HISTORIAS CON LA RADIO

Yo he sido radioaficionada de segunda mano. Me refiero a la radio que se oye, la del transistor con dos tiras de esparadrapo detrás, no la de breiko breiko, ni siquiera la de “taxi 33 a la Marina, dos a Pajaritos”, hablo de la radio doméstica de toda la vida.

Cuando era pequeña, y hasta los veinte años, yo compartía habitación con mi madre. Es de los mejores recuerdos que tengo en mi vida y ahora que lo pienso, pocas temporadas -de mis treinta y ocho inviernos- he dormido sola. He soñado acompañada casi siempre. Mi madre, desde que tengo memoria, dormía con la radio y un poco más adelante, también la despertaba la voz de un locutor gracias a un radio reloj. Los fluorescentes números verdes me avisaban de la  hora si me desvelaba en mitad de la noche; bueno, me habrían avisado si por aquel entonces me hubiera despertado en mitad de la noche alguna vez, que mi manera de dormir es estilo piedra.

Si ella dormía o despertaba con la radio, yo que estaba en la cama de al lado, también. Cuando era muy pequeña recuerdo a Iñaki Gabilondo, a Luis del Val y a la “Saga de los Porretas”, tres runrunes familiares para mí. Parte de mi historia. Eso y la cabecera de “Hora 25”, al programa deportivo yo ya no llegaba despierta. Yo iba creciendo y la voz del señor Gabilondo fue sustituida por Luis el Olmo y al poco tiempo por Carlos Herrera, llegué a comprender que “tu afición es sentimiento y tiene mucho alimento…”, pero también desapareció de la escena sonora de mi recuerdo. Luego fui yo la que comencé a oír los programas de música, incluido los cuarenta principales, cosas de la edad, no me lo tengan en cuenta. Tampoco puedo olvidar las tardes de domingo con Carrusel Deportivo, “Centenario, centenario y a por todas”, todos los partidos el mismo día, qué cosas. La radio, en definitiva, ha formado siempre parte de mi vida, quizás por eso me fijo tanto en la voz de la gente.

Cuando fundé mi propio hogar, no puedo decir casa porque he vivido en varias ciudades y no menos domicilios, la radio ha estado intermitente en mi vida. Ahora, por ejemplo, como se rompió mi radio reloj (las costumbres, como los títulos nobiliarios, también se heredan) y no me surgió la necesidad de comprar otro porque me despierta el móvil, las ondas han perdido un oyente. A veces por internet sí que recupero el viejo rito de la radio, pero no demasiadas.

De mis tiempos radiofónicos recuerdo a una señora que llamó a Carlos Herrera que contaba sus peripecias como telefonista de una línea erótica. De como ella iba haciendo sus tareas en casa y lo iba intercalando con “sí cielo, házmelo todo” “así, así” y jadeos y gruñidos, según demanda. La señora especificaba un día que despiezaba un pollo y ante los porrazos que estaba dando, su interlocutor pensó que era una “relación” sadomasoquista y se envalentonó y se emocionó muchísimo. Esta mujer que tenía un arte como narradora indiscutible, le iba en la profesión, refería como ella iba con su pijamita de franela, su bata calentita y sus guantes para fregar el baño y, por milagros de la voz, todo aquello se convertía en lencería fina y zapatos de tacón de aguja. Yo lloraba de risa.

Ahora, cuando en las redes sociales veo como algunas mujeres ponen fotografías o comentarios de alto contenido sexual (no seré yo la que se escandalice), y ante esas explícitas y contundentes imágenes, varios hombres desgastan el botón del favorito o del me gusta, siempre me acuerdo de esa señora, la que conocí por la radio, en su casa, con su pijama de franela limpiando el cuarto de baño o haciéndole la autopsia al pollo, y no puedo dejar de visualizar al emocionado varón y a la erótica tuitera en chándal y el erotismo se me va en carcajadas…

 

 

 

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