#BRINGBACKOURGIRLS

He pecado de ingenua. Lo reconozco. Lo digo con cierta vergüenza, no por errar que es humano como todo el mundo sabe, sino porque pensé y confié en la bondad de las personas y parece ser que eso es de estúpidos.
Cuando llegó la noticia de que doscientas niñas habían sido secuestradas pocos medios se hicieron eco, muy pocos. De repente, no sé bien si fue la fuerza de la red, las onegés, los que sí que estuvieron siendo altavoz de estas personas, no sé la razón, pero al cabo de los días la tragedia se hizo voz, se volvió real y entró en juego la Comunidad Internacional.
Entiendo la Comunidad Internacional como un nombre propio que agrupa a personas y entidades con poder y posibilidades. Cuando “tomaron cartas en el asunto”, cuando quisieron hacerles caso -por iniciativa propia o por presión popular, da igual- pensé que sería cuestión de días…me equivocaba. He esperado para escribir de estas niñas porque yo quería contar un final feliz. O al menos un final menos trágico o incierto. Los días transcurren, nuestra vida pasa y no hay soluciones.
Hoy, a dos días de que se cumpla un mes de las desapariciones, dice la ONU que actuará de inmediato. No sé si es que su concepto de inmediatez y el mío es distinto. Durante treinta días no quiero ni pensar a lo que habrán sido sometidas esas pobres niñas, si es que no han sido vendidas ya y están aún más difícil de localizar. Las pocas supervivientes que escaparon, cuentan verdaderas aberraciones, quince violaciones al día por niña, treinta días, cuatrocientas cincuenta violaciones. Supongo que no serán tantas porque se aburrirán  ellos o las niñas estarán tan aterradas que no podrán resistir más violencia. Pero sobra todo. Si a nuestras niñas occidentales nos asquea que les hagan fotos, les rocen, les miren de manera extraña, ¿son menos niñas esas que están sufriendo estas barbaridades?
Secuestradas. Violadas. Vendidas. Obligadas a casarse y a “aceptar” los usos, ritos y costumbres islámicas. No sólo son doscientas niñas, es que luego secuestraron a ocho niñas más que estaban tranquilas por su barrio. Doscientas ocho niñas. Doscientas ocho madres. Doscientas ocho familias. Puede que sean más.
“Los hombres reales no compran niñas” “Queremos que nos devuelvan a nuestras niñas” son consignas en la red, fotos y etiquetas que demuestran que hay gente asqueada con este tema. Sé que es cierto que muchos piensan que es la manera de lavarse la conciencia y sé que no sirve para nada con respecto a la liberación de las niñas, pero el segundo hagstag, #BringBackOurGirls, lo crearon las madres y además de haber servido para que esa lenta, obsoleta y caduca Comunidad Internacional tenga que dar explicaciones, es una manera de que esas familias se sientan acompañadas. No están solas.
Recuerdo, hace años, que hubo una catástrofe natural en España, no sé si en Aragón o Extremadura, pero en medio de la desolación fue el Príncipe de Asturias. Yo pensé que era una idiotez, ganas de obligarles a estar pendiente de su seguridad, dejar los trabajos de reconstrucción para atenderle, y todo para que su Alteza se hiciera la foto. Luego, los damnificados decían que se sentían muy reconfortados por su apoyo y porque gracias a él los medios estaban pendiente de su tragedia. Ese día cambió mi idea de estas cosas, no lo olvidé nunca. Por eso yo también utilicé, utilizo hoy, el hagstag.
Boko Haram es una guerrilla, un grupo terrorista fanático religioso, que intenta imponer el Islam (entendido desde la locura más irracional) en una zona de Nigeria que siempre fue laica, con gran número de cristianos. Saben cómo y dónde hacer daño, y deben saber también que nadie mira a Nigeria, y que pueden hacer su voluntad -cruel y despiadada- sin grandes consecuencias. Es intolerable. Por ser niña y querer estudiar, por ser una futura mujer preparada y desde esa libertad elegir una u otra religión (o ninguna) no se puede estar condenada a ser secuestrada, violada y vendida.
Yo todas las mañanas dejo a mis hijas en sus centros de estudio como hacían esas madres, que no son menos madres que yo. En condiciones normales y rutinarias volverán (si Dios quiere) a casa a comer. Hay doscientas ocho niñas que no volvieron. Pensarlo solo un instante da vértigo. Ponerse unos segundos en la piel de alguna de esas madres que saben lo que están haciendo con sus hijas, que no saben si volverán a verlas, que no pueden sentir más dolor, es angustioso.
Por favor que no se nos olviden, ellas no tienen voz, necesitan la nuestra.

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