OTOÑO EN NY

Un pequeño y harapiento pequeño lleno de mocos le alargaba su sombrero mientras intentaba limpiarle el polvo ensuciándolo aún más…
– Su sombrero señor…
El desapacible viento casi le hace perder su sombrero en el río Hudson, y si sucediera, la policía vendría a organizar la búsqueda de un cadáver, siguiendo la rutina habitual y eso enfadaría mucho al jefe y a los chicos. Esos mal pagados pies planos, se empeñaban en hacer preguntas incómodas.
Sacó una moneda de su chaleco y se la dio al pequeño que corrió a la pequeña panadería, en ese mismo instante dejó de prestarle atención, sólo era uno de tantos, la misma mugre en distintos rostros de ojos vacíos.
Se apresuró al club, a penas quedaban unos pasos y el viento le azotó de frente, subió los cuellos de su abrigo, bajó levemente la cabeza, alzó los hombros y con su enjoyada mano derecha se sujetó el maldito sombrero. Otoño en Nueva York…
Al abrir la puerta un fondo de jazz, humo, y el sonido de una botella de champaña al abrir le hizo temer algo más grave. De fondo murmullo de conversaciones de las que a veces es mejor no saber y en otras ocasiones es imprescindible conocer, si se quiere seguir respirando. Chocar de vasos y media luz.
Dejó su abrigo y su sombrero en el guardarropa a esa monada de ojos vivos de la que no recordaba el nombre pero si el crujir de su somier, ¡maldita sea! ¿cómo se llamaba?….
– Toma nena, después vengo por él…
Le quemaba en la punta de la lengua decirle…y por ti, pero ya no…ahora le parecía vulgar, demasiado corriente, ¡por amor de Dios, ni siquiera sabía insinuarse con la adecuada mezcla de elegancia y lujuria! Era comida fácil a la que echar mano los días de hambre.
Bajó las escaleras y la vió, allí estaba, sensual, sutil y bella. Su vestido se le pegaba a la piel y en el escote jadeaba su voz. Cantaba en un susurro aferrada al micro con los ojos entornados y ausentes en un baile erótico para sus ojos.
Sentado en su mesa la copa consiguió quitarle la sequedad de la boca y pudo volver a respirar, y con ese primer aliento prendió un cigarro mientras resbalaba suavemente en la silla, la oscuridad le permitía observarla y se felicitó: era suya. No era una corista cualquiera, esa preciosidad tenía alma, era inteligente y fiera cuando debía serlo, sus ojos no lloraban en público salvo que las lágrimas fueran un cheque al portador y jamás se le conoció suplicando a un hombre ¡quién se lo iba a decir! Esa muñeca le hacía sentar la cabeza cuando más la estaba perdiendo.
Alguno de los parroquianos se atrevieron a dar un maldito consejo que nadie les había pedido…”Cuidado chico, te hará sangrar lágrimas, te dejará sin un centavo. Es una mujer que te roba el alma y el coche. No te compliques hijo, hay miles como ella” Él apretaba las mandíbulas y alguna que otra vez se echó la mano al costado buscando defenderla con fuego…¡miles como ellas! malditos borrachos.
Esperaba atento que terminara y en el descanso le entregaría por fin el anillo que había buscado esta mañana, ni siquiera esperaba una respuesta, pero lo traía para ella en una cajita de terciopelo llena de tierra para su propio sepulcro.

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