Entiendo que más de uno se acerque a este título con reticencia y hastío político regional, incluso quién, hilando aún más fino, piense que mi madridismo y andalucismo declarado haga mella en cuestiones de organización territorial. Nada más lejos de mi intención. Y no es que no considere el tema interesante, que puede llegar a serlo, es más bien otra idea la que ronda mi cabeza.
Mi entrada de hoy no aspira a ser machista o feminista es una observación desde el punto de vista neutral, una defensa del género que últimamente está más desfavorecido: el hombre.
Es cierto que durante mucho tiempo las mujeres fueron inferiores no solo a la hora de abrir una cuenta corriente, también a la hora de elegir su vestuario, sus compañías, sus horarios de salida y hasta su puesto de trabajo. Una vez esto superado, aunque queden países retrógrados, mujeres vilipendiadas, asesinadas, y maltratadas; creo que no es difícil concluir que en general la mujer en España no está subyugada ya a la decisión de un varón.
Pero hay un punto en el que el hombre pierde, pierde siempre: los hijos.
Al hombre moderno, urbano y rural, desde ministerios y concejalías se les exige una participación al cincuenta por ciento de las tareas del hogar, de la crianza y mantenimiento de los hijos, es imprescindible que se comprometan con su unidad familiar, del tipo que sea… Es justo. Es justo y es necesario, para los hijos y para la mujer, sea o no trabajadora fuera del hogar.
Ahora bien, frente a la tragedia y el fracaso personal de una separación o de un divorcio, el hombre tiene las de perder, generalmente consigue una ínfima custodia y no pierde ninguna de sus obligaciones, es decir, sigue pagando y pierde el contacto con sus hijos. Intentan compensar como pueden, dos fines de semana al mes y quince días en vacaciones y conforme los niños van creciendo, los padres se convierten en un señor desconocido al que saben que tienen que pedirle dinero y que le paga sus estudios. Esto es altamente injusto.
Pero todavía hay un supuesto aún más doloroso desde mi punto de vista: el hombre frente al aborto. Hay una conciencia generalizada de que el hombre es quien incita al aborto, que siempre está de acuerdo con acabar con la vida de ese niño, y no es cierto. Existen muchos hombres que tienen deseos de ser padres y se trunca su deseo por el «nosotras parimos, nosotras decidimos» (mención especial se puede hacer a lo bien que nos parece que una pareja de homosexuales varones sean padres, y el poco sentimiento de paternidad que le damos al hombre si es heterosexual)
¿No es el hombre acaso el cincuenta por ciento de esa criatura? ¿Si ese niño viviera más de 24 horas de forma independiente a la madre, tal y como dice nuestro ordenamiento civil, y por tanto fuera un ciudadano de pleno derecho, este padre tendría obligaciones y deberes? Entonces, ¿por qué un hombre no puede exigir que ese hijo nazca? ¿se admitiría a trámite una denuncia ante el inminente aborto de un ser humano del que es el cincuenta por ciento responsable? La respuesta es no.
De la misma manera que soy madridista y defiendo y amo mi tierra, soy contraria al aborto, nunca lo he escondido, pero quitando consideraciones religiosas, biológicas (el mismo corazón latiendo emociona o es ignorado a la hora de matar), y quedándome solo con la justicia, creo que hay una absoluta discriminación frente al hombre. Un egoísmo absoluto desde el punto de vista de la mujer: ellos también tienen derecho a decidir.
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24 HORAS. MADRID
Tenía que reconocer que la vida no la trataba mal, lo que se dice mal, había heredado un pequeño piso en una gran torre de un barrio trabajador, no tenía ninguna de las grandes comodidades ni podía encontrarse ningún lujo pero era su casa, su hogar desde que nació hacía poco más de cincuenta años.
Hacía muchos años que entró a trabajar en una empresa como administrativo y nunca le faltó el trabajo. Ganaba lo justo para pagar los impuestos, el bono de transporte, comer de manera más o menos saludable, comprar un pastel los sábados y un libro al mes sin embargo esto último estaba cambiando y prefería ir a las bibliotecas o leerlos en plataformas digitales…aunque éstas le cansaban mucho la vista. Tenía algo de dinero ahorrado, por si acaso, y jamás se le pasaba pagar el seguro de deceso pues las aglomeraciones le espantaban. Le horrorizaba el concepto «fosa común» y sabía que nadie se haría cargo de su cadáver porque no había pariente que le quedase vivo. Sus padres murieron mayores y ella los cuidó todo lo que pudo, con ella acababa la historia, fueron una familia escueta llena de funerales.
Recordaba a menudo a sus padres y a su casa de entonces, con el papel pintado en las paredes y los sofás de piel sintética que se pegaban a la propia en el verano de ventilador y moscas…hasta que llegaban las vacaciones y tocaba ir al pueblo. Allí si que se sentía libre, feliz, incluso salvaje…¡bendita niñez! ¡cómo echaba de menos las postillas en las rodillas, el olor del calor, las noches de baile en la plaza!
Desde que vendieron la casa ya no volvió más al pueblo y aunque a veces estaba tentada de aparecer por allí, temía que alguien le reconociera, no era muy sociable. Ella era correcta, educada, pero nada más. Seguramente, filosofaba a veces, se estaba volviendo huraña de tanto estar sola: Una vez tuvo un pájaro, por aquello de tener alguien de quien cuidar, de animarse, pero al poco tiempo descubrió que le llenaba de dolor verlo en la jaula, así que acabó siendo un auténtico martirio, por un lado le hacía compañía y eso le hacía sentirse bien y por otro le causaba remordimientos. Cuando murió, lloró demasiado y suspiró a la vez aliviada y esa dicotomía no estaba dispuesta a soportarla más, así que cerró su corazón al mundo animal.
Nunca tuvo novio y jamás se permitió un escarceo, había pasado por todas las frases hechas que la maldad y la falta de originalidad podían decir, desde el «te vas a quedar para vestir santos» hasta el «a esta lo que le hace falta es un novio» pasando por el «se te va a pasar el arroz» y crueldades varias. Ni se arrepentía, ni lo echaba en falta. Así sucedieron las cosas y no había que pensarlo más.
En el trabajo no le iba mal y sus compañeros la respetaban, la temían, la ignoraban o todo junto. Sabía que aunque cada vez le costase más, ir a trabajar era un trámite necesario hasta la jubilación. Eso sí, nunca iba a las cenas de Navidad ni a las bodas de sus compañeros que la invitaban por auténtico compromiso.
Esto le hizo pensar, ¿cuándo fue la última vez que fue a un restaurante?, no podía recordarlo, después de mucho acertó a recuperar en una maraña de recuerdos un día que pidió ostras con sus padres, fue un exceso por la jubilación de papá y le sentaron mal, como siempre sientan mal las ostras a las personas de verdad porque son resbaladizas, frías, duras por fuera y babosas por dentro…sí, un mal recuerdo de las ostras, un cólico y nunca más las comió. Ni volvió a comer en un bar.
Todos estos pensamientos la ocupaban mientras bajaba la escalera del metro y se adentraba en el devenir de personas, cada vez con rostros más ajenos, más extraños… No le asustaban, nunca tuvo miedos, pero le imponían.
Llegó a la oficina y se extrañó de no encontrar a nadie en las mesas, estaban todos alrededor de una máquina de café; era extraño porque ella solía llegar la primera y siempre se iba a su hora, no le costaba en exceso hacer horas extras si era necesario, aunque no le gustaba porque rompían su monotonía de horarios. Miró su reloj y confirmó que no iba bien mientras encendía su pantalla del ordenador, había llegado un poco más tarde de lo usual, a tiempo, pero sin su precavida puntualiad. Reían sus compañeros estrepitosamente y no se dieron cuenta de su llegada, colgó su bolso y dejó su chaqueta bien doblada mientras oía entre carcajadas: «cualquier día de estos le digo que saque el avinagramiento que tiene» «yo creo que es por culpa de esos deformados mocasines marrones» «tiene un tono de voz más chirriante que el despertador por las mañanas» «¿estará enferma?» «esa no tiene órganos vitales, solo le puede doler el pantalón ese marrón mierda que lleva» de repente…en medio de todas esas punzantes frases escuchó su nombre…hablaban de ella. Se quedó perpleja, fría, su cuerpo se congeló y su rostro ardía, notaba el latir de su corazón en las sienes, en los oídos. No sabía si mostrarse o esconderse, si defenderse, llorar, gritar o no darse por enterada. Se bloqueó. No lo esperaba.
Una de sus compañeras que salía de la salita del café respingó sobresaltada cuando la vió descompesta en su silla. Miró hacia atrás en un mudo intento de silenciar aquella conversación pero era inútil. La fiesta de la humillación continuaba.
Abrumada por las circunstancias y desconcertada por su falta de reacción, descolgó su bolso y olvidando la chaqueta salió por la puerta principal donde se cruzó con su jefe con el que a duras penas consiguió balbucear dos frases incluídos los buenos días y el me encuentro mal. Estaba tan descompuesta, pensó más tarde, que era comprensible que su jefe le aconsejara vehementemente que se fuera a casa.
Y allí estaba en el metro de vuelta, a una hora inusual, avergonzada y con náuseas. El trayecto se le hizo eterno y la escalera casi como un puerto de montaña. Pensó en parar a comprar algo, como siempre hacía a la vuelta del trabajo, pero siguió hasta casa como un autómata y se preparó una tila rodeada del silencio.
Sentada en el sillón de su padre cerró los ojos y las lágrimas, todas las acumuladas durante tanto tiempo, áquellas que no se permitió verter, empezaron a deslizarse lentas, graves, constantes, sin estridencias. No supo cuanto tiempo estuvo llorando pero la tila ya estaba helada, no la había probado pero se sentía más relajada, más tranquila, también más vacía.
En algún momento le llegó la determinación pero con absoluta tranquilidad fue a su dormitorio y buscó una tarjeta de crédito que le obligaron a tener en su oficina bancaria y que nunca había usado, la metió en su cartera entre los papeles que consideraba imprescindibles y que seguro que no lo eran tanto y agregó un par de cosas más a su ya pesado bolso, tomó de su armario otra chaqueta y volvió al centro histórico de la ciudad.
Iba a disfrutar Madrid un día laborable, pocas veces sucedía, subió las escaleras de la estación de Sol acompañada de mucha gente y se percató que a penas había empezado el horario comercial y que ni siquiera las grandes superficies habían abierto. Paseó entre dependientas y un numeroso grupo de japoneses deseosos de acabar con las existencias de las grandes firmas y se sintió turista en su ciudad.
Sus pasos le llevaron a un salón de belleza que se anunciaba en las marquesinas de las paradas de autobuses, entró algo cohibida pero no se permitía ni una debilidad, nunca lo consintió y entre otras cosas por eso tenía la rabia dominándola, se había dejado llevar por los insultos de unos cuantos desgraciados, había sido débil, no le volvería a pasar. De sus reflexiones la sacó una preciosa muchacha que a ella le pareció que podría estar aún en el colegio, la atendió con gran amabilidad y recogieron sus cosas para ponerle una resbalosa bata cruzada por el cuerpo que le pareció casi negligé y tras un escueto «todo, lo que consideréis necesario» se sumergió en una vorágine de depilación que le hizo apartar el dolor emocional para sustituirlo por dolor real. Descubrió que la pinza en las cejas puede ser casi tipificada como tortura y pasó por tinte, mechas y corte de pelo. Seguía otorgándole a la peluquera el control total, esa relajación le era completamente nueva, y era agradable pues ella siempre intentaba tener la situación bajo su supervisión, esto era mucho mejor. Terminó su jornada con una pedicura, manicura y maquillaje. No se reconoció en el espejo, algo normal, solo mirando sus ojos se encontó a sí misma. Compró la barra de labios que habían utilizado y pagó el total con su flamante tarjeta, una cifra de tres números que nunca pensó que podría abonarse en una peluquería y salió a la calle.
A pocos metros se sentó en una cafetería, elegante y urbana y pidió un café, ya no necesitaba relajarse más, todo lo contrario. Leía tranquila la prensa, bebía lenta el café y mordisqueaba una mini galletita con la que habían acompañado la bebida. Notaba, de vez en cuando, alguna que otra mirada masculina y se sintió orgullosa, algo así como lo que leía en los libros, y no es que ella fuera aficionada a la novela romántica, nada de eso, pero por algún extraño motivo, el amor se colaba como tema constante en todos las publicaciones, lo aceptaba como un mal menor, pero estaba segura que el amor no movía al mundo, como decían algunos; al mundo lo mueve el dinero, la venganza y el dolor, sólo que eso no estaba bien decirlo y aún menos escribirlo.
Su tarea siguiente fue una preciosa tienda que había visto al pasar, una boutique, completa y señorial, de esas en la que su madre cosía cuando ella era niña. Había preciosos vestidos, zapatos, bolsos y todos los complementos que se pudieran soñar, si es que alguien dedicaba tiempo a soñar con esas banalidades; ella nunca lo hizo pero hoy directamente se dedicaría a hacerlo realidad. Un elegante suelo de madera con una mullida alfombra malva le dió la bienvenida y mientras admiraba las paredes empapeladas en un rosa empolvado con pequeños detalles plateados se le acercó una elegante señora que con su ropa de trabajo a ella le pareció que podía ya almorzar en el Waldorf Astoria.
Volvió a entregar su bastón de mando y sólo le pidió un conjunto completo para cenar en un sitio elegante, de estilo, color y demás, el que mejor le sentara, se dejaba asesorar. La mirada de la dependienta se tornó curiosa pero no hizo ningún comentario. De inmediato comenzó a mostrarle prendas de telas suaves, caídas, a veces casi crujientes, y se las iba acercando con prudencia para ver el resultado con su tono de piel, con su figura. Jamás pensó que esos vestidos tan elegantes fueran cómodos, pero lo eran, se parecían a una segunda piel y no tenía que preocuparse de nada más. La única condición que le puso a la sofisticada dependienta, fue que no tuviera que pasar por ningún tipo de arreglo, quería llevárselo inmediatamente. Acabó aceptando el consejo de un bonito vestido color coral que le daba mucha luz a su cara, o eso le decía, de acogedora caída se le ceñía al pecho con un escote mucho más atrevido de lo que estaba acostumbrada pero no se sentía violenta ni incómoda al llevarlo, la falda tenía leves lentejuelas mates pequeñas que hacían formas de ramas y flores, no era ostentoso, de inspiración del Gran Gatsby le aseguraron; lo conjuntó con unas sandalias de altísimo tacón de ensueño para cualquier mujer, de color cobre, y posteriormente le enseñaron un bolso a juego que añadió a su compra sin dudas. Volvió a pagar con tarjeta de crédito su elegante botín sin ningún tipo de mueca ni comentario sobre el elevado coste de la suma total, era casi el sueldo de un mes, pero tenía que reconocer que sentaba extraordinariamente bien comprar las cosas sin mirar el precio.
Decidió justo al cerrar la puerta de la boutique que no volvería a casa, no, no lo haría. Paseando por el agradable otoño madrileño se preguntó dónde le apetecía comer; las emociones solían quitarle el apetito pero en esta ocasión estaba más tentada de querer comerse el mundo que dedicarse al ayuno voluntario así que tenía hambre, el episodio del trabajo quedaba lejano y casi irreal. Se decantó por comer en algún restaurante poco concurrido pero de buena comida, lo encontró relativamente pronto y tras ordenar un consistente plato fue a los aseos donde se volvió a sorprender de ser la mujer que estaba al otro lado del espejo. Aun no podía creer que esa fuera ella y tampoco podía creer lo bien que podía durar sin estropearse una profesional sesión de maquillaje.
Desde su mesa observaba a elegantes señores de negocios, una pareja joven como de recién casados y dos amigas, dos señoras mayores que presumían de nietos quitándose la palabra de la boca una a la otra con la confianza que dan los años de amistad, sonreía íntimamente al escucharlas mientras en su paladar sus papilas gustativas tenían un festín gracias a una excelente y blanda carne acompañada de una exquisita salsa y unas verduras crujientes de guarnición. No recordaba haber probado nunca nada igual. El vino con el que le recomendaron comer aumentaba los sabores y siguiendo la nueva etapa de su vida, aceptó el consejo para el postre y solo se permitió perfilar su gusto para el café; la propuesta se convirtió en un exclente merengue al limón y un pequeño pero importante café expresso de sabor intenso.
Tras pagar la cuenta y dejar una adecuada propina, o eso creía, volvió a tomar su bolsa y atrevesó el comedor para abandonar el local, al pasar cerca de esos hombres enchaquetados que ya estaban en las copas de sobremesa y con las corbatas ligeramente desplazadas más por descuido que por gusto, se hizo el silencio, no era un silencio entre risas, ni de mofa, más bien al contrario era toda una retahíla de piropos sin articular palabra. Se sintió bien. No necesitaba la aprobación masculina ni era su leitmotiv pero siendo sincera, era un pequeño placer.
Sus pasos la llevaron a la Gran Via, aún no hacía frío, no había empezado a caer la tarde, más bien al contrario y las luces estaban sin prender. Desde pequeña le gustaba la amplitud, los edificios, le parecía lo más cosmopolita de Madrid, bueno, no sabía lo que significaba cosmopolita pero más mayor consiguió definir su emoción. Pensó en entrar en el cine pero un cartelón le hizo cambiar de opinión… iría al Teatro, había ido pocas veces en su vida y un musical le apetecía más que nada, consultó su reloj, miró los horarios en la taquilla y confirmó con la somnolienta taquillera que aún estaba a tiempo. Estudió los sitios y no miró los precios, compró finalmente su entrada y se dispuso a llenarse de magia y música durante un par de horas aproximadamente.
Se dejó llevar, vivió intensamente cada diálogo, cada canción, los ojos se le ampliaban para llegar a todos los rincones del escenario. Sorprendida como un niño la mañana de Reyes se introdujo tanto en la obra que acabó riendo y llorando como si ella misma formara parte del elenco o como si estuviera acurrucada en el sofá de su casa. Cuando terminó la función se quedó desubicada, tuvo que recopilar sus últimas horas para poder centrarse y saber dónde estaba.
Subió a los aseos, comprobó su maquillaje y con una pequeña toallita de papel quitó los excesos de brillo tal y como le había dicho esta mañana, – ¿o era hacía mil años? -, la maquilladora. Sacó su impresionante vestido y se cambió de ropa. La etiqueta unida a la ropa en un mínimo imperdible no le dió problema alguno. El peinado se le descolocó levemente y con una destreza insual volvió a colocarlo en su sitio. Se miró a aquel espejo largo, grande y corrido, algo sucio de salpicones de agua y desportillado en una esquina, nada glamuroso, era cierto, pero ese espejo le devolvió una imagen a la que ya se había hecho pero absoltuamente mejorada. Cambió sus zapatos y la altura casi le dio vértigo, por un momento temió no ser capaz de andar desde allí arriba. El bolso nuevo, algo más pequeño que el suyo, la obligó a hacer auténticas filigranas y una vez cerrado miró a sus viejas pertenencias, buscó su reflejo y le pareció increíble que aquello fuera de la misma persona. Guardó todo en la elegante bolsa y la acomodó al lado de la gran papelera. Repasó sus labios como si los maquillara por primera vez y así, perfecta, acometió la tarea de no rodar escaleras abajo.
Salió de un taxi y el frío le hizo saber que estaba viva. La puerta del Hotel Palace se abrió para ella. Un «Buenas noches, señora» le sentó como un guante. Eso era ella sin duda, una señora, una señora con clase y sin complejos. No quería que se le notara la auténtica impresión que le estaba causando el lugar. Nunca había entrado, era la primera vez, y mientras pisaba una alfombra con textura de nubes, subía unas escaleras hacia una maravilla circular coronada por una cúpula multicolor. Se estremeció ante la belleza y contempló como algunas personas tomaban café y refrescos en pequeños silloncitos tapizados de exquisito gusto mientras otros ocupaban unos sofás de cuento. El lujo era aquello, se dijo. Un señor alto y bien parecido le estaba hablando y ella no le podía ni oir impresionada por el entorno, el Maître, quizás acostumbrado, esperó pacientemente sin que en su rostro se descompusiera la sonrisa. Algo azorada consiguió decir que querría cenar, que iba sola y que, por favor, le pusieran en una mesa donde pudiera absorver toda la belleza.
La cena nuevamente fue pactada con los que sabían de aquello. Comenzó por un martini rojo con una rodajita de naranja y unos hielos perfectos y lo acompañaron con un aperitivo minúsculamente elegante de sabor intenso que se crecía en la boca. Cuando llegó una lubina minimalista acompañada de chipirones y la probó, pensó que hasta entonces no había comido nunca pescado si es que de verdad sabían así. Cada bocado era un golpe de mar y los disfrutaba como si nadara entre las olas.
Pocas veces fue a la playa, le imponía ese horizonte vacío y lejano. Le daba la sensación de que aunque hubiera mucha gente a su alrededor, eso de por sí ya le angustiaba, si el mar se la llevaba hacia delante no habría nada que la frenara; además tampoco era una nadadora experta. Sin embargo, le gustaba observarlo, el mar cambiaba de colores en un baile con los cambios cromáticos del cielo, eso sí le gustaba. También hacía ya mucho tiempo de aquello.
El postre le llegó devolviéndola al Madrid de secano, un redondito bizcocho de chocolate con un helado de vainilla a su lado eran una conjunción perfecta y más aún si iba acompañado de hermosas frambuesas. Nunca había comido frambuesas, estéticamente le parecían bonitas pero nunca tuvo la oportunidad. El bizcochito guardaba una agradable sorpresa, al partirlo con suavidad para llevarse a la boca la primera cucharada resultó que una lava oscura de chocolate caliente salía de su interior. Definitivamente era lo mejor que había probado nunca y la combinación de frío, calor y acidez eran un conjunto inmejorable. Lo disfrutó plenamente. Aceptó el café e incluso comió uno de los bombones que le obsequiaron. Sonrió para sí misma, había pedido una mesa para poder disfrutar del entorno y los magníficos platos la habían abstraído totalmente de su alrededor. Pagó la cuenta, preguntó por los baños y al salir de ellos por el lado contrario, hacia la derecha, descubrió un lugar para tomar una copa.
Más allá de la sidra «El Gaitero» en Navidad y el pacharán que le gustaba a su padre, no había tomado jamás una copa. Entró y simuló auténtica mundología, miró de refilón la carta y pidió algo que se llamaba Margarita pero que no tenía ni el más mínimo conocimiento de lo que era pues la servicialidad extrema y urgente del camarero le había impedido la lectura explicativa que había bajo el nombre. Observó maravillada que lo que había pedido tenía una elaboración casi de conjuro de bruja, el barman iba añadiendo cosas y finalmente cayó en su copa algo como un granizado que cuando sorbió casi la atraganta. Estaba fuerte pero sin embargo refrescaba. Los sabores eran absolutamente desconocidos y exquisitos. Se sintió elegante, se recostó levemente y un caballero se le acercó, de primeras se tensó precavida y asustada pero en esos lugares solo hay caballeros y no tuvo más que dejarse llevar.
Tras las cortesías del «perdone mi atrevimiento», «la he visto sola», «me gustaría charlar con usted», «he tendido un día horrible» y lo que ella suponía que eran las frases típicas de enlazar una conversación el caballero, Fernando, se sentó frente a ella. Era un hombre agraciado pero no guapo, de voz suave y timbrada, masculina y poco estridente. Resultó ser uno de tantos foráneos que tienen que ir a la capital por su trabajo que parecía bien remunerado. Divorciado con hijos universitarios. Sevillano.
La conversación era agradable y quizás fuera por la copa o por el cansancio, pero estaba cómoda y le resultaba interesante, se oía reir suave y de una manera un tanto increíble iba descubriendo que tenían gustos semejantes en la literatura, la música y en lo que no coincidían él le iba narrando su punto de vista de manera tan descriptiva que acababa convencida de su postura tanto que ella podría jurar que era algo que le había parecido impresionante toda la vida.
Algo cohibido por el atrevimiento le sugirió que fueran a un hotel cercano, con una expléndida terraza en la que acompañar la copa no sólo con frutos secos, sino también con el perfil nocturno de Madrid. Aceptó encantada y el pequeño paseo frente al Congreso le hizo despejarse y a la vez sorprenderse de su nueva osadía, la verdad es que le esta nueva vida le encantaba.
Madrid en la noche seguía siendo igual de bonita, le sorprendió lo poco que conocía su ciudad, la de cosas que se había estado perdiendo y lo cercanas que las tenía. El horizonte le hacía desviar la mirada de su acompañante al que oía complacida y le contestaba sincera, las copas volvían a llenarse, pero no tenía más signo de embriaguez que la que le estaba procurando la noche, ni siquiera sentía frío.
Empezó a ver clarear el cielo y se preguntó la hora, las seis menos cuarto, había pasado toda la noche hablando con un desconocido que ya le parecía amigo de toda la vida después de un día increíblemente emotivo. Era hora de retirarse. Suavemente susurró un…»debería irme» y no hubo ningún tipo de presión para que cambiara de planes. Eso le agradó. Bajaron por un ascensor transparente y esperó unos metros atrás a que le pidieran un taxi. Un formal y uniformado portero o botones, no sabía que rango darle, le abrió la puerta y la despedida se hizo inminente, se felicitaron ambos por haberse conocido, él le dió una tarjeta y un suave beso en los labios. Ella prometió llamarle.
El taxista inmutable esperó una dirección y ella dió la de su casa, pero al pasar por el Parque del Retiro vió como abrían las puertas y pidió que parara. Bajó del coche y se adentró en la estrenada mañana de árboles, senderos y flores. Caminaba sin rumbo, asimilando acontecimientos. Él jamás sabría que era el primer beso que recibía, ¡a su edad!, aun le temblaban los labios, y las piernas…El Palacio de Cristal se cruzó en su camino, entró saltándose un cordón que prohibía la entrada. Bailó despacio y sola por todo el recinto como si bailara acompañada y llevada en volandas por una elegante pista con una orquesta acorde…se dejaba llevar, era lo único que le había faltado a la noche, y ya estaba hecho, giró y giró y cuando paró, tomó absoluta consciencia de la realidad. No podría llevar esa vida y ya odiaba su vida anterior. A estas horas estaría ya aseándose para ir a trabajar…la oficina…¿cómo volver alli? Y por otra parte, ¿qué otra opción tenía? Hacía poco más de diez minutos tenía Madrid a sus pies y se sentía importante y ahora…¿ahora qué? No era más que una cenicienta urbana que había vivido unas horas que que no le correspondían.
Abrió su bolso y respiró hondo, se pintó los labios buscando el dudoso reflejo del cristal, se acomodó el peinado y el vestido…a pesar de la hora estaba perfecta.
«Nos llamaron enseguida pero no pudimos hacer nada. Ha sido una trayectoria de entrada y salida, algo limpio, en la salida rompió un cristal comisario, el arma era reglamentaria de su padre fallecido -comentó acuclillado un policía nacional- en su bolso está su DNI, los papeles del seguro para el entierro, y muchos recibos de pagos con tarjeta. No parece una mujer dispuesta a suicidarse, pero no hay duda. ¿Quién sabe lo que se le pasó por la cabeza?….»
CAMBIO DE LOOK
Esta mañana con el mes nuevo, el verano cogiendo carrerilla y siendo como soy me he decidido a darle un cambio de imagen al Blog. No es un gran cambio y no tengo detrás tres programadores, un community manager, un life coach, dos entrenadores personales y una asesoría fiscal -esto no debe faltar nunca-; simplemente es un tono más adecuado a la estación, algo entre la orilla de playa, las nubes difuminadas en las montañas y el aire acondicionado.
Lo cierto es que los otros colores, los tonos rosáceos anteriores, me resultaban de invierno, como me lo parecen las magdalenas y los abrigos de paño, y me parecía poco atractivo, hasta para mi, venir a echar una ojeada para leer vuestros comentarios (gracias, gracias, gracias) y a intentar juntar letras en una entrada nueva.
Espero que os guste, admito críticas como siempre, y aunque no es gran cosa solo quería avisar de que no os habéis equivocado de blog….sigo siendo yo.
EL PARÉNTESIS DEL CALOR
Cae el calor a plomo por mi ventana y aún boqueando como un pez recién pescado, doy íntimamente las gracias porque todavía no ha llegado de verdad el calor, el calor de este lado del río, el calor que supera los cuarenta grados centígrados, ese… el que estamos bordeando esta tarde.
Siempre he pensado cuando llegan estas fechas que no se debe de estar muy distinto en el infierno (Dante estuvo aquí documentándose) y me pregunto si andamos purgando en la tierra o pagando quizás el precio de algún gracioso que se pasó de la raya alguna vez. Algo semejante al «ganarás el pan con el sudor de tu frente» pero estacional y a lo bestia.
Pienso que debería existir un serio estudio con conclusiones concisas y certeras, nada de expertos de los que asesoran a políticos, gente seria con conocimiento de verdad que nos dijera por qué durante dos meses el Infierno se vuelve terrenal y hace su aparición. ¡Y que no me vengan con acercamientos al sol! ¡Nada de astronomía! Esto es mucho más serio…
Es difícil de explicar el sentimiento al abrir una ventana o una puerta, esa «bofetá» que agresivamente llamamos nosotros a esa entrada masiva de aire denso y caliente que te golpea en el cuerpo entero a lo Cassius Clay y te deja K.O en un asalto. No voy a intentarlo, ni tampoco recomiendo a nadie que la padezca en carne propia para comprenderlo… nadie me ha hecho nunca tanto daño como para deseárselo.
La chicharra me acompañó una siesta imposible de dormir, y estoy a la espera de una de esas tardes que languidecen dando paso a una noche en la que en el mejor de los casos es posible dormir algunas horas siempre y cuando los mosquitos no quieran volverse sangre de tu sangre.
Y mañana, más de lo mismo…
Pese a todo reconozco que prefiero el verano al invierno, sea donde sea, incluso en este infierno de andar por casa, aunque cuento los días para cambiar la piscina por la playa, el aire acondicionado por el salitre y las noches ardientes por el relente de costa…
Empieza la época de leer más que de escribir, de descansar, de ser hija y de ser nieta y ejercer de ello, de volver a ver amigas de siempre, de noches de cervecitas y sonido de abanicos, volver a ser un poco niña sin dejar de ser madre, que ya luego llegará septiembre…
16/ENERO/2012 ENTREVISTA A ALVITE
Esta entrevista nació por un cúmulo de casualidades y llevó mucho tiempo. En ella aparecen nombres de personas conocidas de José Luis Alvite, participantes continuos de su grupo en Facebook que colaboraron en la redacción de algunas preguntas a petición mía. Gracias a todos y espero que no os parezca mal la publicación en mi humildes gotas.
Por cierto, echo de menos sus maullidos.
R: Tendrá frío.
R: Paco Lara te dice que porqué tus relatos algunas veces son tan enrevesados y para decir una cosa le das tantas vueltas?
A: Vaya, eso me sorprende. Tendría que estar en su cabeza para tener esa percepción y responderle. Se puede escribir de una manera más simple, es obvio, pero para eso ya existían antes los telegramas y en algunas tribus usan el tan tan o las señales de humo, que no tienen sintaxis ni ortografía. Malher hace música. Las campanas de las Iglesias, también. Malher es más complejo, y las campanas, más simples. Para llamar a misa están bien las campanas; para disfrutar de la música, sinceramente, prefiero a Mahler.
R: Tus seguidores y lectores gallegos han podido disfrutar de una obra tuya que tenía lugar en un manicomio, «El manicomio de Alvite», ¿crees que podremos el resto acceder a este grupo de artículos en un libro en algún momento?
A: Esa es mi intención. Solo falta con dar con el editor adecuado, y con la persona que sistematice los textos y lo organice un poco.
R: Conmigo cuentas…claro..
R: Por último quisiera ponerme un poco trascendental, bueno…solo un poco.
A: Adelante
R: ¿Crees en Dios?
A: Es un asunto peliagudo, complicado, que no me atrevería jamás a reducir a una respuesta lacónica o efectista. Yo no soy creyente, ni ateo. Soy un agnóstico atribulado, angustiado, sin duda necesitado de resolver esa duda. He evolucionado mucho en mis actitudes frente a la religión y admiro a los creyentes. Porque contra lo que que se piensa, entiendo que lo fácil es no creer y que lo que requiere esfuerzo es la fue. Yo miro a mi alrededor y me doy cuenta de que los escépticos vivimos con miedo y envejecemos con pánico. Pero yo no creería jamás en Dios por conveniencia, como quien cree en la cirujía plástica, sino porque a veces creo que me lo pide el cuerpo. Supongo que Dios no es un capricho, ni una apuesta, sino una necesidad. Es algo que tengo que resolver sin complejos intelectuales de ningun tipo.
R: ¿Eres feliz?
A: No soy feliz en términos generales pero tengo razones personales muy íntimas, de índole sentimental, para considerarme un hombre muy afortunado y muy feliz. También es cierto que esa felicidad lleva aparejado sin remdio el temor a perderla.
R: ¿Qué te hace llorar?
A: Me hace llorar el heroismo cotidiano de la gente sencilla, sus esfuerzos para salir adelante, su resignación y su callada tristeza. Y me hace llorar el recuerdo de la inocencia perdida, de cuando en la mañana de Reyes incluso me hacía feliz jugar con la caja del regalo.
R: ¿Eres celoso?
A: Muy celoso. Insoportablemente celoso. Me doy cuenta de ello en intento controlarme, pero es una batalla siempre perdida. Si dejase de ser celoso, sería seña inequívoca de que ya no estoy enamorado. Comprendo que los celos hacen daño a los demás, pero ¡demonios!, también hace daño el fuego de la cocina si se nos va de las manos.
R: Me consta que eres un hombre muy generoso en todos los aspectos de la vida, pero dime, ¿qué es lo último que te han regalado?
A: Alguien que respeta mis decisiones pero sería feliz si yo dejase de fumar, ironicamente me ha regalado un sugerente y evocador mechero de martillo. Tiene grabadas las iniciales L.W., referidas a Lorraine Webster, el personaje femenino del Savoy que tantas veces acude como recuerdo a una cita con Al en la soledad de la madrugada. Supongo que ese mechero no es un incentivo para que fume, sino una tentación para que lea.
R: ¿Y lo último que has regalado?
A: Sinceramente no recuerdo cual fue mi último regalo. Soy muy descuidado con los gastos.
R: Una pregunta de Adela Martin Pose, si pudieras pedir un deseo, ¿cuál sería?
A: Soñar con ella dentro de la cabeza de la mujer a la que amo, para que no le quepa ninguna duda.
Otro deseo, que quienes tenemos las dos manos ocupadas, dejemos algo para que ocupen al menos una de las suyas las personas que no tienen trabajo en España.
R: ¿Confías en las personas?
A: Por desgracia, en eso voy caso por caso. Creo en la gente en general, pero me he llevado unos cuantos chascos. Lo que hago es perdonar. Tampoco guardo rencor. No sé hacer esas cosas tan ruines. Aunque reconozco que tiene su encanto, me falta habilidad para el mal.
R: Mari Carmen Diaz Guerrero te pregunta, ¿Qué asignatura tienes pendiente en la vida, aspiras a conseguirla?
A: Como nunca me he marcado un objetivo profesional, no considero que tenga metas sin alcanzar. Mi idea de la satisfacción consiste en llegar a donde sea y pensar luego que ese es justamente el sitio al que tendría que haber llegado. Mis metas incumplidas son de otro orden y tienen más que ver con mi felicidad sentimental y con mi conciencia. Si es a esas metas a las que se refiere la pregunta, mis metas sin alcanzar tienen que ver sobre todo con mi estabilidad espiritual.
R: Tu sobrino Nacho, que sé que es especial para ti y que os tenéis un gran cariño ha tenido la deferencia de mandarme también una pregunta pese a que evidentemente vuestros lazos familiares dan para otra confianza… El te pregunta ¿Cuál fue el momento más feliz de tu vida?
A: Nunca me he preocupado de hacer una lista de momentos felices. Mis tres paternidades son momentos felices, pero hay mucho más que tienen un rango distinto y son tambien esenciales en mi vida. En el orden profesional, mi primer contacto con Carlos Herrera es sin duda fundamental. Y no podría negar que fui feliz las dos veces que me casé.
Pero en conjunto mi máxima felicidad fue durante la infancia y el comienzo mi adolescencia.
R: Después de tantas preguntas me queda la de Luchy López a la que por motivos de auténtica osadía al atreverme a hacerte esta entrevista, me añado: ¿Qué pregunta te hubiera gustado contestar y sin embargo, jamás te la hizo nadie?
A: Podrían preguntarme por mis remordimientos, que son unos cuantos y me tienen siempre muy ocupado. Pero no estoy seguro de que fuese capaz de conestar porque me hace mucho daño recordar los motivos por los que tengo esos remordimientos.
La entrevistadora tiene conmigo la suficiente confianza para estar al tanto de esos remordimientos y creo que comprenderá que sea reservado.
R: Comprendido.
Te he oido en varias charlas a las que he tenido el inmenso privilegio de asistir contigo, con periodistas de la vieja escuela, que las redacciones ya no son lo que eran, que no hay sonido de máquinas, ni humo, ni alcohol en el cajón del redactor jefe, sin embargo tú ahora escribes desde casa, cómodamente, llega rápido, sin necesidad de llegar a la redacción…el mundo avanza, ¿que opinión tienes hoy de facebook?
A: Facebook ha sido una agradable sorpresa para mi. Recelaba de las redes virtuales. Me parecían una estupidez. Es obvio que mi actitud frente a ellas es ahroa bien distinto. Muchas de mis mejores amistades las tengo en Facebook. En La Red no hay antros, ni garitos, ni copas, pero hay imaginación. Y la imaginación es el material con el que trabajo más a gusto.
R: Termino ya, ¿he aprobado?
A: Has sido un hallazgo periodístico, pero no me sorprende porque te conozco. Tu actitud es verdaderamente profesional y me confirma en la idea de que el periodismo pertenece a la gente que lee. A esa gente, a ti, es a quien hay que devovlerle la iniciativa de la verdad. Gracias por la entrevista. Ha sido un honor y espero haber estado a la altura.
Naturalmente, agradezco el interés y las preguntas de mis amigos de Facebook, a quienes tanto debo.
R: Gracias por todo, por la confianza y el cariño.