LA SIMPÁTICA

Aunque suene raro…tuve quince años. Suena extraño porque a ratos me suena casi increíble a mi, tengo que evocar el tacto de la falda de cuadros del uniforme, visualizarme subiéndome una y otra vez los calcetines verdes y reafirmar mi rebeldía con la falda remangada en la cinturilla o sacando el polo por fuera. O aún peor…colocándome las hombreras atrapadas con el tirante del sujetador.
Yo estaba en un colegio de niñas y jamás me sentí mal por eso, no lo consideré una desventaja -ni una ventaja- y no me he quedado coartada para mi trato con los varones a lo largo de mi vida. Ni los considero superiores ni inferiores, no me dieron jamás miedo y de hecho me suelo llevar bastante mejor con ellos que con mis compañeras de género, seguramente porque hasta los peores pueden llegar a ser más nobles que nosotras. No es tópico, seamos sinceras. Eso si, estar en un colegio femenino te enseña a comprender cuánta maldad puede haber entre iguales y creces defendiéndote y encajando golpes.
Como suele suceder en la adolescencia los individuos se agrupan en pandillas, en los que se sienten reforzados y parte de algo. Nosotras éramos cinco amigas, por aquel entonces, y como en todos los grupos cada una tenía un rol. La guapa, la seria, la tímida, la simpática…Yo era la simpática, también era la más gordita.
En mi ciudad llegó entonces, 1990, la moda de las discotecas sin alcohol -donde por cierto, había y se servía sin problemas- y allí íbamos todos, manadas de adolescentes haciendo cola para entrar. Jugar a ser mayores era la mejor opción.
Y como desde tiempos inmemoriales los grupos de ellos se acercan a los grupos de ellas…que por supuesto esperan que se acerquen. En este punto, ¿a quién buscaban? Pues a mi…yo era la primera de todas mis amigas que tenía trato con el conjunto de contrarios…y siempre igual: “Hola. ¿Cómo te llamas?…” hasta aquí bien, luego la crueldad: “¿me presentas a tu amiga?”
¡Zas! No fallaba, y entonces “la guapa” casi sin mirar decía hola y les daba la espalda y allí se quedaban plantificados y yo con ganas de pedir perdón por el desplante. Siempre fui la llave para que llegaran a “la guapa”, todavía no entiendo por qué no iban directamente a conocerla a ella…quedará entre los misterios irresolubles de mi vida.
Esa escena fin de semana tras fin de semana, yo no se como tenía moral para seguir saliendo, porque lo definitivo era cuando el niño que me gustaba se acercaba y entonces…”¿me presentas a tu amiga? “¡Señor qué cruz! También he de decir que ni asesiné ni odié a mi amiga, acabé llevándolo con una dignidad casi heroica. Y tengo mi mérito.
No es que no hubiese ningún niño que me “eligiera” a mí pero en la edad del pavo hay cosas que se quedan a fuego grabadas en la piel y en la memoria. Luego la vida avanza y las cosas no fueron como entonces ni se les da esa importancia, sobre todo. Hoy me rio y hasta puedo sentir nostalgia de esos momentos en los que era el patito feo, simpático, pero feo.

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