Sonó el despertador y lo apagó de malas maneras. Lo hubiera tirado contra la pared si no temiera un desconchón o una antiestética raya negra en mitad de la misma. Cómo se podía odiar tanto a un ser inerte.
Al final siempre era igual, incorporarse despacio y buscar la goma del pelo que ya se había vuelto a perder. Recogerse el pelo de cualquier manera y buscar mientras las zapatillas. La de veces que se decía que en las películas siempre estaban perfectamente alineadas al lado de la cama, incontables las ocasiones que se proponía hacerlo. Nunca lo había conseguido. Ni un solo día. Era propósito de primera hora que no llegaba a la noche.
Pasar por el baño. Olvidar poner el agua caliente para lavarse las manos y desechar la idea de hacerlo ya para bajar la hinchazón de los ojos. Hacer a tientas un café. Mordisquear con ganas una tostada.
Es más literario suponer que se come sin ganas, pero ella comía con ganas y más el desayuno. Ni las lágrimas le quitaban el hambre. Bueno, no era cierto, antes las lágrimas no le quitaban el hambre, ahora -sería cosa de la edad- podía pasar sin comer con más facilidad.
Hoy tenía hambre, se analizó, podía comerse todo el pan que quedaba. Despacio, sin prisas, disfrutando y reflexionando. Tostadas con aceite, con mermelada, con jamón de york, más café…pero no podía. La esclavitud de la dieta y de la talla de la ropa era una espada de Damocles pocas veces pregonada.
Ducha, arreglarse y correr. No era vida. En algún momento alguien debería parar el mundo tal y como estaba establecido. Esta vida no era lo que esperaba. Era malvivir. Tampoco podía quejarse demasiado. Luego le reprochaban que era una quejica.
En ese momento le vino a la mente la conversación de la noche anterior. (Bendito internet, cuánto le acompañaba.) Casi pudo sonreír cuando recordó como le afeaban las conductas femeninas. Así, en general, sin paños calientes, le criticaban que las mujeres lanzaban mensajes de amor esperando un hombre perfecto. ¡Sin ser ellas perfectas!
Le dolió, bueno, no fue dolor, fue orgullo herido por el comentario porque ella no era así. Siempre tuvo los pies en la tierra, a veces hundidos en el fango. Tenía claro que estaba llena de defectos y sabía que el amor no era algo etéreo y de cuento de hadas.
Los príncipes azules la mayoría de las veces llevaban un mono de trabajo y en ocasiones, un traje de chaqueta. No habían nacido para complacer a la mujer como a una infantil princesa caprichosa sino para crear juntos una dualidad de apoyo mutuo. Limar defectos, aunar virtudes. Ser feliz sin la estridencia del cinemascope. Y además las mundanales características del sexo, el día a día, la ropa por planchar.
Es cierto que algunas no lo habían entendido y seguían buscando. Lo triste es que a veces hacían mucho daño a su paso. Llegaría el día en el que la sensatez entrara en sus vidas y fueran conscientes de que perdieron trenes que merecía la pena tomar. Puede que luego fuera un viaje divertido o nefasto pero siempre quedaría la experiencia.
Y luego estaban las inmovilistas, las que se habían creído que sólo con subirse a un pedestal a que las observaran era suficiente. También es cierto que había visto a más de uno sucumbir a historias parecidas, incluso ellos mismos las ponían en un pedestal sólo para disfrutar de su joyita. Luego se quejaban de que les faltaba acción…Pero claro, a ver quién era la lista que les hacía ver que la culpa era de ellos.
No era justo que las metieran a todas en el mismo saco, pero en el fondo lo comprendía. Tampoco iba a luchar por hacerles cambiar de idea, ni a los unos, ni a las otras. Eso también lo había aprendido: era inútil.
En el fondo, era imposible establecer reglas generales, filosofó, generalizar era un defecto y más en estos temas. Pero era inevitable. Al final, siempre nos movíamos en el debe y el haber. En cómo debería ser y cómo lo hacemos. Qué esperamos y qué ofrecemos.
Dejó de sonreír recordando la conversación anterior, dejó de tener pensamientos profundos, apartó de su mente las posibles respuestas que daría a quien le hablara de esas generalidades sobre las mujeres. Se quedó mirando fijamente a su enemigo público número uno. El despertador con sus luces fluorescentes le recordó que de manera irremediable, llegaba tarde a trabajar…
Autor: @AhoraRo
CABALLEROS
Hoy me quiero solidarizar con el hombre moderno. Es cierto que lo he hecho en más de una ocasión, pero estoy convencida de que en estos tiempos inciertos-ya, la frase no es mía, ni tan siquiera es original- es el sexo débil. Ruego encarecidamente que no entremos en tipificaciones específicas, es decir, sé que hay luchadores de sumo, violentos ultras, aguerridos esteparios, pero yo me refiero al hombre normal. Bueno, voy a puntualizar, al hombre normal y educado.
No hace tanto todos los hombres pese a su condición humilde tenían una cierta educación y saber estar. Puede que no tuvieran estudios, que trabajaran de sol a sol, que apenas tuvieran tiempo de enamorarse de su maestra, pero sabían estar donde correspondía en determinados momentos. Habrá quien me diga que era miedo o represión, yo no lo creo, pienso que era más bien cuestión de respeto.
No sé si lo he comentado alguna que otra vez, pero de los hombres más educados y cultos que recuerdo en mi vida, por encima de algún Obispo, estaba el charcutero al que íbamos en el Mercado (Plaza de Abastos me suena mucho más bonito, y así se llama). Llevaba toda su vida detrás del mostrador y se jactaba de cortar, de espaldas y a cuchillo, el salchichón en lonchas finitas. Yo nunca lo vi porque ya llegué en la época de las cortadoras de fiambre automáticas pero de lo que nunca presumió era de la educación y el saber estar que tenía. Y sin embargo era excelente. Más mayor, él y yo, cuando ya podía darle el dinero sin ponerme de puntillas, me enteré que era un sabio que además dominaba el Quijote y sus recovecos. A penas estuvo en la escuela: leer, escribir y las cuatro reglas.
El hombre educado de hoy -repito que no tiene que ver con posición económica o social, estudios superiores o zona geográfica- tiene una difícil tarea para constar como un señor y a la vez no herir nuestra independiente sensibilidad femenina.
Por ejemplo, a las mujeres nos gusta el gesto de que nos ayuden a ponernos o a quitarnos el abrigo, sabemos hacerlo solas, es cierto, pero es un gesto de elegancia que agradecemos. También la de que nos presten la chaqueta si hace mucho frío. No pasa nada por abrir la puerta del coche solas, pero si está lloviendo y te sujetan el paraguas mientras la abres para que no te mojes, pues ese caballero gana enteros.
Sin embargo ha habido costumbres que se han tenido que ir desterrando, más que nada por miedo a morir desangrados por mirada letal. Hoy ningún hombre te elige lo que vas a tomar de cena. Puede que el chef sugiera, que te comenten el plato estrella, pero jamás se decide que vas a tomar o cual vino se va a pedir sin una conversación previa, aunque sólo sea «Elige tú que conoces mejor el local».
Como estos ejemplos, muchos, y yo les tengo cierta consideración a los que se esfuerzan por ser unos caballeros y a los que lo traían aprendido de hace años y se intentan poner al día, limando lo obsoleto. No lo reconocerán, pero estoy convencida de que les gusta pensar que son, a diario, caballeros elegantes de chaqué y británicos modales. Porque además saben que un señor que se precie es un derroche de masculinidad.
A mí, en el fondo, y en las formas, me producen cierta ternura…
MERIENDAS
Querida amiga:
¿Te acuerdas cuando éramos pequeñas? ¿Tienes el sabor aún del último bocado de la merienda? Casi puedo vernos con la boca llena, haciéndonos aspavientos exagerados, citándonos para continuar el juego.
¿Recuerdas aquel día en el que me castigaron y tú estuviste enfrente de mí todo el tiempo? Yo estaba en una silla del pasillo, sentada y en silencio, asumiendo que había contestado algo inadecuado y fue cuando llegaste tú. Mamá te dijo que yo no podía ir a juagar y tú te autoexpulsaste del juego para quedarte a mi lado. Bueno, frente a mí. Jamás tuve una conversación más elocuente sin decir una sola palabra. Nos reíamos con los ojos y vocalizábamos palabras sin sonido. Ahora, con la edad, supongo que mamá lo veía y callaba risueña. Pero qué listas nos creíamos entonces…
¿Y cuándo fuimos solas a comprar ropa? No sé como no nos echaban de las tiendas. No siempre eran grandes tiendas de moda donde coges lo que quieres y vas al probador…volvíamos locas a las dependientas, pobres, sin llevarnos nada. Aún tengo remordimientos, pero en nuestro descargo diré que, por lo menos yo, no tenía mala intención.
Qué importante nos sentimos cuando por fin, pasada la madrugada, fuimos a las fiestas sin vigilancia. Te recuerdo con los ojos muy abiertos, entre el miedo y la expectación. ¿Recuerdas aquel chico que nos preguntó el nombre? Soy incapaz de recordar como se llamaba, apenas su rostro, pero con la emoción a ti se te secó tu propio nombre y yo, siempre tan elocuente, dije el de las dos. Fui consciente de que habíamos dejado de ser niñas, por fin.
¿Qué pasó luego? ¿Cómo avanzó todo tan deprisa? ¿Cuándo el tiempo dejó de contarse por horas de colegio y lápices sin punta? ¿En qué momento los juguetes se cambiaron por los diarios íntimos y los peluches se convirtieron en compañeros a los que abrazar cuando nos sentíamos las «más desgraciadas del mundo»? ¿Dónde están esas noches de estudio y risas? ¿Por qué se fueron las tardes de bizcochos y chocolate?
Nos hemos hecho mayores amiga. Somos nuestras madres y a duras penas nos reconocemos en el espejo. Hacemos dieta, usamos cremas, vamos al gimnasio y no hay duda, estamos estupendas, pero se nos fue la magia del olor a plastilina, de los primeros besos, de creer que ir de la mano por la calle era una osadía, de hacer apuntes con rotuladores de colores…
Quizás, en el fondo de nuestra mirada o en el dibujo de nuestra sonrisa nos quede parte de la infancia. Confío en eso. A fin de cuentas, amiga, somos lo que fuimos.
Me despido ya querida, ya hablaremos como tantas otras veces, pero hoy he tenido un ataque de nostalgia. Lo más seguro es que necesite merendar.
DEFRAUDAR
Aunque parece que ya estamos más avanzados, la verdad es que todavía no se habla con normalidad de los sentimientos. Quizás sea que el sentir, como acto íntimo y subjetivo, lleva aparejado cierto grado de incomunicación. Puede que la naturaleza de lo que sentimos sea la del silencio.
Es cierto que hemos superado algunas barreras. A Dios gracias, las mujeres que sufren maltrato van a denunciar, los niños no temen a sus padres y hay amigas (o amigos) que no prejuzgan y saben consolar, sobre todo en tema de amores. Pero hay temas que no se abordan y si se hace es de puntillas. Todos los sentimientos que llevan anudada la vergüenza.
Yo no sé si a los demás también les pasa. Supongo que también podríamos establecer diferenciación entre la teoría y la práctica. Soy una firme defensora de que en teoría todos conocemos cómo quisiéramos ser y cuáles son los valores que nos gustarían que nos adornaran. Otra cosa es que consigamos tenerlos.
Yo, en la teoría y en la práctica, odio defraudar.
Creo que es de las cosas que más me atormentan. Me quita el sueño, me desliza las lágrimas. Saber que alguien espera algo de mí o merece un comportamiento determinado por mi parte, y no ser capaz de hacerlo me desgarra el alma. No me importa que mi inactividad (o error) haya sido queriendo o sin darme cuenta. Me da igual que me haya esforzado, incluso por encima de mis limitaciones personales, si al final no he acertado, me hundo.
Soy consciente de que hay personas que no miran lo que piensan los demás, sé que hay cierta autocomplacencia sobre los actos propios. «Yo he hecho lo que he podido». «Esto es lo que hay, al que no le guste que no mire». «¿Cómo voy a saber lo que quieres si no lo dices?» «Lo hecho, hecho está». Yo reconozco haber caído alguna vez en esto, sobre todo si no afectaban a nadie o yo no les daba importancia. A posteriori, en ocasiones, me di cuenta de que sí que afectaban o que eran importantes, y entonces surge el remordimiento.
Sí, es remordimiento, pesar, angustia, vergüenza…Es una amalgama de sentimientos de culpabilidad y sonrojo interior que me paraliza. Pese a mi mala memoria (selectiva, dicen algunos) esos momentos no los olvido nunca. No es por orgullo malherido, no es por odio a quien me afea o me recrimina con cariño una mala conducta, no es porque me haya molestado una mirada de desencanto…es la horrible losa de haber fallado a quien no lo merecía.
Supongo que a alguno de los que me leéis aquí os habré fallado alguna vez. No tengo excusa. Sólo os pido perdón y gracias por seguir ahí, pese a todo.
EL MISMO TEMA
Se levantaba temprano para tener la sensación de tener una ajetreada vida laboral, una intensa vida social, una acogedora vida familiar…y a duras penas tenía una vida.
Vivía en una casa tan pequeña que a veces pensaba que para poner otra estantería necesitaría quitar el lavabo y lavarse los dientes en el fregadero. Ella que siempre había sido tan escrupulosa.
Había pensado muchas veces que tuvo que haber un punto de inflexión. Un instante en el que la vida dejó de ser un cuento de hadas y se convirtió en pura (¿puta?) realidad. El problema es que la memoria es más sabia que nosotros mismos y hace olvidar lo que nos daña. A veces. Quisiera tener el mecanismo de desconexión del recuerdo. ¿Por qué era incapaz de recordar lo que comió el jueves pasado y sin embargo se estremecía por aquél último beso? Era mucho más útil recordar su almuerzo por el bien de su dieta y olvidar el calor de otros labios para tranquilizar su alma.
Y ahora que había desayunado, recogido y barrido sus treinta y ocho metros cuadrados, ¿qué hacer?. Miró a su única compañía, su galápago. Tenía una tortuga de agua, la compró un momento estúpido en el que le pareció divertido cuidar de alguien que tenía la posibilidad de esconder la cabeza y desaparecer. Un alter ego hecho ser vivo. Lo que no sabía -ni le explicaron- es que hibernaba. Su compañía la abandonaba casi cinco meses. El día que lo buscó en Internet preocupada por si estaba muerta (estuvo a punto de tirarla a la basura) y descubrió que se desconectaba por el frío tuvo un ataque de risa. ¡Era todo tan apropiado! Por un lado envidiaba a su tortuga «James» más que nunca: evitar el frío y dormir, ¿había algo mejor? y por otro lado pensó que era el colmo de las desdichas: buscar un compañero y que éste tenga excusa biológica para ignorarla, había hombres que sin duda la trataron igual pero sin biología de por medio…
Otra vez el mismo tema. Iba a tener que aprender a vivir sin que los finales de sus pensamientos acabaran siempre en el sexo contrario (¿o contrariado?). Había otras cosas, tenía aficiones, algunas amigas…no había necesidad de tener pareja, no era imprescindible. ¿Es que acaso no sabía estar sola? Era una mujer autosuficiente, inteligente y físicamente estaba bastante bien. ¡Qué tontería esa fijación!
Pero lo cierto, aún a riesgo de escuchar a la voz íntima que silenciaba, es que una vez que has sentido el amor y has sido amada…es como una droga. Lo disfrutas, te eleva, cambia los colores del mundo y quieres que no acabe. Cuando por la circunstancia que sea no hay más, hay que pasar la época del «mono»: pensar en sucumbir, llorar, temblar, no dormir, sufrir. Y después queda el tentador recuerdo dulcificado por el paso de tiempo que difumina los malos recuerdos, las resacas de las discusiones, de la desilusión. Y pese a todo y sobre todo quieres que te vuelvan a querer. Pero eso no debe decirse. Es mucho mejor decir que estás mejor sola, que no das explicaciones. Y sin embargo estás deseando que en un abrazo puedas comentar tú día.
Mientras se recogía el pelo sin mirarse al espejo pensó que el día empezaba mal, demasiadas inquietudes profundas para ser tan temprano. Se enredó una larga bufanda al cuello, subió la cremallera de sus botas y de su chaquetón. Miró la bolsa con la cámara de fotos. Había dejado de llover. Era un buen día para hacer fotos. Necesitaba salir y buscar la belleza sana de la naturaleza o la decrépita marabunta de asfalto. Mejor ver las cosas a través del objetivo. Incluso puede que así pudiera observar bien a alguien, hacerlo suyo antes de conocerlo y que fuera el hombre de su vida…
¡¡Otra vez el mismo tema!! ¡Luci por Dios -se dijo- al final va a parecer que tienes un problema!!