Se cruzaban todos los días en el ascensor, a penas murmuraban un buenos días y cada uno seguía su rutina.
Generalmente ella iba comprobando por quinta vez si llevaba todo lo necesario en el bolso, si había cogido el cargador del móvil y si las llaves no las había dejado colgando inertes en la cerradura de la puerta como le sucediera más de una vez.
Él iba sintonizando la radio en el móvil, se colocaba los auriculares y volvía a meter el dispositivo ultra plano en el bolsillo de la chaqueta. Era, y lo sabía, de los privilegiados que podía ir caminando al trabajo.
Algunas veces no eran ni conscientes de haber salido del ascensor enfrascados en sus propios pensamientos y visicitudes, tampoco se paraban a pensar contrariados si se habían despedido al salir.
Nunca tuvieron la más mínima curiosidad uno por el otro, tenían una portera solícita y siempre bien informada que podría haber dado datos pero la realidad es que muy temprano salían a trabajar y el resto del día era una rutina laboral a duras penas conjugada con pasar por el supermercado o tomar una cerveza con los amigos. Ni siquiera en esto coincidían.
Ella alguna vez se encontró con una de las vecinas al subir que tenía un perro y dos niños, y siempre acababa sujetando la puerta o dejando que subiera ella primero pues además de la prole y el doméstico animal, solían ir acompañados de dos mochilas y alguna que otra bolsa de avituallamiento. Pero nunca a su vecino de las mañanas.
Ciertamente no había reparado en él y tendría que esforzarse por describirlo pese a ser su primer saludo matinal, reconocía su colonia como Loewe para hombre porque una vez tuvo un novio que la usaba pero a penas podría decir cómo eran sus zapatos y no era precisamente una persona a la que los detalles se le pasaron por alto.
Llegando el invierno, algún día, el viaje en ascensor era en solitario generalmente por la gripe y sus devastadores síntomas y en verano creía que cogían a la vez las vacaciones pues pese al calor se seguían saludando.
Todo esto lo pensaba ahora, intentando recopilar información de su subsconsciente porque hacía varios días que él no estaba. Se preguntaba que podría haber pasado, es cierto que no sabía exactamente desde cuando no cogía el ascensor pero ahora que lo intentaba recordar debían ser varios días ya. Se le pasó por la imaginación preguntarle a la portera pero la idea la rechazó de plano: ni le gustaba darle más conversación que la justa, ni quería que la buena señora pensara lo que no era. Le gustaba hablar por los codos y no era la persona mejor intencionada en sus pensamientos.
Cuando más o menos calculaba que era un mes el tiempo que había pasado, por primera vez se impacientó y llegó a mirar en los buzones, intentando adivinar su piso y su nombre. Sabía que era justo la planta superior pues cuando ella le daba al botón acababa de cerrar él su puerta, y creía que vivía solo. Encontró un candidato en el 5º C, José Agustín López Cerrado. Justo después se enfadó consigo misma, ¿y qué más le daba? ¿qué estaba haciendo?
Haberle puesto nombre a esa especie de sombra que saluda en la mañana le suponía una especie de responsabilidad, de acercamiento, de compromiso. Es como cuando por fin le pones nombre a un pájaro, deja de ser un animal más y se convierte en un ser especial.
Durante todo el día estuvo inquieta, era una soberana estupidez, sin embargo ahora se sentía en deuda con esa persona, quizás perdió el empleo, puede que cogiera vacaciones o simplemente se había mudado, pero también podrían ser otras muchas cosas.
Finalmente se decidió y mientras desayunaba se conjuró a que esa misma noche al volver del trabajo iría a llamar a su puerta, quizás fuera lo más ridículo del mundo, pero también era bastante lamentable esa frialdad de naúfrago en un bloque de viviendas.
Cerró la puerta de su casa y llamó al ascensor, en ese momento una de sus inseguiridades le hizo volver a abrirla, tenía que asegurarse que la plancha estaba apagada, lo hizo. Fue al ascensor y comprobó que una mano sujetaba la puerta, un murmullo de buenos días le sorprendió, allí estaba su vecino con unas muletas…
Tras la sorpresa musitó un buenos días. Y entonces, una sonrisa y un te echaba de menos, me llamo Laura y soy tu vecina.
Autor: @AhoraRo
PAPA CUATROLATAS
Algunos ilustres se han enterado de que el Papa Francisco es católico. Lo peor es que empieza a caerles bien y no tienen muy claro la postura que tienen que tomar.
Sucede también a veces con esas personas -retrógradas- que ponen a los homosexuales de vuelta y media haciendo de ellos su diana de burlas canallas y de repente, su hijo, su sobrino, su amigo de toda la vida, sale del armario y su mundo se hunde. Es cierto que el colectivo homosexual es blanco de muchas bromas que hechas con naturalidad son tan ofensivas como pueden serlo las de las rubias, nula, pero hay quien ofende con recalcitrante maldad y de repente puede suceder, como ya avisa el refranero popular, que «no se puede escupir para arriba» y entonces pasados los tiempos de auténtica brutalidad emotiva, ves a más de uno y de dos comiéndose sus palabras y haciendo lo más normal: querer -incluso más- a ese hijo o sobrino o amigos desde la infancia.
Pues igual hay más de uno con este Francisco que está dejando sin argumentos a cierto colectivo y no sabe si debe mantenerse firme en su convicción o declararse admirador de este jesuita que va en «cuatrolatas» (sin música de Sor Citroën), que ha rehusado del boato papal y que además va repartiendo, entre sonrisas, collejas a más de uno de los de su colectivo.
Yo me reconozco católica pero además absolutamente fan de este Papa que utilizaba en sus sermones a Mafalda. Con eso, me había ganado sin duda, pues mi mafaldismo puede pesar más que un encantador acento argentino. Además es jesuita y eso en mi familia es como un sello de denominación de origen, signo a priori de calidad, hombre de ciencia y coherente. Tampoco tiene miedo.
Conforme pasa el tiempo se va esperando más y más de este hombre y no se si podrá con todas las expectativas creadas pero los pasos que ha dado son pasos de gigante, adelantando mucho en pocos meses, y además son pasos que entendemos todos.
Es sin duda un Papa más cercano, más llano, más pueblo, más firme y tener a alguien como referencia que habla claro y sin tapujos, qué quieren que les diga, en los tiempos que corre, es un privilegio.
QUE LLUEVA, QUE LLUEVA
Necesito que llueva para olvidar mi paraguas y perderme en el tuyo cuando tan solo me roce tu gabardina y me llegue tu olor. Quiero volverme y mirarte con relativa sinceridad para asegurarte que me siento fatal porque tengas que acompañarme abusando de tu caridad y ver tu sonrisa inescrutable, y pararme a intentar descifrar si me crees, si no lo haces o si haces que me crees y te gusta mi remedo de despiste.
Quiero que llueva para que se vayan de tus labios los últimos besos que diste que no fueron para mi y que el aire limpio y húmedo te haga germinar el deseo de mis labios en los tuyos.
Me gustaría tanto saber que cuando por fin lleguemos a la parada del bus, desees que se retrase para quedarte más tiempo a mi lado e incluso que tuviéramos la oportunidad de tomar un café, en una mesa pegada a la ventana del local y mientras, allí sentados, pondríamos interés en ignorar a los que pasan huyendo de la lluvia, concentrados en nuestras corteses palabras y que éstas escondan un pícaro doble sentido.
Pero mis deseos no se cumplen, un sol radiante, agresivo e intenso me ciega, tanto que he tenido que echar las persianas de la oficina y tú sigues ahí, sin paraguas, sin saber que mi idea es olvidarlo por estar a tu lado aunque ni siquiera sepas mi nombre…
OTOÑO EN NY
Un pequeño y harapiento pequeño lleno de mocos le alargaba su sombrero mientras intentaba limpiarle el polvo ensuciándolo aún más…
– Su sombrero señor…
El desapacible viento casi le hace perder su sombrero en el río Hudson, y si sucediera, la policía vendría a organizar la búsqueda de un cadáver, siguiendo la rutina habitual y eso enfadaría mucho al jefe y a los chicos. Esos mal pagados pies planos, se empeñaban en hacer preguntas incómodas.
Sacó una moneda de su chaleco y se la dio al pequeño que corrió a la pequeña panadería, en ese mismo instante dejó de prestarle atención, sólo era uno de tantos, la misma mugre en distintos rostros de ojos vacíos.
Se apresuró al club, a penas quedaban unos pasos y el viento le azotó de frente, subió los cuellos de su abrigo, bajó levemente la cabeza, alzó los hombros y con su enjoyada mano derecha se sujetó el maldito sombrero. Otoño en Nueva York…
Al abrir la puerta un fondo de jazz, humo, y el sonido de una botella de champaña al abrir le hizo temer algo más grave. De fondo murmullo de conversaciones de las que a veces es mejor no saber y en otras ocasiones es imprescindible conocer, si se quiere seguir respirando. Chocar de vasos y media luz.
Dejó su abrigo y su sombrero en el guardarropa a esa monada de ojos vivos de la que no recordaba el nombre pero si el crujir de su somier, ¡maldita sea! ¿cómo se llamaba?….
– Toma nena, después vengo por él…
Le quemaba en la punta de la lengua decirle…y por ti, pero ya no…ahora le parecía vulgar, demasiado corriente, ¡por amor de Dios, ni siquiera sabía insinuarse con la adecuada mezcla de elegancia y lujuria! Era comida fácil a la que echar mano los días de hambre.
Bajó las escaleras y la vió, allí estaba, sensual, sutil y bella. Su vestido se le pegaba a la piel y en el escote jadeaba su voz. Cantaba en un susurro aferrada al micro con los ojos entornados y ausentes en un baile erótico para sus ojos.
Sentado en su mesa la copa consiguió quitarle la sequedad de la boca y pudo volver a respirar, y con ese primer aliento prendió un cigarro mientras resbalaba suavemente en la silla, la oscuridad le permitía observarla y se felicitó: era suya. No era una corista cualquiera, esa preciosidad tenía alma, era inteligente y fiera cuando debía serlo, sus ojos no lloraban en público salvo que las lágrimas fueran un cheque al portador y jamás se le conoció suplicando a un hombre ¡quién se lo iba a decir! Esa muñeca le hacía sentar la cabeza cuando más la estaba perdiendo.
Alguno de los parroquianos se atrevieron a dar un maldito consejo que nadie les había pedido…»Cuidado chico, te hará sangrar lágrimas, te dejará sin un centavo. Es una mujer que te roba el alma y el coche. No te compliques hijo, hay miles como ella» Él apretaba las mandíbulas y alguna que otra vez se echó la mano al costado buscando defenderla con fuego…¡miles como ellas! malditos borrachos.
Esperaba atento que terminara y en el descanso le entregaría por fin el anillo que había buscado esta mañana, ni siquiera esperaba una respuesta, pero lo traía para ella en una cajita de terciopelo llena de tierra para su propio sepulcro.
SENTIMIENTO BLANCO
El fútbol ya no es cosa de hombres.
Por mucho que algunos aún no se enteren, las mujeres no tienen nada atrofiado en la cabeza, ni son incapaces de entender un fuera de juego. Ser mujer no te hace inútil para entender el balompié, ni tampoco es obligatorio que un señor, por el hecho de serlo, sea un apasionado del fútbol, las motos y sepa arreglar un coche.
No sólo hay periodistas deportivas con mayor o menor fortuna, es que las mujeres saben, entienden y discuten de fútbol como cualquiera. Corrijo: sabemos, entendemos y discutimos de fútbol como cualquiera. Y no es cosa de dos o tres raras, tampoco tiene nada que ver con nuestra sexualidad, ni nuestra manera de vestir.
No lo he contado nunca pero la noche que conocí a mi marido, lo primero que hizo fue hablarme de fútbol le contesté «valdanamente» (noviembre del 97) que el centro del campo no estaba documentado, y entonces, me preguntó: «¿De que equipo eres?» y le contesté: «Del Real Madrid, por supuesto», entonces atrevido y envalentonado por la media hora que llevábamos hablando (una eternidad) me dijo: «Cásate conmigo» Yo le contesté que de acuerdo …. algo menos de dos años más tarde nos estábamos casando.
Viví con emoción e intensidad la séptima, creo que la que más, la octava y la novena Copa de Europa. Los títulos los he celebrado con alegría y he sufrido cuando ha habido partidos menos buenos o injusticias garrafales.
La primera palabra de mi hija mayor fue corear a los cinco meses a su padre, un gol, el 25 de Agosto de 2001, nada más y nada menos que de Zinedine Zidanne. Niña que siendo niña, mujer, fémina, le gusta el fútbol y es del Real Madrid, claro, y cuando la llevamos al tour Bernabéu con dos años, miró a su padre y le dijo «Mira como corro la banda papi», no levantaba una cuarta del suelo … y nos aplaudió el respetable por criar a una niña con tan buenas maneras.
Sentimiento madridista a parte, también veo otros partidos de fútbol porque me gusta y otros deportes y aunque algunos vivan aún con la minifalda de Manolo Escobar, ¡incluso opino!.
Me recuerdo con mi hija mayor, frente a una pantalla gigante, no hace mucho, con la bandera de España al cuello chillándole a aquel mastuerzo holandés que decidió emular a un karateca con Xabi Alonso. Y luego celebrarlo, juntas, dos mujeres, ¿cuál es el problema?. No comprendo como aún hay personas que no aceptan que a las mujeres nos puede gustar el fútbol, el boxeo o el rugby y no somos por eso menos mujer. Discutir con ese tipo de personas es una batalla perdida que cada vez me aburre más pelear.
El fútbol, como tantas otras cosas, es sentimientos y pasión y eso no va en el cromosoma «Y», no tiene sexo. No es fácil de explicar.