EL INSTANTE (Y V)

Las llaves seguían inertes sobre la mesa, su función no era la de ser pero en este instante tenían un pulso que le hacía parecer que era un ente animado, vivo, capaz de fagocitar otros seres.
Ella intentaba que el momento no fuera tenso y sonreía distendiendo la escena, aunque ella era la única que estaba sufriendo un ataque de pánico. Tenía que reaccionar de alguna manera y no lo estaba logrando. Debía hacer algo, tomar alguna decisión. Los minutos parecían horas de reloj y sin embargo, cualquier observador lejano, neutral y con buena vista, podría decir que en realidad apenas habían pasado treinta o cuarenta respiraciones, que en el caso de ella no eran más de quince. Estaba helada.
Salió de la congelación para sonreír y preguntar: “¿Estás seguro? ¿Qué conlleva esto?” No eran grandes preguntas y no estaba siendo alocada y sentimental, pero ganaba tiempo. Necesitaba pensar y con esta respuesta esperaba un impasse, pero en mitad de su nebulosa mental no acertaba a captar ningún pensamiento coherente. Incluso achinó los ojos, como una miope sin gafas, para conseguir ver bien dentro de ella, pero no servía de nada y mientras tanto, él contestaba: “Nena, claro que estoy seguro, sabes que no hago locuras -normalmente-, y no conlleva más que la confianza que tengo en ti, en nosotros. Es un paso más sin movernos del sitio”
“Todo cambia y nada permanece” que dijo aquel filósofo que jamás se vio en la disyuntiva que se estaba viendo ella. Quisiera ver a Heráclito pasando por el momento de elegir: huir o seguir adelante. Confiar en su reposada reflexión (aunque cobarde) o cambiar de planes vitales en lo que dura el compás del pulso. La filosofía sin sentimientos es fácil, de andar por casa.
Ella suspiró, no sabría decir si de desesperación o de amor, o si en realidad, el amor no es más que la desesperada necesidad de unirte a alguien afín para sentirte querida, cuidada, satisfecha. En sus planes no estaba la maternidad y tampoco se veía como una sacrificada ama de casa, sin embargo era agradable sentirse querida, mimada.
Mientras alargaba la mano para coger las llaves, decisión tomada, recordó el pensamiento y la decisión con la que había abierto esa puerta. Se visualizó escribiendo aquel email descartado. Intentó adivinar qué hubiera pasado si lo hubiera mandado…
Le besó, en ese beso estaba un cambio de vida, de manera de ser, y no le pesaba. Se sentía extraña pero feliz. Empezó a meter las llaves en el llavero de lujo con cierto temblor en las manos. Lo mejor que sabía hacer era no cumplir lo que se proponía.
El instante había cambiado. Ahora tenía uno nuevo, a su lado, arriesgándose a perder, pero deseando ganar.

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