CABALLEROS

Hoy me quiero solidarizar con el hombre moderno. Es cierto que lo he hecho en  más de una ocasión, pero estoy convencida de que en estos tiempos inciertos-ya, la frase no es mía, ni tan siquiera es original- es el sexo débil. Ruego encarecidamente que no entremos en tipificaciones específicas, es decir, sé que hay luchadores de sumo, violentos ultras, aguerridos esteparios, pero yo me refiero al hombre normal. Bueno, voy a puntualizar, al hombre normal y educado.
No hace tanto todos los hombres pese a su condición humilde tenían una cierta educación y saber estar. Puede que no tuvieran estudios, que trabajaran de sol a sol, que apenas tuvieran tiempo de enamorarse de su maestra, pero sabían estar donde correspondía en determinados momentos. Habrá quien me diga que era miedo o represión, yo no lo creo, pienso que era más bien cuestión de respeto.
No sé si lo he comentado alguna que otra vez, pero de los hombres más educados y cultos que recuerdo en mi vida, por encima de algún Obispo, estaba el charcutero al que íbamos en el Mercado (Plaza de Abastos me suena mucho más bonito, y así se llama). Llevaba toda su vida detrás del mostrador y se jactaba de cortar, de espaldas y a cuchillo, el salchichón en lonchas finitas. Yo nunca lo vi porque ya llegué en la época de las cortadoras de fiambre automáticas pero de lo que nunca presumió era de la educación y el saber estar que tenía. Y sin embargo era excelente. Más mayor, él y yo, cuando ya podía darle el dinero sin ponerme de puntillas, me enteré que era un sabio que además dominaba el Quijote y sus recovecos. A penas estuvo en la escuela: leer, escribir y las cuatro reglas.
El hombre educado de hoy -repito que no tiene que ver con posición económica o social, estudios superiores o zona geográfica- tiene una difícil tarea para constar como un señor y a la vez no herir nuestra independiente sensibilidad femenina.
Por ejemplo, a las mujeres nos gusta el gesto de que nos ayuden a ponernos o a quitarnos el abrigo, sabemos hacerlo solas, es cierto, pero es un gesto de elegancia que agradecemos. También la de que nos presten la chaqueta si hace mucho frío. No pasa nada por abrir la puerta del coche solas, pero si está lloviendo y te sujetan el paraguas mientras la abres para que no te mojes, pues ese caballero gana enteros.
Sin embargo ha habido costumbres que se han tenido que ir desterrando, más que nada por miedo a morir desangrados por mirada letal. Hoy ningún hombre te elige lo que vas a tomar de cena. Puede que el chef sugiera, que te comenten el plato estrella, pero jamás se decide que vas a tomar o cual vino se va a pedir sin una conversación previa, aunque sólo sea “Elige tú que conoces mejor el local”.
Como estos ejemplos, muchos, y yo les tengo cierta consideración a los que se esfuerzan por ser unos caballeros y a los que lo traían aprendido de hace años y se intentan poner al día, limando lo obsoleto. No lo reconocerán, pero estoy convencida de que les gusta pensar que son, a diario, caballeros elegantes de chaqué y británicos modales. Porque además saben que un señor que se precie es un derroche de masculinidad.
A mí, en el fondo, y en las formas, me producen cierta ternura…

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2 comentarios en “CABALLEROS

  1. Mientras las mujeres “sigan” (yo no me incluyo porque no soy feminista) pidiendo igualdad, el hombre no se atreverá a demostrar ser un caballero con esos detalles, por temor a “ofender” a la dama!!.
    Bueno, fue bonito mientras duró, ahora se echa de menos pero es lo que traen los cambios sociales…

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