MEMORIA

Mi memoria no es lo que era. Creo que lo conté más de una vez en esta casa, que es la de ustedes (me encanta el ustedes andaluz entre lo respetuoso y el compadreo). Y si me repito más que el salmorejo, pues ya saben por lo que es.

Las personas se imaginan viejitos y arrugados, al compás de la mecedora, contando historias lejanas con todo tipo de detalles y sin poder recordar que acaba de almorzar.

Tendemos a pensar que se nos apagará la memoria acumulando años en un balance cósmico sideral de conteo vital.

A mi se me apagó antes de los treinta a raíz de una medicación que tenía más efectos secundarios que beneficios y que, sobre todo, tomaba religiosamente a raíz de un diagnóstico erróneo. Además me tuvo varios años bebiendo cerveza sin alcohol. Eso no se me olvida.

Mi memoria dejó de atrapar mis recuerdos. Deben estar ahí, mofándose de mí, formando parte de un yo inconsciente apagado o sin cobertura. Digo que deben estar ahí porque, a veces, a raíz de una conversación, consigo agarrar un hilo y llegar a la madeja de la historia, como los gatos antiguos de las casas de bien donde las agujas de punto se entrechocaban para hacer jerselitos para el frío y no era algo que se pronuncia en inglés y vale para todo menos para su fin primigenio.

A lo que iba. A veces recuerdo. A veces me disperso como los gases nobles. Otras veces me doy cuenta que tener la información a mano hace que no memoricemos. Ya no hay sobremesas largas de discusiones fraticidas, ya no se puede dejar de hablar a un cuñado a costa de información popular, siempre hay alguien que saca el móvil y acaba con la discusión y deja al cuñado.

Sólo me sé dos números de móvil, el de mi madre y el de mi marido. No me sé el de mis hijas. Hace un año me cambiaron el número de teléfono fijo, es un número que tengo que mirar en el móvil para saber cuál es, pone «casa», pero no lo reconozco como mío. Podría llamar sin saber que me va a descolgar mi familia, si lo hacen, ya no solemos hacerlo porque detrás de esa llamada sólo hay teleoperadores hastiados (nada en contra de los teleoperadores ni de los hastiados, que conste)

No tener memoria te deja sin rencor que es una cosa muy cómoda. El rencor es un chino en un zapato (supongo que hoy esto también está mal visto y tendré que decir que es como una pequeña piedrecilla o guijarro en un zapato). No tener rencor no es no tener maldad, es no acordarse de tenerla. Es ser una bruja desmemoriada.

Cada vez me cuesta más recordar y encajar sentimientos que no sé de dónde vienen porque no puedo llegar a su raíz. A veces desconcierta, hasta me pongo un poco nerviosa, pero la mayoría de las veces lo ignoro con un poquito de urgencia para que no me vuelva loca.

Todo esto viene a que esta mañana yo iba a escribir de algo que se me ha olvidado. Suelo apuntarme una nota en el móvil, pero no debí hacerlo o no lo encuentro, por eso le soy más fiel al lápiz, aunque he mirado en mi escritorio y tampoco está. El lápiz sí, pero notas manuscritas que me den «norte», no

Me gusta muchísimo la expresión «dar norte». No sé si se usa en todo el país, quiere decir dar indicaciones, explicar donde está algo o quién es alguien.

Ayer hice una rutina de abdominales que me tiene muerta en vida. Incapaz de andar con soltura y aún menos con elegancia. Si no me funcionan las piernas no sé como pretendo que me funcionen las ideas y antes de las ocho de la mañana.

Dolorida por voluntad propia, olvidadiza por voluntad ajena y lunes. No me digan que el cuadro no es para echarse a dormir.

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