de música o libros vivan muchísimo mejor que el resto. ¿Es que acaso tienen que estar mejor pagados? Sería otro tema. Pero la verdad es que hay que vender muchos libros para ganar demasiado o ganar un premio o ser un auto editor. Y además tener suerte, que no sólo por ser bueno se vende, a veces es justamente al contrario.
Y todo esto viene por algo que me causa auténtica repulsa, y es una circunstancia que en las redes sociales se utiliza con verdadera fruición, llegando a niveles impresionantes, en versión simple, con dibujito, tipo etiqueta o con vídeo de Youtube: se usan citas de personas sin poner la procedencia. Me resulta de una mala educación fuera de la común, casi tanto como sonarse los mocos con la servilleta de hilo en un comedor inglés.
Ya sé que muchos diréis que soy una exagerada, pero detrás de esas frases, de esas letras, hay sentimientos, corazón, anhelos, o un rato de diversión, pero lo que es seguro es que quien haya escrito aquella frase ha dejado parte de sí, casi un adn literario que no debe tomarse a la ligera.
También hay que tener en cuenta, que cuando no eres nadie y te encuentras que han usado una frase tuya, te alegras y te fastidia mucho que no digan que la frase ha salido de ti, porque está claro que no se te hace ningún favor…pero la cosa queda en el anonimato y no es tan grave. Pero cuando la frase es de alguien conocido y el sujeto (sujeta) parece que viene de ganar el premio Nadal…¡¡me enfada!! No puedo remediarlo, no gano nada con el enfado, ni necesariamente tiene que ser la frase de un autor que me gusta, pero me parece que se suplanta la personalidad de alguien…
Otra cosa es que se deje constancia de su dueño intelectual, en cuyo caso, es bien claro que la persona ha encontrado una frase que resume lo que quiere decir, y a lo mejor no sabe como. En ese caso es fantástico. Y si el autor está vivo y se entera puede que su egocentrismo suba dos o tres puntos.
Y ya puestos, y a nivel aún más personal, por favor, intenten bajar el nivel de Benedetti y Cohelo, hay más libros más allá de esas páginas…es que acabará subiéndome el nivel de azúcar. Gracias