LA DALIA NEGRA

Nació en Boston en el 24. Le llamaron Elizabeth. La ciudad del estado de Massachusetts (tela con la conjugación de letras para escribir lo que se dice Masachúse) donde nacían las niñas bien, de británicas formas. Boston era lo más parecido a la realeza norteamericana o eso se comentaba en los viejos foros que yo frecuentaba hace varios años. Nunca lo di por falso, tampoco pondría la mano en el fuego, pero me imagino a las chicas de Boston como elitistas señoritas de clase alta. Las que nacían en el arrabal puede que no tuvieran la categoría de bostonianas, a veces el mundo es cruel, y si bien todo el mundo reivindica para su lugar de origen a las grandes figuras de las ciencias, el arte, o las letras, cuando se trata de un don nadie, todos miran hacia la población de al lado.

Ella tuvo una vida azarosa, las ciudades se le amontonaban en el cuenta kilómetros de la vida. Y pasaba de Medford a Florida, y de allí a Vallejo, California. Por fin consiguió llegar a Los Ángeles, ya era tierra de oportunidades, pero a los diecinueve años se suelen tener las hormonas revueltas y el carácter indefinido, así que tras una gresca familiar imponente, decidió que no viviría más con su padre, el mismo que la abandonó al poco de nacer.

Las idas y venidas de Massachusett a Florida fueron una constante. No acertaba más que a trabajar de camarera, aunque seguro que ella quería un empleo mejor y una bonita casa con vallas blancas y niños mocosos jugando con grandes perros. El sueño de cualquier buena chica. Se enamoraba perdidamente de distintos hombres, incluido un aguerrido combatiente en Birmania que le dejó, según ella, una propuesta de matrimonio por escrito que no pudo llevar a cabo porque él falleció en un accidente. Su vuelta a los Estados Unidos fue en un féretro con una refulgente bandera de barras y estrellas encima.

Ella volvió a Florida, a Long Beach, donde se reencontró con un antiguo amor que volvió a dejarla desilusionada, supongo, tanto como para atravesar el país de costa a costa y volver a Los Ángeles, quizás esperando el cobijo paterno o el de una ciudad lo suficientemente grande para tener oportunidades y a la vez que no le fuera demasiado desconocida. No le fue bien. Su dirección era intermitente y su vida desordenada.

Seis meses más tarde -Enero de 1947- aparecía muerta, en un descampado, casi partida en dos por la gran laceración que tenía en la cintura. Su 1.65 quedó reducido a la mitad y su sangre prácticamente extraída hasta la totalidad. Le faltaba el bazo, el corazón y los intestinos, como si en esas partes de su escueto cuerpo pudiera estar escrito el nombre de su asesino. La famosa sonrisa de Glasgow, (he aprendido hoy que se llamaba así), la que va de los labios hechos para besar, hasta el oído que buscaba palabras de amor, estaba hecha de uno solo tajo. La habían atado aunque se habían llevado las cuerdas y en algún momento las heces fueron su alimento a la fuerza. También le golpearon en la cabeza en repetidas ocasiones. Impensable tortura para una bella mujer de veintidós años, morena de ojos azules. “La Dalia negra” la llamaron los periódicos.

Surgió la pasión por un crimen. La naturaleza humana es cínica y cruenta, ávida de sangre y maldad, morbosa. Inventaron mil historias que la policía se encargaba de rebatir, con poco éxito. La convirtieron en una mujer alcohólica, fumadora empedernida, adicta a casinos y timbas ilegales, pero no era cierto. Inventaron amantes despechados y locos que se habían obsesionado con ella. Tampoco se pudo comprobar. Su ropa, humilde pero a medida, se convirtió para los sensacionalistas en trapos de fulana de bar barato y su arresto en el 43 por beber alcohol siendo menor de edad, se transmutó casi en una ficha policial de asesina en serie.

Muchos se auto culparon del crimen y otros tantos intentaron colgarle el macabro suceso a familiares que odiaban. Nunca se sabe hasta donde puede llegar el deseo de notoriedad y el odio de una persona. A veces, los razonamientos deben nublarse más de la cuenta porque de otra forma no se puede entender confesiones y acusaciones falsas tan atroces.

La enterraron en California, en Oakland, tierra de robles, como si de una preciosa alegoría se tratara. Elizabeth Short seguiría viva a través de uno recios árboles. Al menos a mí me gusta pensarlo así. Nunca se supo quién la mató y por qué se ensañó de manera tan cruel. La prensa de entonces achacaba la falta de certeza a la inutilidad policial y la policía culpó a la prensa por destruir pruebas y fomentar la imaginación popular. El asesino quedó impune. Años más tarde un hombre encontró pruebas que podrían acusar del asesinato a su padre (ver vídeo) pero su padre ya había fallecido y había pruebas que habían desaparecido. Finalmente seguirá siendo un crimen sin resolver.

La verdad es que a los veintidós se es demasiado joven para morir. Pero desde el roble en el que se encuentre, debe saber que yo, muchas veces pienso en ella desde que conocí su historia, y me pregunto dónde diablos se metió para conocer al mal nacido que la dejó sin su sueño de buena chica.

La Dalia Negra.

La Dalia Negra.

 

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