Creo que soy tonta.
Es más, estoy segura, soy tonta.
Aún ahora, veinticuatro horas más tarde de cuando sucedió me sigo preguntando dos cosas: una porque me quedé callada, dos con qué derecho me sucedió semejante conversación.
Sin entrar en honduras (ni en Panamá, chiste fácil) se podría resumir en una obra en tres actos. Acto I, tras mucho pensarlo doy mi opinión sobre un tema algo sentimental y desde el corazón, una opinión sincera sobre como me siento y por qué creo que me siento así. Acto II, malentendidos, contrarréplicas, puntualizaciones, etc. que voy solventando como buenamente puedo sin terminar de ver qué es lo que se me afea. Acto III, con más de dos mil quinientos caracteres, me recriminan mi comentario y no sólo eso…me recriminan mi sentimiento….Me quedo sorprendida: ¡se elige lo que sentir! Tantos años llorando y resulta que simplemente yo tenía que haber elegido no sentir lo que me hace llorar…¡es así de fácil!
Apunto y aprendo.
Ante semejante «chorreo», y perdonen el vulgarismo, me retiro y cortésmente me callo. Mi sentimiento tan mal comprendido, explicado o erróneamente sentido (?) me impide entrar en una dialéctica larga y farragosa de la que estoy segura que no voy a sacar nada en claro ni positivo.
Pero me siento imbécil.
Tenía asumido que en este país imperaba la ley del «yo tengo derecho a todo» pero luego no vengas a pedirme obligaciones o responsabilidades. Por ejemplo, quiero una subvención pero no me obligues a pagar a Hacienda. Yo tengo derecho a pensar lo que quiero y a que tú seas tolerante con mis ideas pero yo patearé y escupiré en las tuyas…. Está a la orden del día, eso no me va a provocar ningún asombro…¿pero quitarme mi derecho a sentir, a expresar mi sentimiento? ¿Qué clase de dictadura moral es esa? ¿Quién es más que quién para prohibir o recriminar una manera de sentir?
Como he dicho me callé. Y creo que hice bien. Tampoco esto es una manera de desahogarme ni buscar venganzas, es solo desarrollar mi perplejidad.
Pero me hace sentir tonta, muy tonta.
Autor: @AhoraRo
CANALLA
Del encanto y embrujo de la mujer andaluza se ha escrito mucho, no todo lo que se debería (como andaluza reivindico el derecho al halago) pero sí lo han hecho casi todos los grandes de la literatura. Grandes pintores han ensalzado a la mujer del sur: morena, racial y de ojos grandes, oscuros y melena salvaje. De cualquier condición.
El señorito andaluz ha tenido, y tiene, unas connotaciones peyorativas conseguidas a base de balas perdidas, sin apología de la violencia armamentística, y despilfarradores de herencias. No todos…que siempre hubo de todo y el campo, lugar donde se suele enclavar al señorito andaluz, si se trabaja, es muy duro. Para el peón mucho más, claro. No quisiera yo entrar en una lucha de clases de esas que el SAT se empeña en rememorar.
Me refiero a una tipología masculina poco explotada y nada definida, en la literatura -o así lo creo yo- que es el canalla, el golfo, el andaluz generalmente guapo, con «posibles» relativos, de esos que pueblan mi geografía.
Hablaba con una amiga que me decía que este tipo de hombre solo existe aquí, en el sur, y yo -que estoy viajada al menos un poco- reconozco que la forma de ser de ese tipo de hombre solo la he visto de Despeñaperros para abajo.
El canalla, definámoslo así, es un hombre guapo y si no es guapo del todo, es bien parecido, bien educado, no hace falta que venga de una familia de rancio abolengo, pero ha estudiado en buenos colegios (no tienen que ser privados) y lleva las camisas perfectamente planchadas. Las camisas de manga larga, obvio.
Este tipo de hombre cuando te da dos besos te envuelve y además de absorber todo su perfume o loción post afeitado, te pone la mano en la cintura para hacerlo. Y si puede sigue la conversación y ahí la deja.
Es un hombre que si va con amigos, aprovecha cualquier conversación para pararla de repente y decir «¿habéis visto los ojos que tiene esta niña?» y entonces…claro, gana al menos la sonrisa de la de enfrente o la cara de sorpresa.
Si no sabe bailar, al inventárselo lo borda, y si no sabe de vinos, usa un fijo o una cerveza, que así no se equivoca. Porque lo de equivocarse no suele estar en su diccionario y si lo hace, sonríe con aplomo «no soy perfecto, aunque lo piensas»
Nadie dice que sean poco trabajadores o flojos, pero aprovechan bien la vida y no se pierden una. ¿Mujeriegos? Lo son, pero por culpa del ADN. Perfecto amigo y generalmente horrible como pareja, salvo que lo sea de una mujer sin celos.
Educados, limpios y caballeros, siempre tienen un halago, un piropo o una chaqueta a disposición, que a veces a la vuelta de la Feria refresca. No son chabacanos y aunque entre ellos la cosa sea más distendida, si hay una mujer se comportan con una elegancia disimulada en tablas…
Manejan las sonrisas, las miradas, las palabras y los silencios…y recuerdo de mi época en San Sebastián, estudiando, que mis compañeras de colegio mayor decían que no comprendían como podíamos vivir rodeadas de este tipo de hombres sin perder la cabeza.
Y ese es el problema de estos canallas que si se quedan en la zona tienen enfrente a una mujer racial que los conoce, sabe como son y sólo se va a dejar «enrear» hasta donde ella quiera.
VIVIR INTENSAMENTE
Soy persona de vivirlo todo intensamente, vivir las emociones a pleno pulmón, entregando el alma para cada circunstancia. Sean importantes o mínimas, intento vivir al mil por mil y hasta cuando no hago nada, procrastinar que se dice ahora, flojear que se decía antes, lo disfruto.
Las circunstancias a lo largo de los días – ni que decir de la vida – pueden ser de todo tipo, las buenas las vivo como lo mejor y las malas…con la misma intensidad sólo que me obligo a que dure poco, a coger lo positivo si lo hay…y si no lo hay batallar por la Esperanza o la resignación.
Esperanza con mayúsculas, si, porque es uno de los estados de ánimos más satisfactorios. Sabes que puede que no haya remedio…pero también confías en que eso que tanto deseas se consigue, se da, se produce. Y sin engañarte a ti misma, positivizas (no me gusta mucho usar esta palabra) una realidad adversa.
Es cierto, que viviendo intensamente pueden tacharte de ilusa, de nerviosa, de histérica o de ir acelerada por la vida, pero no es cierto, cuando corresponde se puede ser serena, tranquila. Hay que saber dominarse y elegir no hacerlo.
Conforme más años cumplo, treinta y ocho en el horizonte atisbo, más cuenta me doy de que no existe peor condena que la de arrepentirse de lo que no se ha hecho. Las decisiones tienen consecuencias, las elecciones tienen riesgos pero es para mi mucho más satisfactorio un «lo intenté» antes que un «fui cobarde». Lo suyo es llegar al final del camino, mirar a atrás -por primera vez- y decirse así mismo: he vivido.
No es un valle de lágrimas ni un jardín de rosas, es la vida exprimida hasta su última gota, es bailar al ritmo del corazón (cuando se acelera y cuando «se paran los pulsos»), es seguir el instinto sin perder de vista la mente, es ser fiel a uno mismo aunque a veces, de tanto subir y bajar, se deje un poco sí en el camino.
EL HOMBRE DE SU VIDA
-¿Sabes? Podías ser lo más parecido al hombre de mi vida y seguramente yo seré para ti la mujer de la tuya pero sin embargo no nos vamos a dar tiempo para ser nada.
Mientras hablaba, ella se subió los pantalones de espaldas a la cama, sin molestarse siquiera en mirar para atrás, sabía lo que había.
En el lecho, él se revolvió incómodo entre las sábanas de esa cama deshecha y arrugada, a penas le tapaban y sin embargo empezaba a contemplar la idea de salir huyendo sin tener claro hacia donde podía ir la conversación.
Abrochándose la camisa se enfrentó a su despistado contrincante de batalla y le sonrió, una media sonrisa, entre cómplice y aun coqueta…Despeinada y radiante estaba tan bella como lo está una mujer satisfecha. Con la luz propia.
– No te asustes, ha sido solo una idea en voz alta… un pensamiento ridículo…o puede que no. Dime… ¿qué tendría de malo, dónde está la complicación? Puedo creer que eres perfecto para mi, pero eso no implica que lo seas: ni perfecto, ni mío. Puede que seas tan ideal justo por el hecho de que no vas a ser nada…
Se agachó con suavidad para besarle en los labios a la misma vez que conseguía recopilar sus botas.
Sentada en el filo de la cama, a su lado, aún podía llegarle su aroma y el olor a sexo. Habían sido horas de batalla, de baile sensual de sus cuerpos, de entrega sin condiciones y sin reglas. Se habían comido, lamido, disfrutado….sin pedir nada a cambio, sin compromisos.
Le sorprendió el abrazo de él, que la rodeó despacio y le besó suave en el cuello, sin palabras, fue suave pero implacable y buscó desnudarla de nuevo. Ella se resistió …musitó un «tengo que irme» y por contra, se dejó llevar de nuevo, soltando las botas y volviendo a su cuerpo.
Intentando recuperar el aliento, le miró a los ojos intrigada y sincera, ¿cómo debía interpretar este último gesto, esta vuelta a la más íntima complicidad?
Mañana quizás se lo plantearía…
LA CAJA
Volvió a meter la ilusión en su caja, y apretó levemente el precinto para que quedara bien sellada. Hacía tan poco que lo había quitado que aún pegaba, no le había dado tiempo a secarse.
La desilusión existe por la contraprestación de la ilusión, y cuanto más dura en el tiempo esta última, más grande es la primera. Por pequeña que sea al nacer una ilusión, los días la van cebando y aunque a veces quedan pequeñas cantidades por el camino, a poco que pasen los días se va haciendo cada vez más robusta. Y obviamente al romperse…duele.
Esta vez tenía claro que había sido un error ilusionarse así que no merecía ni siquiera más de dos suspiros… ni para lágrimas daba. Aunque bien pensado, podía empezar a derramar alguna pero no por la desilusión, sino por la estupidez condensada en estupidez humana -la más tonta de todas-, esa que la caracterizaba respecto a las expectativas creadas.
¿Qué necesidad había de montar castillos en el aire? Quien dice castillos…dice casetas de perro…que tampoco había que dramatizar más de la cuenta…pero dónde estaba la urgencia de abrir las solapas de una caja que la última vez tanto trabajo le costó cerrar…
Si es que se llenaba de preguntas y luego sabía que era mejor no contestarlas, que se iba a encontrar frente a frente con verdades que le molestaban o con realidades que estremecían el alma.
Esto era sin duda lo peor, mirarse a ese metafórico espejo del hoy y del ayer, por lo que mostraba y por lo poco que dejaba mirar al pasado, no era un cristal traslúcido, la opacidad trasera le hacía contemplar un futuro nulo, oscuro, denso.
Miró la caja y volvió a presionar, no por la desilusión de hoy, sino por todas las anteriores que le habían hecho trizas el corazón, las ganas, el futuro…cogió la caja con cuidado y la escondió al fondo del armario, donde no se viera, intentando olvidarla para no volver a caer en la tentación de volver a sentir la vertiginosa emoción de ilusionarse.