MERIENDAS

Querida amiga:
¿Te acuerdas cuando éramos pequeñas? ¿Tienes el sabor aún del último bocado de la merienda? Casi puedo vernos con la boca llena, haciéndonos aspavientos exagerados, citándonos para continuar el juego.
¿Recuerdas aquel día en el que me castigaron y tú estuviste enfrente de mí todo el tiempo? Yo estaba en una silla del pasillo, sentada y en silencio, asumiendo que había contestado algo inadecuado y fue cuando llegaste tú. Mamá te dijo que yo no podía ir a juagar y tú te autoexpulsaste del juego para quedarte a mi lado. Bueno, frente a mí. Jamás tuve una conversación más elocuente sin decir una sola palabra. Nos reíamos con los ojos y vocalizábamos palabras sin sonido. Ahora, con la edad, supongo que mamá lo veía y callaba risueña. Pero qué listas nos creíamos entonces…
¿Y cuándo fuimos solas a comprar ropa? No sé como no nos echaban de las tiendas. No siempre eran grandes tiendas de moda donde coges lo que quieres y vas al probador…volvíamos locas a las dependientas, pobres, sin llevarnos nada. Aún tengo remordimientos, pero en nuestro descargo diré que, por lo menos yo, no tenía mala intención.
Qué importante nos sentimos cuando por fin, pasada la madrugada, fuimos a las fiestas sin vigilancia. Te recuerdo con los ojos muy abiertos, entre el miedo y la expectación. ¿Recuerdas aquel chico que nos preguntó el nombre? Soy incapaz de recordar como se llamaba, apenas su rostro, pero con la emoción a ti se te secó tu propio nombre y yo, siempre tan elocuente, dije el de las dos. Fui consciente de que habíamos dejado de ser niñas, por fin.
¿Qué pasó luego? ¿Cómo avanzó todo tan deprisa? ¿Cuándo el tiempo dejó de contarse por horas de colegio y lápices sin punta? ¿En qué momento los juguetes se cambiaron por los diarios íntimos y los peluches se convirtieron en compañeros a los que abrazar cuando nos sentíamos las “más desgraciadas del mundo”? ¿Dónde están esas noches de estudio y risas? ¿Por qué se fueron las tardes de bizcochos y chocolate?
Nos hemos hecho mayores amiga. Somos nuestras madres y a duras penas nos reconocemos en el espejo. Hacemos dieta, usamos cremas, vamos al gimnasio y no hay  duda, estamos estupendas, pero se nos fue la magia del olor a plastilina, de los primeros besos, de creer que ir de la mano por la calle era una osadía, de hacer apuntes con rotuladores de colores…
Quizás, en el fondo de nuestra mirada o en el dibujo de nuestra sonrisa nos quede parte de la infancia. Confío en eso. A fin de cuentas, amiga, somos lo que fuimos.
Me despido ya querida, ya hablaremos como tantas otras veces, pero hoy he tenido un ataque de nostalgia. Lo más seguro es que necesite merendar.

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