Me he pasado media vida oyendo, respondiendo, aconsejando, consolando, animando, sonriendo, apoyando, queriendo, dando…y no me pesa. Ya conté alguna vez que siempre he sido «la oreja del mundo», alguien que oye, no juzga, comprende y si hace falta -y así me lo piden- da ideas para salir de la espiral en la que se ha metido la persona que se confiesa conmigo.
No soy mejor que nadie, ni más santidades me acompañan que la empatía y cierta frustración de no poder hacer más. Odio que la gente sufra. Cada uno tenemos el umbral del dolor más alto o más bajo y lo que para unos no es más que una tontada para otros es un drama de tamaño extraordinario. Cada persona es un mundo y a la hora de sufrir, también.
Me gusta estar, bueno…incierto, me creo en el deber de estar cuando alguien manda señales de agobio, de angustia ante algún problema…Quizás me equivoque y sea el individuo el que debe hacer frente a sus problemas de manera autónoma, pero es que a mi me gustaría que si yo me veo en esa situación fuera así, que cuando tengo un problema, cuando pienso que no puedo más, una persona me pregunte qué puñetas me pasa y en qué puede ayudar. O me escuche.
Y en los últimos tres años he necesitado tres veces, sólo tres, el apoyo de alguien. Suelo ser llorona, muy llorona, pero mientras lloro aprieto los dientes y aguanto el tirón de lo que venga. Prefiero aguantar sola y no hacer mucho ruido. Reconozco, sin embargo, que en esas tres ocasiones sí que miré a mi alrededor a ver quién estaba y fue desolador saber quién me quedaba.
Nadie está obligado a estar conocer tus problemas, es más, nadie tiene por qué estar pendiente de lo que sientas o te suceda, pero acostumbrada a mirar por los demás, cuesta entender que nadie en momentos sonados no mire a donde te encuentras y te pregunte cómo estás.
Las tres ocasiones de las que hablo tuvieron mucha repercusión entre amigos y conocidos, sobre todo las dos últimas que lamentablemente han sido muy seguidas, y han sido hasta noticia nacional. Lo digo porque yo sola me he dicho a mí misma que a lo mejor no se habían enterado, pero francamente, una cosa es no autocompadecerse y otra autoengañarse. Aún así, menos mal que no pasé lista porque me hubiera sentido bastante sola.
En la última, tan reciente, sólo tres personas se dirigieron a mi, personas que prácticamente no me conocen y a duras penas han cruzado doscientos ochenta caracteres conmigo, y de las dos a las que le dije que estaba jodida, sólo me respondió una…la otra… al día siguiente. Es obvio que hablo de amigos y conocidos, el que nunca falla, el que siempre está, aquí sigue intentando que sonría.
Sé que no voy a cambiar y voy a seguir dando la cara por los demás, sé que seguiré siendo exactamente igual porque no puedo ser de otra manera. Seré la de siempre hasta con las mismas personas que no estuvieron cuando me hizo falta, mi RH es el de las poco rencorosas y bastante tontas. Quizás la moraleja sea que no debo esperar nada de nadie, que es algo que más o menos tenía claro, ahora además sé que ni haciendo señales, quemándome a lo bonzo, o con los famosos cañones con las que las gaditanas se hacían tirabuzones…tendría respuesta.
Autor: @AhoraRo
BAILES DE DESDÉN
«¿Sabes nena? No eres más que mi mejor excusa para no dormir solo esta noche, ni siquiera tengo claro que seas la mejor pero tampoco tengo ganas de buscar alguien mejor que tú. No me hagas mohines que tú tampoco quieres volver a esa habitación destartalada que te empeñas en adecentar colgando cuentas de cristal y vaporosas telas como si con atrezzo consiguieses convertir una pocilga en un palacio».
Se levantó con algo parecido a la desgana y desde allí contempló a la monada fiera que le miraba desde el otro lado de sus ojos, la que con el arma del silencio no se permitía ni la condescendencia de contestar lo que ella consideraba palabras huecas como su cerebro. Le tendió la mano, justo después de colocarse bien los puños de la camisa, y ella aceptó más por costumbre que por ganas. Sus perfectas piernas caminaron en unos usados zapatos de tacón a los que aun les quedaban muchas temporadas y juntos se aceraron a la circular pista de baile.
En el fondo eran una pareja llamativa y ambos lo sabían. Él tan elegante, impoluto y con un afeitado perfecto, oliendo a loción y crema para el pelo; puede que el traje fuera de los baratos pero su figura hacía más que los dólares, y en sus ademanes de dominación y conquista iba el esto de su atractivo. Ella tenía toda la belleza sureña que se puede esperar, ojos desgarradoramente grandes, con una melena negra que contrastaba con su piel blanca y su rostro finalizaba en una boca carnosa de rojo mate y gesto ganador; la seda turquesa le caía como una segunda piel y su escote no se permitía palpitar.
Como en un guión aprendido sonó el don del trompetista y él le ciñó aun más la cintura al tomarla en su abrazo y hasta los demás bailarines se iban retirando poco a poco para darles el espacio que merecían. Su manera de tomar la pista era un clásico del club, sin más enseñanzas que las que le iba poniendo la vida, su baile se convertía en una tensión de fuerza y deseo envuelta en notas musicales. Sin resultar vulgares u obscenos eran tan eróticos que el cantante paraba en ocasiones a tragar saliva congestionándose por momentos.
Al terminar se separaban y ni se dirigían la mirada, los de las mesas salían del trance y contenían las ganas de aplaudir y en alguna que otra ocasión, ricachones les habían invitado a alguna botella e incluso a ella le habían llegado joyas en estuche de terciopelo, por supuesto aceptó la joya y no entregó nada a cambio.
Una nueva copa les hacía volver del ensueño del compas del baile donde sus cuerpos hablaban sin necesidad de palabras, y tras un trago que les refrescara del esfuerzo de contención y coordinación, fue ella la que por fin le dirigió la palabra…
«¿Sabes cielo? Esta noche no seré tuya, ni lo seré ninguna más. No eres más que un buen bailarín que no tiene más ambición que unas piernas alrededor de su cuerpo para llegar al día siguiente. No eres suficiente para mí. Piensa bien lo que haces, encanto, no intentes ponerme la mano encima, conoces mis habilidades y lo que escondo junto a mis medias, así que prende mi cigarrillo y acéptalo como un hombre, si es que puedes.»
VIAJE A LA MUERTE
Aún no recuerdo como fue todo, cómo llegué a ese extremo, creo que estaba en casa, pero igual estaba en la calle. Intento recordar pero está todo borroso, no acierto a traer a mi memoria qué fue lo último que hice. ¿Dónde estaba ahora? Estoy en mitad de la nada y tumbada. Veo el cielo azul, sin rastro de nube, pero no noto el asfalto en mi espalda. Ahora escuchaba voces a mi alrededor, eran lejanas y monocordes, al menos eso me parecía a mi.
Por fin fui consciente de mi realidad, estaba en la calle, había una ambulancia y la paciente era yo, algo me había sucedido, la lona plastificada azul a duras penas suavizada por una gastada sábana me empezaba a hacer sudar. Ya estaba bien seguro, fuera lo que fuera ya había pasado. No notaba ningún dolor.
Fui a bajarme de la camilla y mi alrededor volvió a inclinarse sin remedio, la carretera se volvió acantilado, creí ver agua cayendo en cascada y los coches que circulaban por la calzada parecían resbaladizos salmones luchando por desovar, zumbaron mis oídos e intenté fijar la vista en algo para no desfallecer, noté que mi cuerpo se abandonaba y mi alma, si es que yo tenía, se despegaba de mí.
Conseguí darme cuenta de que las voces desaparecían, alguien me dio un terapéutico abrazo que no era cariño sino una manera de volverme a tumbar en la camilla, y el balanceo posterior me pareció que era porque me subían a la ambulancia que navegaba en mi río imaginario. No hice por luchar, de repente recordé que ya no recordaba y decidí que prefería buscar el consuelo de la inconsciencia y cerré los ojos.
El viaje en ambulancia no es más que una preparación a la muerte, es un servicio público donde te van enseñando cómo son las distintas fases antes de exhalar el último suspiro. Sea grave, muy grave o leve la dolencia que tengas, al bajar de la ambulancia ya estás directamente casi cadáver, de hecho mientras cantan el cuadro clínico cual niños de San Ildelfonso van mirando de reojo la hora para ir preparando un solemne «Hora de la muerte».
La camilla en la ambulancia va en sentido contrario a la marcha, no dudo que son motivos logísticos, pero marea, las rotondas son un cóctel nuclear a la boca del estómago, un brutal golpe de boxeo a los bajos. Los frenazos, paradas y curvas se unen al conjunto de catalizadores del desconsuelo. A esto hay que unirle el traqueteo propio de una cama articulada, incómoda y con ruedas anclada al suelo de una furgoneta, con distintos elementos colgados y balanceantes. Por último y no menos importante el ensordecedor sonido de las sirenas.
Cuando por fin el frenazo es el último lo sabes porque la puerta del conductor se ha cerrado de golpe y se abren de par en par las de atrás, y como si fuera una seis cajas rojas apiladas llenas de botellines de Coca-Cola vuelves a los ruedines infantiles y entras por la puerta de Urgencias sabiendo que lo mejor que te puede suceder es la muerte.
Incluso con el dolor intenso que tenía en el alma por el puro miedo a no saber qué me pasaba, el viaje hasta el hospital hizo que priorizara el físico y no podía negar que mi salud había empeorado pero no causa de mi tragedia personal, si no porque el viaje fue horrible.
SI NO ESTOY
Te escribo esta carta por si algún día no estoy, por si sucede que para mí no hay mañana. No, no pongas mala cara. Nunca se sabe dónde tenemos la caducidad y detrás de qué esquina está nuestro fundido a negro.
Puede suceder que esos amaneceres que disfruté pensando en ti, cuando solo hacía minutos que te habías despedido con un beso y un te quiero, no lleguen. He pasado muchos de esos principios del día con una taza de café humeante en las manos y sin más abrigo que cruzar mis brazos y mi amor por ti. En esos momentos en los que parecía que un organizado estilista iba colocando los colores según una programada escaleta, cuando aún el día olía a nuevo, ha sido -y es- mi momento favorito para evocarte y conjurarte a mi lado en tu ausencia y entonces, ser consciente de todo lo bueno que has traído a mi vida.
Desde la primera vez que me miraste a los ojos de frente y te respondí de igual manera -con osadía y sin miedo- hemos dado muchos pasos juntos en ciudades distintas, las mismas manos entrelazadas por diferentes paisajes, tú y yo con igual ilusión y el tiempo contado en canas de más. Incluso había épocas en las que mi pensamiento del amanecer estaba trasladado al ocaso, y mi síntesis de vida, mi disfrute íntimo de cada brizna de cariño, era buscando los colores que preceden a la noche. Eso fue antes de que a esas horas mi vida fuera un agotado trajín de fin de jornada, remate final de un día eterno al que sin embargo le faltaron siempre horas.
Siempre te he dicho que si no estoy lo celebréis con una fiesta, un bar, muchas copas y la alegría de que voy a un sitio mejor, donde seguiré cuidando de ti, de vosotros, y que aunque la pena es un sentimiento lógico y las lágrimas son biología natural en esos momentos, no quiero que te regodees en el drama o en el dolor. Beber, recordar y brindar es sin duda lo mejor que podéis hacer por mí.
Sabes que las cosas siempre salieron a la segunda y que jamás nos vencimos a la primera, pero del valle de los calladitos no se vuelve, así que habrá que asumir que esa vez será definitiva y sin más oportunidades. Aunque ya me conoces, soy capaz de echarle un pulso a la muerte, o al tiempo, por pura cabezonería y ganarme otra prórroga más. No te confíes.
La vida sigue cuando falta alguien, el mundo no se para, no hay tiempo para lamentaciones eternas, y un día sin vivir es un día perdido para siempre porque nunca volverá a ser ése que fue. No dejes que se te escapen.
Puede que finalmente seamos esos viejitos adorables y gruñones que tanto deseas que seamos y que yo me niego a contemplar como opción. Puede que quede mucho para que dejen de pasar los amaneceres por mi vida, pero por si acaso no olvides que lo mejor de mí, eres tú.
LA SIMPÁTICA
Aunque suene raro…tuve quince años. Suena extraño porque a ratos me suena casi increíble a mi, tengo que evocar el tacto de la falda de cuadros del uniforme, visualizarme subiéndome una y otra vez los calcetines verdes y reafirmar mi rebeldía con la falda remangada en la cinturilla o sacando el polo por fuera. O aún peor…colocándome las hombreras atrapadas con el tirante del sujetador.
Yo estaba en un colegio de niñas y jamás me sentí mal por eso, no lo consideré una desventaja -ni una ventaja- y no me he quedado coartada para mi trato con los varones a lo largo de mi vida. Ni los considero superiores ni inferiores, no me dieron jamás miedo y de hecho me suelo llevar bastante mejor con ellos que con mis compañeras de género, seguramente porque hasta los peores pueden llegar a ser más nobles que nosotras. No es tópico, seamos sinceras. Eso si, estar en un colegio femenino te enseña a comprender cuánta maldad puede haber entre iguales y creces defendiéndote y encajando golpes.
Como suele suceder en la adolescencia los individuos se agrupan en pandillas, en los que se sienten reforzados y parte de algo. Nosotras éramos cinco amigas, por aquel entonces, y como en todos los grupos cada una tenía un rol. La guapa, la seria, la tímida, la simpática…Yo era la simpática, también era la más gordita.
En mi ciudad llegó entonces, 1990, la moda de las discotecas sin alcohol -donde por cierto, había y se servía sin problemas- y allí íbamos todos, manadas de adolescentes haciendo cola para entrar. Jugar a ser mayores era la mejor opción.
Y como desde tiempos inmemoriales los grupos de ellos se acercan a los grupos de ellas…que por supuesto esperan que se acerquen. En este punto, ¿a quién buscaban? Pues a mi…yo era la primera de todas mis amigas que tenía trato con el conjunto de contrarios…y siempre igual: «Hola. ¿Cómo te llamas?…» hasta aquí bien, luego la crueldad: «¿me presentas a tu amiga?»
¡Zas! No fallaba, y entonces «la guapa» casi sin mirar decía hola y les daba la espalda y allí se quedaban plantificados y yo con ganas de pedir perdón por el desplante. Siempre fui la llave para que llegaran a «la guapa», todavía no entiendo por qué no iban directamente a conocerla a ella…quedará entre los misterios irresolubles de mi vida.
Esa escena fin de semana tras fin de semana, yo no se como tenía moral para seguir saliendo, porque lo definitivo era cuando el niño que me gustaba se acercaba y entonces…»¿me presentas a tu amiga? «¡Señor qué cruz! También he de decir que ni asesiné ni odié a mi amiga, acabé llevándolo con una dignidad casi heroica. Y tengo mi mérito.
No es que no hubiese ningún niño que me «eligiera» a mí pero en la edad del pavo hay cosas que se quedan a fuego grabadas en la piel y en la memoria. Luego la vida avanza y las cosas no fueron como entonces ni se les da esa importancia, sobre todo. Hoy me rio y hasta puedo sentir nostalgia de esos momentos en los que era el patito feo, simpático, pero feo.