ESCALERAS

Puede resultar quizás algo poco relevante, pero un día me di cuenta que las escaleras han formado parte de mi vida. Las recuerdo más que cualquier otra cosa y mi débil memoria se vuelve fotográfica para acceder a los recuerdos. Todas y cada una de ellas se vuelven útiles para que yo llegue a aquellos momentos, y mientras subo peldaños en el recuerdo, me van llegando olores y sabores de entonces. Las voces que en su momento fueron eco en el enrevesado subir y bajar, vuelvo a oírlas como entonces.

Mi primer recuerdo es el de “La Casa Grande” que nunca tuvo ese nombre escrito en ninguna parte, pero que siempre la llamamos así. Sé que hubo en mi vida otras escaleras con anterioridad, pero esas no las recuerdo, tenía menos de dos años entonces, y aunque más tarde volví a aquellos lugares, mi memoria no reconoció a esa escalera como parte de mi historia.

Sin embargo, la entrada de la casa grande con sus dos escaleras de mármol, elegantes y redondeadas que daban a una balaustrada del mismo material, están dentro de mí, hasta con el escalón partido y la pequeña raja. Por aquel entonces, me resultaban domésticas y cotidianas, sólo mucho más tarde, cuando la edad me hizo consciente y  ya no tenía que mirar por entre las columnas, cuando la altura me dio la perspectiva adecuada, aprecié la verdadera dimensión señorial de esa entrada.

Desde ahí se accedía al “rellano” que fue zona de juegos para mí, lugar de partidos de fútbol para mi vecino y una explanada inmensa desde mis pies pequeños. Cruzarla era una travesía en el desierto y a penas unos pasos conforme fui creciendo. Al llegar al otro extremo me esperaba otra escalera. Yo sólo tenía que subir tres tramos, vivía en el primero, pero para llegar arriba del todo, eran ochenta escalones. Luego había que subir algunos más hasta la azotea. Me encantaba llegar allí porque había una puerta que me resultaba casi mágica. En tiempos hubo un torreón que yo no conocí, pero mientras mis tías tendían, yo podía meterme por la “casita” que había allí que era el lugar, enorme, donde las lavanderas lavaban, tendían y blanqueaban. Cuando pienso en lavar sábanas de cuarenta personas a mano…menos mal que eran muchas manos.

En esa habitación había huecos tapados, una vez entré -sólo una que yo era buena, obediente, y sobre todo, cobarde- y más tarde me dijeron que era un pasadizo hasta el sótano de la época de la guerra. Yo creo que se estaban riendo de mí, fomentando ardientemente mi imaginación, pero a mí me resultaba maravilloso. Hoy esas escaleras son un recuerdo imborrable, pero entonces yo soñaba ser una niña normal con ascensor.

Luego hubo otras escaleras. Las del colegio, por ejemplo, un millón de millones de peldaños que subíamos y bajábamos sin cesar, sobre todo los últimos años que estábamos arriba del todo. También las del patio que servían de cómodos asientos para charlar con las amigas. Incluso las gradas, que lo mismo eran tumbonas para el sol que zona de exámenes cuando había amenaza de bomba.

Recuerdo con cariño las escaleras de mi primera casa como unidad familiar independiente, porque eran muy estrechas y casi no podíamos subir los dos juntos. Acarrear la compra era una tarea tan ardua que yo nunca lo hacía (gracias Dani), y aunque no quisieras tenías que saludar a los vecinos porque casi entrabas en su domicilio. Incluso tuve una vecina que convivía con novio y dos dogos argentinos enormes en treinta metros cuadrados. Los perros vivían en el pomposamente llamado rellano, y había que avisarla para que los recogiera si pretendía llegar a mi minipiso porque los animales ni se inmutaban al verte.  En la siguiente casa las escaleras sirvieron para que mi hija aprendiera a contar, en español y en inglés, porque le enseñábamos a subirlas y bajarlas, despacito y contando.

Mi hija Julia, la pequeña, aprendió a andar y a subir escaleras por la Alhambra y en su guardería le enseñaron a gatear las escaleras y más tarde a utilizarlas “como los mayores”. Me gustaba mucho verla esforzándose y a la vez impacientarse salvando el obstáculo de esas escaleras para llegar a la puerta donde yo la esperaba. Aún no había cumplido los dos años. También por entonces estaba la “Escalera de los Michis” que era una historia que inventó mi hija mayor (tenía entre tres y cinco años) en la que el empedrado de la Cuesta de los Molinos en Granada era en realidad un grupo de  piedras invernando.

Mi único recuerdo negativo con las escaleras fue el día que mi hija se cayó por las escaleras del metro, y tuvimos que pasar dos días en el hospital porque las consecuencias del golpe no estaban muy claras. Tuvimos la suerte de que iba vestida de flamenca y la flor le aminoró el golpe. Para que luego digan que si la flor debe o no estar “en tó lo alto”.

Ahora a veces subo las escaleras para hacer ejercicio, aunque reconozco que ni son bonitas, ni tienen encanto. Pero me gustan, y siempre me fijo en ellas. Tengo más recuerdos, las de las casas de los amigos, las que me llevaban a la playa, las de la Universidad, las de la Plaza de España en Roma o las de la Catedral de Santiago, por ejemplo. Incluso a este blog lo preside una escalera, primero porque me encanta esa foto, segundo porque conocí esta imagen a través de una serie que me gusta mucho y tercero porque los ánimos en estos textos a veces están arriba y a veces abajo, y la mejor manera de llegar a ellos es así, entre peldaños…

 

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