Eu

A Mª Eugenia le llamaban Eu porque su nombre era eterno. No era herencia familiar y nadie en la familia se hacía responsable de haberle puesto el nombre. Llegó a pensar que fue la matrona la que decidió por los suyos que plenos de desidia aceptaban a un miembro más de la familia como algo rutinario y nada especial. Eran demasiados. Eu tenía doce hermanos y ella estaba perdida entre los pequeños, era la octava que es como estar en el pelotón. Sus padres les hablaban a bulto ( oye, tú)  y no podían considerarse una familia unida. Allí cada uno se buscaba la vida y ella no fue especialmente avispada.

Eu no quiso estudiar porque era una obligación aburrida y que no le reportaba nada. A sus maestros lo que más le solía preguntar era para qué sirve y como no le parecía que le estuvieran dando buenas razones, abandonó el colegio en cuanto la edad se lo permitió. El tiempo hasta entonces se le hizo eterno, tuvo que esperar a cumplir catorce años. El último curso casi no apareció, se pasaba los días buscándose las excusas más peregrinas para “hacer pellas”.

Sus padres le dejaron claro que tenía que trabajar y a ella no se le ocurría nada más horrible y mundano. Estaba en la edad de pasarlo bien, de ir con las amigas, de empezar a tontear con los niños. Por otro lado, también quería salir de esa casa que siempre estaba llena de gente, no había un remanso de paz ni un poco de espacio para respirar, hasta el aire era compartido. Las prisas y la necesidad de intimidad empezaron a pesar fuerte en su ánimo y tomó malas decisiones.

Primero se fue a los mercadillos a vender fruta con un hombre que podía ser más que su padre, por edad y por la cantidad de hijos que tenía desperdigados por el mundo, a los que no les hacía ni caso. Él la manoseaba todo lo que le apetecía, y a ella en el fondo no le parecía tan mal porque se sentía deseada. La satisfacción que da ser el centro de los placeres de otra persona es una droga que insufla la autoestima. No le pagaba demasiado pero llevaba frutas y verduras a casa y se pasaba el día fuera, incluso en otros pueblos, además con lo que ganaba podía darse caprichos que antes ni podía soñar.

Cuando tuvo un novio de su edad, él se puso celoso y ella reía. Le parecía divertido verlo en ese estado de furia descontrolada, le pedía explicaciones, le hacía preguntas constantemente, y eso era divertido, sobre todo porque ella se negaba a contestarle. Se lo tomaba como un juego, pero a él no le apetecía jugar a eso. Un día llegó en la moto con su novio y se besaron eternamente delante de él. Fue cuando perdió los nervios, le gritó, la zarandeó y como ella reía, le pegó. Ahí acabó todo. Eu consiguió escabullirse más que nada por el revuelo que se montó y salió corriendo sin mirar atrás. Cuando llegó a casa con la noticia, temblando y llorando, alguno de sus hermanos mayores dijeron que tenía que aguantarse, que era una niñata y que a lo mejor se lo había inventado. Fue un punto de no retorno en su ánimo y su orgullo.

Esa noche cogió una de las bolsas como de deporte que había en su casa, metió su ropa y un puñado de bisutería y maquillaje barato y salió para no volver. Sabía que no la buscarían. No era mayor de edad, pero que alguno dejara hueco era considerado una bendición. No tenía donde ir, pero hasta debajo de un puente estaría mejor, al menos así nadie le obligaría y sería dueña de sus equivocaciones.

Su segunda equivocación fue pensar que el amor es eterno, fuerte y milagroso. El novio desapareció y se negó a echarle un cable. Si ella se había ido de casa era su problema, con lo que ganaba no podía hacer gran cosa y no estaba dispuesto a atarse tan seriamente con nadie. La gasolina de la moto no se pagaba sola. Le dijo amistosamente que se fuera a su casa, que agachara la cabeza y volviera al cobijo de sus padres, que no era lo mejor, pero estar tirada en la calle, lo era aun menos.

A los diecisiete años por cumplir, sola y con el corazón roto aprendió lo duro y difícil que es llorar amargamente, con el dolor tejido en el alma, y no tener a nadie cerca a quien pedirle que te seque las lágrimas. La imagen era desoladora, se le veía aún más delgada, más indefensa, más perdida. Lloraba en la estación de trenes, que era el único sitio donde se le ocurrió que podía estar. Los trenes salían y llegaban, la gente pasaba y ella perduraba, en una esquina, sin comer y sin dejar de llorar.

Se sentía dolida. Lo peor era la traición del amor. Ella pensó que vivirían juntos para siempre, que le quería de verdad, que sería un amor eterno y de película. Que sus hermanos o sus padres no la apoyaran no era una sorpresa, sabía que no podía contar con ellos. La bofetada que le pegó su jefe ya no dolía y casi estaba olvidada, pero lo de él y entonces volvía a llorar con la angustia aferrándose a su cuello.

La noche estaba llegando y pronto la echarían, su ciudad era pequeña y no mantenían la estación abierta toda la noche. Miró el tren que iba a salir y sin dinero ni billete decidió que era su única oportunidad. Había oído en las canciones que no había que perder los trenes que pasan por la vida y este era el suyo. En algún momento la descubrirían, no sería fácil esconderse, pero tenía que intentarlo. Nunca había viajado en tren, suponía que había un chofer o alguien encargado de los billetes, a lo mejor no la veía, igual conseguía que se apiadara de ella. El tren iba a la capital, seguro que allí conseguía un trabajo bueno, un novio que la quisiera, una vida normal. Seguro que allí se solucionaba todo. Conforme iba imaginando se iba animando cada vez más, las efervescencias cuasi adolescentes estaban en plena ebullición. Las de cosas buenas que le podían suceder en un sitio así, se repetía.

Eu subió al tren. En su ciudad nunca más supieron de ella.

 

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