NATALIA

Iba pedaleando con fuerza. Todas las energías que tenían las intentaba mandar a su tobillo, a sus rodillas o donde fuera que fuese la primera pieza del engranaje que ponía en marcha el movimiento que le hacía avanzar. Tenía tanta prisa que no le importaba llevar la frente brumosa de sudor y esperaba que el desodorante que le había robado a su padre funcionara y el olor no le dejara en evidencia al llegar.
Él vivía en el pueblo, todo el año entre esas cuatro o cinco calles estrechas de casa blancas. Ella venía a pasar los veranos y tenía una casita de madera cerca de la playa, casi encima de la arena estaba su porche. Allí la vio por primera vez y se quedó embobado, parado en mitad de la nada mientras su hermano le gritaba que llegaban tarde, que su madre les iba a regañar y movía sus manos, agitándola en el aire como para hacerle volver en sí. En medio de esos aspavientos casi vuelca el cubo donde llevaba los pulpos que había cogido entre las piedras.
Ella estaba viendo el atardecer acodada en la barandilla. Seguro que había visto más de una película en la que sucedía eso y lo estaba imitando. También pudiera ser que en realidad estuviera reflexiva, sumida en la contemplación de los colores del ocaso que perfilaban el horizonte marítimo. Fuera por la razón que fuera, le quedaba perfecto, y la puesta de sol le hacía juego con sus minishort vaqueros y su camiseta rosa.
En el momento en el que ella salió de su ensoñación, quizás por sentirse observada, y le miró fijamente, él se quedó frío y aún más quieto, ni siquiera respiró. No tuvo capacidad de reacción, podía haber disimulado, no fue capaz. Escuchó entonces a su hermano y salió corriendo. La peor opción.
Esa noche repasó la escena una y otra vez, tuvo ganas de abofetearse por su reacción. Había quedado como un tonto, como el pueblerino que era. Ella, tan elegante y de cuidad, habría pensado que era un palurdo que se asustaba de las mujeres. Las mujeres, ¡ja!, en realidad tenía quince años. Ella tendría más o menos los mismos, pero seguro que estaba mucho más “vivida” que decía su madre. No había mucho más que pensar, se decía, había hecho el ridículo más espantoso.
Al día siguiente se sorprendió de verla sentada sobre las piedras. Tomaba el sol con un vestidito blanco de tirantes anudados. Ellos tenían que ir justo a ese sitio. Su hermano, más pequeño, no se daba cuenta de la situación tan tensa. ¡Niños!. Al verla sólo farfulló algo de qué pesada y de si no había espantado a todos los pulpos. Lo hacía mientras andaba diligente, clavando los talones en la arena. Llegó a la orilla y él seguía retrasado, sin saber que iba a hacer. Su hermano volvió a vociferarle mientras se quitaba la camiseta y fue cuando ella, que miraba hacia el mar, se giró como una diosa, como una sirena con piernas y se dio cuenta de que ellos estaban allí. Sonrió. Era sin duda la sonrisa más bonita del mundo.
Había que tomar una decisión, así que le devolvió la sonrisa con cara de sufrido hermano mayor y se acercó a presentarse. La voz le salió llena de gallos y ella no hizo ninguna broma o mal gesto como solían hacer las niñas del pueblo. Era una señorita, saltaba a la vista. Ella le dijo que se llamaba Natalia. ¡Natalia! No puede haber un nombre más bonito en el universo. Natalia.
Se quitó la camiseta como si fuera un Tarzán y se lanzó al agua con estilo. Era su medio natural, ahí si que tenía las de ganar. Intentó presumir mucho pero los pulpos no estaban poniendo de su parte. También le daba miedo que en una de sus inmersiones, al volver a la superficie a coger aire, ella no estuviera. Pero estaba. Estuvo hasta el final. Eso le dio fuerzas, no iba a negarlo, y se envalentonó tanto que le regaló todos los pulpos que habían cogido, cubo incluido.
Le acompañaron a su casa, con su hermano protestando por lo bajini, y cuando se volvieron a casa montados en sus bicis, él iba flotando. Ni las airados argumentos de su  insistente hermano, ni el miedo a que su madre le pidiera cuentas del cubo, ni siquiera lo tarde que estaban llegando a cenar, le importaba. Sólo tenía un pensamiento, un nombre, una cara, una música en su cabeza: Natalia.
De eso hacía exactamente un mes, tres días y un puñado de horas. Hoy habían quedado para ir al cine de verano. Lo ponían cerca de la playa. No era mucho más que un descampado, una lona y sillas incómodas, pero a ellos les parecía mágico. Se suponía que iban más amigos, una pandilla, pero él era el encargado de recogerla. Eso era todo un lujo y una declaración de intenciones. A lo mejor tenía valor de decirle que le gustaba. Lo llevaba intentando muchos días, pero no conseguía el momento, la ocasión, el arrojo. No quería llegar tarde, por eso pedaleaba con fuerza.
Cuando llamó a la puerta de su casa y le abrió su padre se sintió muy azorado, pero supo resolverlo con relativo silencio, pero cuando la vio bajar con ese vestido de cuadritos amarillos y blancos, tan morena y tan guapa, se le abrieron los ojos de par en par. Le tuvo que cambiar la cara demasiado, no pudo disimular el asombro y el padre de Natalia carraspeó con tal intensidad que él se puso firme, se cuadró como si estuviera en el Ejército. Mientras ella reía y cogía una rebequita, que luego refrescaba.
Con la bicicleta a un lado, caminaban juntos en dirección al cine. Ella charlaba de la película, que ya había visto en la ciudad, pero él no podía articular palabra. Iba extasiado en ella, alucinado con su voz y temblando por todo lo que iba pensando. Igual en la oscuridad podría decirle algo. Tendría que hacer por sentarse a su lado.
Antes de llegar ella le pidió que paran, tenía arena en el zapato. Se apoyó en él. Sintió su mano en su brazo y quiso morir. Entonces tomó aire. Le miró a los ojos y le dijo:
– Me gustas mucho Natalia. ¿Quieres salir conmigo?
– ¡Ya era hora!, contestó ella…
Rieron azorados y se miraron a los ojos. Echaron otra vez a andar. Y llegaron al cine cogidos de la mano. 

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