MÁS QUE PALABRAS

Reconozco que hay gestos que son elocuentes. Me gusta descubrirlos entre el amalgama de momentos. También, mea culpa, disfruto cuando me reconozco haciendo alguno de ellos. Soy carne mortal. Si es algo preparado y fingido, además de no entusiasmarme, me parece poco analizable. Es decir, no es lo mismo cazar a un hombre embelesado por la mirada perdida de una  mujer, que una mujer mirando al infinito, sin que venga a cuento, sólo para llamar la atención.
Siempre me han hecho recapacitar esas diosas del estilismo y la clase innata, que hay muchas que lo han aprendido, y está bien, pero tiene ese aire de “My Fair Lady” sin la distinción elegante de Audrey. Son, sin lugar a dudas, personas educadas, mujeres que cuidan su aspecto y sus formas, pero no están dentro del Olimpo. Bueno, de mi Olimpo, que supongo que al igual que con los gustos, a la hora de otorgar la pagana divinidad a una fémina, cada cual decide bajo que parámetros.
Mis “diosas” no tienen nada que ver con su capacidad económica, ni con su nivel de estudios, no han tenido que heredar de su familia una distinguida educación suiza, ni tienen que tener su ropa dentro de una cámara acorazada. Son mujeres elegantes por su naturaleza. A veces coincide con alguno de esos rasgos, pero el que menos, el del monedero. Es más, reconozco que me gusta encontrar esas mujeres que desprenden elegancia desde la cuna más humilde. De la misma manera detesto a las que con todos los medios sufren de prepotencia absurda o de ordinariez extremada. Una mujer vestida por la soberbia echa a perder cualquier atisbo de clase.
Hay mujeres que se retocan el carmín de los labios (maravillosa palabra, carmín) y lo hacen con la distinción y sensualidad justa. Para otras, ese gesto, por mucho que cueste el lápiz de labios y lo recatada que sea para hacerlo, queda soez. Siendo yo partidaria, siempre, de que ese retoque se haga en la intimidad. Como subirse las medias, aunque no sean panties, jamás es elegante hacerlo en público. No es sensual, es ordinario.
El movimiento del pelo hacia un lado, el pequeño mordisco distraído al labio inferior, un gesto con la mano para apartar un mechón rebelde, un cruce de piernas silencioso y sigiloso, la espalda recta pero relajada, abrochar sólo los botones necesarios en la camisa -ni uno más, ni uno menos-, la locuacidad de una mirada, el atrevimiento de una sonrisa a un guiño, la distaída manera de disfrutar de un escaparate…gestos naturales, sutiles y a veces sensuales, que acaban vistiendo a una mujer y hablando de ella, más que muchas palabras.

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